Los ojos del Che miraban sin ver la cámara fotográfica. Ya no había luz en las pupilas del guerrillero de la Sierra Maestra. Inmóvil. Frío. Sus ojos abiertos, fijos, en un horizonte que nadie podría alcanzar. Frente a él, los destellos del flash iluminaban la estrecha habitación donde yacía el hombre en su paso a la gloria. Frente a él, un maestro de la fotografía captaba el momento supremo de vida y muerte.
Frente al Che estaba Freddy Alborta Trigo, el Fotógrafo. El reportero artista. El reportero gráfico de los mil aciertos. Allí estaba con un ojo entrecerrado y el otro observando desde el lente la imagen que daría la vuelta al mundo.
Ya los años de trabajo le habían dado singular prestigio. Miles de fotografías, acumuladas desde aquella tarde en que, Freddy, un inquieto joven, llegó a la redacción del diario en el que yo trabajaba Su voz apagada y su sonrisa interrogativa, revelaban la modestia de quien me acompañaría por muchos escenarios en el transcurso de los años.
Iluminadas tardes de sol lo llevaron a escenarios deportivos. Las noches tendían su invitación para perpetuar las ocurrencias bohemias de celebridades del arte y de las letras. Los políticos posaban con aire de conquistadores y el pueblo se movía en el colorido de sus costumbres ancestrales. Todo ángulo era importante para el fotógrafo de los mil rostros, para el reportero de los mil acontecimientos. Alborta Trigo caminaba con sus cámaras y sólo detenía el andar cuando el llanto del hambre sólo hallaba eco en los corazones de los que enjugan los ojos en las propias lágrimas.
En el transcurrir del tiempo llegó la calma. Las emociones tomaron otro tono. Se alejaron los sobresaltos. Las inquietudes por las primicias, pero las cenizas de aquel fuego ardieron hasta el momento en que una voz me dijo: “Murió Freddy Alborta”.
La mañana tomó un ritmo distinto tras conocida la noticia. Volvieron los recuerdos en un acercamiento a las tardes amables, las noches de tertulias, los viajes, las anécdotas. Todo era como una bandada de ilusorios gorriones. Después vendrían los padrenuestros, las oraciones vanas y los rosarios de avemarías con un Cristo en el extremo meciéndose lentamente como un péndulo, como una esperanza y, en un rincón, la máquina fotográfica que, esta vez, tenía el lente empañado.
La imagen del maestro de las imágenes ya era otra. Quedaba el recuerdo de un rostro tímido con sonrisa que se apaga. El recuerdo de quien puso señorío a su existencia, sencillez, sensibilidad y tolerancia en su comportamiento.
En la hora en que abrasa el sol, el cuerpo de Alborta descendió a su tumba; su espíritu se elevó a Dios.
*Mario Ríos Gastelú es ciudadano boliviano.
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