No quiero ser ingrato con internet ni con el señor Google (a quien no tengo el gusto de conocer), que tanta información y tantas posibilidades de comunicación nos ofrecen cada día. Pero me escalofría pensar en los horrores que están aprendiendo los estudiantes que buscan literatura traducida por los intérpretes de la red.
Cada vez que usted llega de la mano de Google a un sitio en inglés, aparece una generosa posibilidad que dice: “Traduzca esta página”. Y, como picar el renglón no vale nada y realiza operaciones en milésimas de segundos, muchos usuarios solicitan la traducción del texto al español.
Lo que consiguen es un adefesio indescriptible. Si estas versiones literarias hubieran sido perros y no textos, tendrían siete ojos, dos rabos emplumados, tres jetas con cero dientes, una sola pierna palmípeda y una ubre de vaca encima de la cabeza lanuda. (Me asegura un amigo que quienes realizan semejante trabajo en Google no son personas de carne y hueso sino cerebros electrónicos. No le creo. Esto no es obra de cerebros sino de descerebrados. Es imposible que existan máquinas tan estúpidas: les habrían cambiado el enchufe o algún circuito integrado y estarían funcionando al pelo).
Ignoro dónde trabajan esos traductores. Pero me permito alertar a mister Google, porque alguien los está emborrachando, o están locos, o consumen droga, o los ha sobornado la competencia.
Sólo para ilustrar a mis lectores busqué en la red dos de las varias traducciones al inglés que hay de Don Quijote de la Mancha y Cien años de soledad. Luego hice clic en la opción que ofrecía traducir las páginas al español, y durante unos segundos esperé el nacimiento de la criatura.
Este fue el monstruo que parió internet; según la traducción del inglés, dice así exactamente el famoso primer párrafo del Quijote (ese que todos sabemos de memoria, por supuesto: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”):
“En alguna aldea en el la Mancha, que nombre no cuido para recordar, allí moré no así que hace un caballero del tipo no guardará de largo una lanza inusitada, un viejo protector, un greyhound para competir con, y un viejo caballo flaco”.
¿No creen que estaba borracho el intérprete? Acudí entonces a otro sitio de la red, dedicado también a la obra de Cervantes, con la esperanza de que su intérprete no hubiera bebido esa tarde. Y lo que me ofreció fue esto:
“En un de lugar la Mancha, nombre de de cuyo ningún acordarme del quiero, ningún astillero del en del lanza de un hidalgo de los de del vivía del que del tiempo del mucho de la ha, Antigua del adarga, corredor del galgo del flaco y del rocín”.
Deduje que los dos intérpretes se habían ido beber juntos. Quizás seguían celebrando los cuatro siglos del Quijote. Entonces decidí hacer la misma operación, pero con una versión de Cien años de soledad en inglés. Ya saben ustedes cómo es el original: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. He aquí fue lo que escribió el encargado de traducir a Gabriel García Márquez del inglés a su lengua nativa:
“Muchos años más adelante, como él hizo frente a la escuadrilla el encender, general Aureliano Buendia debía recordar esa tarde distante en que su padre lo tomó para descubrir el hielo. En aquella época Macondo era una aldea de veinte casas del adobe, construida en el banco de un río del agua clara que funcionó a lo largo de una cama de las piedras pulidas, que eran blancas y enormes, como los huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente que muchas cosas carecieron nombres, y para indicarlos era necesario señalar”.
Amigo Google: es evidente que está usted en poder de un grupo de traductores lunáticos, alcohólicos, marihuaneros, saboteadores, o todo lo anterior junto. Me aterra de pensamiento aquello que aprender sus literarios alumnos en Atarraya o la idea de llevar que rodea great figuras alfabeto Hispánico por culpables traductores suyo servicio: ¡vaya shitta, Google señor, vaya shitta!
*Daniel Samper P. es periodista.
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