Con las expectativas que han generado las elecciones, la coyuntura económica y política está al borde del ataque de nervios. Aprovecho esta tensa calma para soltar un artículo más académico, aquel que hace citas tanto de libros como ensayos y que busca mostrar el estado del arte sobre un tema, o las polémicas más sabrosas del mundillo intelectual internacional.
Mayor apertura del comercio y una ayuda internacional más generosa son la coqueluche del debate mundial. Si a los países pobres se les condonan sus deudas, se les dona más dinero y se les permite un mayor acceso a los mercados de los países ricos, crecerían y buena parte de sus problemas sociales se solucionarían. Puesto de esta manera, la fórmula para salir de la pobreza parece fácil y muy tentadora.
En esta línea de argumentación están los perdonazos y alivios de deuda, o mayores fondos de donaciones para la lucha contra la pobreza. Recientemente, Estados Unidos ha creado la cuenta del Milenio, recursos frescos para países pobres que se portan bien. Los bolivianos no deberíamos hablar mal de estas iniciativas, cabe recordar que recibimos ayuda externa que equivale al 10 por ciento de nuestro producto, algo como 800 millones de dólares. Ninguna exportación nacional genera tanta plata.
Las Metas del Milenio establecen que hasta el 2015 deberíamos 1) Erradicar la pobreza extrema y el hambre; 2) lograr la enseñanza primaria universal; 3) promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer; 4) reducir la mortalidad infantil; 5) mejorar la salud materna; 6) combatir el VIH/Sida, el paludismo y otras enfermedades; 7) garantizar la sostenibilidad del medio ambiente; y 8) fomentar una asociación mundial para el desarrollo. Una línea de argumentación, algo ingenua, es que para lograr estos objetivos bastaría que los ricos suelten los billetes.
Jeffrey Sachs, autodenominado padre del milagro boliviano de mediados de los años ochenta, hace algunos meses ha sacado un polémico libro. The End of Poverty ("El fin de la pobreza") muestra cómo se puede acabar con la pobreza extrema hasta el 2025. Coloca dos condiciones, la primera que los ricachos del mundo suelten la marmaja que prometieron y la segunda, que los indiecitos del sur entendamos la receta mágica que propone el bueno de Sachs, ahora convertido en una especie de Bono de la economía. En 1961, los países más ricos del mundo habían prometido llegar a donar el uno por ciento de su renta. Sachs les echa en cara este pequeño descuido y los conmina a soltar los chichis y asunto resuelto.
El tono paternalista y simplón del libro ha generado reacciones en varios círculos académicos. William Easterly de la Universidad de New York ha escrito un trabajo (Reliving the 50s: the Big Push, Poverty Traps and Takeoffs in Economic Development, 2005) donde muestra, en base a una amplia base de datos mundial, que no hay una relación entre ayuda externa y saltos en el crecimiento. Una de las ideas más antiguas sobre desarrollo es que los países del sur estarían atrapados en trampas de pobreza por falta de recursos. Para salir del círculo vicioso de bajos ingresos-pobreza, se necesitaría un big push, un fuerte impulso de ayuda o inversión, lo que permitiría un salto de los ingresos por persona. Esta hipótesis, según Easterly, no tiene ni respaldo empírico ni histórico. En los últimos cincuenta años, los países pobres recibieron 2,3 billones de dólares sin producir cambios significativos en las condiciones de miseria de la gente. Seguir insistiendo en más ayuda externa, que no llega a los más pobres, es inútil, muestra buen corazón, pero poca cabeza. Cambios en los ingresos de los países pobres más bien estarían asociados avances institucionales. La ampliación de la democracia, estados más eficientes y sistemas de mercado transparentes explicarían mejor saltos en las tasas de crecimiento de países pobres. Si existen estas condiciones institucionales la ayuda externa puede tener un efecto potenciador.
Dani Rodrik, en dos de recientes trabajos (Rethinking Economic Growth in Developing Countries 2004 y The Trade-and-Aid Myth, 2005) sostiene una de las lecciones importantes de las últimas cinco décadas de desarrollo económico es que el apoyo externo y el acceso a mercados sólo funciona si los países tienen una visión y una estrategia claras de desarrollo y si hay un compromiso y esfuerzo colectivo. Las donaciones, perdonazos y otras dádivas externas rara vez jugaron un papel crítico. Coloca como ejemplos, México, país al que se le dio mercados y mucha ayuda, especialmente de su vecino rico, y Vietnam, economía que tuvo un embargo comercial hasta 1994. En el primer caso, desde el tratado de libre comercio en 1992, su ingreso per cápita creció, en promedio, al 1 por ciento. Vietnam creció a un ritmo anual del 5,6 por ciento per cápita entre 1988 y 1995, cuando estuvo aislada y posteriormente a la apertura, creció al 4,5 por ciento. Los asiáticos redujeron dramáticamente su pobreza. Los mexicanos se emprobrecieron.
Discriminación positiva
Malasia es un país único en el mundo por algo que muy pocos conocen. En 1969 se aplicó allí lo que ahora se conoce como "discriminación positiva".
Los bolivianos sabemos de ese país solamente que producía un poco más de estaño que Bolivia.
El trencito urbano
La necesidad de resolver la creciente sobrecarga del tráfico rodado de superficie, especialmente en el centro urbano de la ciudad de La Paz, obliga a proyectar otros medios de transporte masivo.
El que ríe al último...
La invitación del Secretario General de la OEA al Cónsul General de Bolivia en Chile para que asuma altas funciones en ese organismo es una noticia que puede alegrar, ante todo a la familia del señor Rico
¿Dispersos y fregados?
Si Bolivia persiste en la práctica de elegir presidentes con alrededor del 20 por ciento de los votos de los ciudadanos, lamentablemente, seguiremos viendo la misma película que ya conocemos y que, con horror, parece más una pesadilla que una presentación cinematográfica.
Camelias fragantes
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