Si Bolivia persiste en la práctica de elegir presidentes con alrededor del 20 por ciento de los votos de los ciudadanos, lamentablemente, seguiremos viendo la misma película que ya conocemos y que, con horror, parece más una pesadilla que una presentación cinematográfica.
En efecto, si cualquiera de los contendores de Evo Morales resultara elegido por un escaso margen electoral, estoy seguro que nuevamente tendremos los consabidos bloqueos, sitios y aislamientos de nuestras ciudades, los peligrosos dinamitazos y las atormentadoras marchas, reclamando por doquier que hubo fraude electoral. Por lo tanto, es importante que los bolivianos traten de no dispersar su voto y elegir con una clara mayoría a uno u otro de los candidatos mayoritarios.
Pero si uno de los contendores de Evo Morales resultara finalmente elegido con un mayor porcentaje electoral, pero todavía dentro de los niveles que vemos en las actuales encuestas, estoy seguro que también tendremos la película descrita anteriormente, hasta que el débil gobierno, conformado por frágiles acuerdos de gobernabilidad, finalmente colapse para dar paso a una o varias sucesiones presidenciales. Al igual que en el caso anterior, aquí también vale la recomendación de no dispersar el voto y tratar de elegir con una clara mayoría a alguno de los candidatos.
Sin embargo, si Evo Morales es elegido presidente con los mismos porcentajes que muestran las recientes encuestas, seguramente también tendremos un gobierno débil pero que, a diferencia del anterior caso, trasladará a las calles todas aquellas políticas que no pueda lograr que se aprueben en el Congreso, tal como sucedió en el caso de la Ley de Hidrocarburos. Por lo tanto, para evitar que estos actos —por muy legítimos que parezcan, pero que rayan dentro de los límites de la inconstitucionalidad— se realicen, creo pertinente tomar en cuenta la recomendación hecha en los párrafos anteriores.
Por otra parte, también es importante recordar que, Evo Morales, elegido o no presidente, legítimamente intentará lograr la aprobación de su propio proyecto constitucional, sin embargo, como lo ha dicho públicamente, tampoco escatimará ningún esfuerzo en recurrir a las movilizaciones populares para lograr éste o cualquier otro objetivo, "hasta que no se logre la seguridad social del país".
Hay quienes consideran que el proyecto de Evo podría proponer, entre otros temas, una nueva distribución de tierras en el área rural; la nacionalización "inteligente" de los hidrocarburos y de las otras empresas capitalizadas y la instauración de un congreso corporativo, es decir, donde la representación esté dada en base a grupos étnicos, gremiales o representativos de diferentes actividades económicas, sin tomar como base la distribución poblacional.
Ojalá que éstos y otros pronósticos se encuentren equivocados y que los candidatos, como hombres de bien, finalmente, puedan comprender que en los países civilizados lo único que la población desea es tener una convivencia pacífica dentro de las leyes y la democracia.
Ojalá que los candidatos también puedan comprender que no se pueden imponer proyectos constitucionales o de ley que enfrenten a los bolivianos o que deban ser aprobados por la fuerza o a través de todo tipo de actos antidemocráticos. Ojalá que ésta no sea la pesadilla que le toque vivir a Bolivia en los próximos años y que no sirva más que para quebrantar la frágil unidad de los bolivianos y la propia nación boliviana.
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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