No sólo Bolivia festeja a una de las imágenes más conocidas de todo el continente, pues Río de Janeiro y São Paulo también tienen sus fieles.
Jorge González Cordero Fotos: J. G. Cordero / Manuel Vargas / Archivo
Todos los años se repiten los mismos rituales en el barrio más famoso de Río de Janeiro. Miles de ciudadanos bolivianos, sus descendientes y brasileños fieles, veneran con fervor a la Virgen de Copacabana, esculpida en la ciudad de Potosí en el siglo XVI, de cuya imagen adquirió su nombre una de las playas más famosas que hoy tiene Brasil: la de Copacabana.
Con rigor, desde hace ya varios años atrás, los bolivianos residentes en Brasil —sobre todo en Río de Janeiro y São Paulo— conmemoran el 6 de agosto con fastuosas procesiones y la participación de ruidosas bandas de música y coloridos grupos folklóricos —algunos llegan incluso desde Bolivia—. Es un momento de exaltación en el que se realizan novenas, misas, se canta, baila y se organizan prestes por todo lo alto, al mejor estilo paceño.
Si São Paulo es conocido por ser la sede de las mayores presentaciones festivas, con fiestas y entradas folklóricas que congregan a decenas de grupos formados por bolivianos y brasileños, es en Río de Janeiro donde el significado de fe en la Virgen de Copacabana se manifiesta de una manera más contundente, sincera y directa.
Es allá, precisamente, donde se encuentra bien custodiada, en un lugar elevado y muy ventilado para evitar los avatares del calor, una de las imágenes de la Virgen de Copacabana, tallada con esmero y gran detalle por el escultor Francisco Tito Yupanqui hacia 1580.
Por eso, los curas cariocas demuestran en todo momento un exceso de celo frente a la Virgen, y no dejan de explicar a los visitantes que la imagen es realmente muy valiosa, pues se trata de una de las pocas copias fieles que hay de la original, que se encuentra a orillas del lago Titicaca, en La Paz.
Miles de devotos Tal cual acontece en Bolivia, la imagen de la Virgen en Río de Janeiro es retirada de su altar sólo en las conmemoraciones del 6 de agosto de cada año, ocasión en que es llevada en procesión por las calles del barrio, donde es homenajeada con la intensa devoción de los vecinos, y por la misma playa de Copacabana, siempre llena.
En este acto, los fieles —inclusive los nacionales, que llegan hasta allá impulsados por una religiosidad intacta que se traen desde Bolivia— le llevan decenas de joyas que, junto a una brillosa corona de oro que es como su distintivo, son depositadas, para mayor seguridad, en las entrañas de una bóveda blindada de un banco carioca.
Mientras, año tras año, por la iglesia Nuestra Señora de Copacabana peregrinan miles de fieles para ser cubiertos con el manto de la Virgen, una tradición que llegó desde el lago sagrado hasta el Atlántico y todavía no se ha perdido. Todo comenzó tiempo atrás, cuando una familia de bolivianos obsequió a la Virgen ese atuendo.
El significado de esa demostración de fe ha cundido también en los nacidos en el barrio de Copacabana, quienes velan para que el festejo religioso sea uno de los más ceremoniosos y concurridos de los que se celebran cada año por las calurosas calles de Río de Janeiro.
Pero, para muchos brasileños, las celebraciones en torno a la playa de Copacabana no son suficientes, y sus creencias han trascendido las fronteras. Por eso, se están organizando permanentemente caravanas que llegan hasta el mismo lago Titicaca, donde los fieles pueden comprobar que, a pesar de que una está a orillas de un enorme lago y la otra al lado de un océano, las dos imágenes reúnen a su vera un mismo sentimiento, el de dos pueblos separados por miles de kilómetros pero unidos por la misma fe de hierro en la Virgen de Copacabana.
Sin embargo, pese a todo, pocos son los brasileños que conocen la ligazón intensa que existe, por medio de la Virgen, entre la Copacabana brasileña y la Copacabana que descansa en territorio boliviano.
Una imagen de 1580 Así, para comprender el sentido profundo del festejo hay que remontarse a cientos de años atrás.
Y es que todo comenzó en 1580, cuando, antes de dejar el taller del escultor Diego Ortiz, en Potosí, el artesano y escultor Francisco Tito Yupanqui se esforzó por trabajar una imagen que fuera diferente.
De esta forma, tras largas jornadas de trabajo y varias tentativas erradas, se inspiró finalmente en la talla de la Virgen de la Candelaria de Santo Domingo para terminar esculpiendo la Virgen de Copacabana que todo el mundo conoce.
Para ello utilizó un material llamado maguey y aplicó una técnica entroncada con la tradición indígena. Con todo, Yupanqui respondió a los cánones de la escultura española para realizar la obra.
Un tiempo después, en 1582, el artesano tuvo que trasladarse a la ciudad de La Paz, y lo hizo, como no podía ser de otra forma, con su querida Virgen de Copacabana.
Ya en La Paz, se ocupó en el taller de un pintor español de apellido Vargas que, por aquel entonces, estaba realizando revestimientos con pan de oro en la primitiva iglesia de San Francisco. Yupanqui, enamorado de su propia obra, se ofreció para trabajar por unos meses de ayudante del maestro con la única condición de que éste, al final del trabajo, policromara también la imagen de Copacabana —que en ese momento era conocida como Virgen de la Candelaria—.
De Bolivia a Río de Janeiro La talla original, ya completa, terminó en el santuario donde ahora se le venera, en Copacabana, donde es visitada diariamente por los fieles que le solicitan sus favores.
Llegó hasta allá cuando Tito Yupanqui, después de sufrir toda una serie de vicisitudes, decidió volver a la localidad del lago, el lugar de su nacimiento. Y por fin alcanzó su sueño. Logró entronizar a la Virgen de la Candelaria, ahora conocida como Virgen de Copacabana. Ya tranquilo, Yupanqui falleció como lego agustino en el convento que tenía la orden en su pueblo natal.
¿Cómo terminó entonces una imagen igual a la original en las playas de Río de Janeiro? La respuesta se encuentra en Potosí, donde había quedado resguardada una copia fiel de la obra de Yupanqui tras su marcha a la ciudad de La Paz.
Esa talla, según cuentan los sacerdotes que cuidan de la iglesia Nuestra Señora de Copacabana en Río de Janeiro, fue trasladada años más tarde hasta territorio carioca por un emisario o negociante portugués, la historia no deja la figura clara, que trabajaba entre Potosí y Río de Janeiro y sus alrededores.
Debido a su relación con las fuerzas militares que cuidaban de un fuerte construido por los colonizadores portugueses, la Virgen fue perfilando su nuevo destino.
Así, acabó por no moverse de aquel sitio, un lugar realmente estratégico del Atlántico que terminó por convertirse en lo que en estos momentos es Río de Janeiro.
El supuesto comerciante portugués —que se sospecha que vendía armamento— dejó la talla en una pequeña capilla militar explicando que se trataba de una copia de la imagen de una Virgen muy milagrosa que se encontraba en la localidad boliviana de Copacabana.
La playa donde se quedó era en aquellos tiempos conocida como "praia do forte" (playa del fuerte) y los fieles que asistían a las ceremonias religiosas, que se celebraban con cierta asiduidad en la capillita, comenzaron enseguida a preguntarse sobre quién era esa Virgen, a quien en un primer momento le dijeron "Virgem Preta".
Los sacerdotes a cargo respondían que era una talla traída desde Potosí —en ese instante una de las ciudades más conocidas del mundo— y que la original se custodiaba en un pequeño pueblo del Alto Perú que tenía por nombre Copacabana. Con el paso del tiempo, los bañistas brasileños rebautizaron la conocida "Praia do Forte" como playa de la Virgen de Copacabana.
Hoy, Copacabana ha adquirido tanto nombre que es el denominativo de uno de los barrios más famosos y selectos de Río de Janeiro, lleno de hoteles de lujo, restaurantes y locales de diversión nocturna.
Mientras, la búsqueda de más réplicas de la famosa Virgen de Copacabana mantiene en vilo a sus fieles en todo el mundo. Y es que, por ejemplo, ya es una constatación que Yupanqui entregó al indígena Sebastián Quimichi una imagen similar, que actualmente reposa en Cocharcas, en Perú. Se sabe también que talló otra imagen —hoy desaparecida— para el pueblo de Pucarani, así como una más que fue enviada a Tucumán, en el norte de Argentina.
Con todo, ninguna es tan famosa como las de Río de Janeiro y el lago Titicaca, que han ganado a pulso su categoría de santuarios.