En las últimas elecciones municipales observé con curiosidad que un candidato mirista utilizó como slogan de campaña una adaptación del slogan que el partido nacional-socialista alemán enarboló con orgullo. La versión mirista era: “Despierta La Paz” y era obvia su semejanza al “Deutschland Erwache” que, concebido por el mismísimo Adolf Hitler, se exhibió en todos los estandartes nazis. El objetivo en ambos casos es claro: que el pueblo reaccione, que se sacuda la modorra. Reconozcamos que, como slogan, suena bien y es un llamado vibrante a renunciar a la inacción y a salir del torpor.
Esta nota no tiene los ambiciosos objetivos del slogan original, ni los de su imitador mirista. La meta es modesta. Es apenas una invocación para que, Dios mediante, los bolivianos nos despabilemos y veamos cuán delgado es el hielo en que patinamos. Que reconozcamos que vivimos una tregua, apenas una pausa artificial, previa a la tempestad.
La República Boliviana es una cáscara de nuez que se debate en la mar gruesa. Estamos a pocos meses de una elección nacional en la que nuestra fracasada clase política intentará una vez más sacar las castañas del fuego... y a otros pocos meses más del esfuerzo circense por tener una Constitución que satisfaga a cuanto extremista pulula por nuestra tierra, así como a todo sociólogo transtornado por el antojo de tener un laboratorio “preindustrial, multicivilizatorio y pluricultural”.
¿Es previsible un resultado esperanzador? No parece, porque estamos dejándonos arrinconar por resentimientos patológicos y venenosos que condonan todo, no importa qué enormidad, en nombre de una extraviada diferenciación entre legalidad y “legitimidad”.
¿Hay indicios de reacción? Tampoco. Abundan los que alertan sobre los peligros del voto disperso en las elecciones, y ¿qué pasa? ¡Nada! Los presidenciables avanzan impertérritos, convencidos de que a fin de año negociarán sus exiguos porcentajes por un trocito de poder. Los infinitamente flexibles economistas prevén programas sociales a la medida de quien sea el “ganador”. Los periodistas radicales y los santurrones “defensores” de los derechos humanos se regodean ante la llegada del gran día. ¿Dónde quedan las experiencias de las últimas crisis vividas? ¿Dónde está el gran frente moderado que tanto necesitamos? No hay rastros. Y aquellos que quieren una república libertina, que tenga el éxito económico cubano y la paz social venezolana, se relamen y preparan la llegada del paraíso a la tierra boliviana.
No nos resignemos ni bajemos los brazos. Las campanas deben seguir repicando. Hay serios problemas. Hacemos agua y no queremos escuchar la voz atiplada de García Linera anunciar las medidas que confirmen que nos vamos a pique. Un señor Turner definió a la sociología, oficio central de nuestro intelectual vicepresidenciable, como “el estudio de gentes que no necesitan ser estudiados por gentes que sí”. Recordémoslo.
*Héctor Arduz es consultor.
El costo del tiempo político
Tenemos que reconocer que en Bolivia vivimos tiempos angustiosos, plenos de confusión e incertidumbre. El deterioro del nivel de vida es alarmante, la amenaza del desempleo, la fragmentación social y organizativa ha alcanzado su nivel máximo
Elecciones: inventario ideológico
Las elecciones de diciembre se reconocen por todos como cruciales, no tanto porque devienen en el producto terminal de un proceso de convulsión y emergencia de fuerzas y sectores diferentes a los “tradicionales”, sino, más bien
El gas boliviano y Brasil
Brasil decidió cambiar su matriz energética, buscando un mayor uso del gas natural en la generación eléctrica.
IDH, transparencia y equidad
Las discusiones públicas acerca de los destinos del Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH), a las que de manera oportunista se han sumado con fuerza las universidades públicas