Cuatro testimonios resumen la esencia de un movimiento sin pelos en la lengua que ha forjado su alma en el asfalto.
Miguel Vargas • Fotos: Eric Bauer
Tenía un arma en la cabeza. Era rato de decir se acabó aquí mi vida, ya no existo más". Luego de tentar a la suerte tantas veces en las andanzas de su mara, Jimmy Plaza sintió un cañón acariciándole la sien. Una vida pasó por su mente. Su oponente tenía la intención de disparar, pero no lo hizo. Ese día nació Perro Pekeño, quien trajo su propio "flow" a la escena del hip hop paceño.
El rap es el elemento musical de la cultura hip hop. Además de la ropa ancha y la actitud irreverente, expresiones como el DJing (crear y mezclar música), el MCing (cantar o rapear), el BBoying (bailar Break Dance) y el graffiti llevan ya décadas alimentando a jóvenes que tienen a la calle como único escenario y lienzo.
El movimiento empezó con la aparición del rap, estilo musical surgido en los 70 en Estados Unidos. Y hoy ha cambiado y evolucionado, pero la idea se mantiene: describir a través del ritmo, la lírica y la imagen, el momento que se vive. Lujo o pobreza, es lo de menos. Se trata de reforzar la identidad.
Expresión de los afroamericanos y, años después, de chicanos (descendientes de mexicanos que viven en Estados Unidos) y latinos, el hip hop también formó tribus urbanas en las ciudades de Latinoamérica. La Paz es una de ellas.
Perro Pekeño Una capucha cuelga de las espaldas de Jimmy Plaza Machicado, Perro Pekeño, mientras espera su turno en Wakala Discos, en el barrio de Miraflores. Tiene una mochila cubierta de dibujos. Dentro, alberga a sus diseños de graffiti y papeles con sus versos. Apenas audible, suelta su flow —el flujo con que su lírica se acomoda al ritmo— a manera de ensayo previo y se acurruca en un sillón.
"Soy un rapero, vengo arrastrando el sueño de relatar mi vida. A mis 23 años reconozco algunas escenas. Me refugié en el hip hop porque trataba de escapar de mi realidad. Quería compartir en una mara (grupo de jóvenes). Era integrante de los Cholos Latinos".
"Entré como a los 18 años. Antes era un joven como cualquier otro, hacía deporte. Quería salir de mi soledad, romper el silencio".
"Cuando estaba en la mara era otro nivel. La cosa era sobrevivir. Había una rivalidad fuerte. Salían piñas, quecazos... muy duro. Nos llegó a marcar, porque perdíamos carnales. Pasó con un hermano. Mario estaba en el Estadio chocando con otra mara. Le llegaron unos pinchazos. Fue su última morada. Es algo que me marcó".
"En esa época había unas batallas de baile con una mezcla de tecno con hip hop en el programa Sábados Populares. Ahí empezaba la rivalidad. Afuera era un desmadre, volaban botellas. Bailar es casi la misma sensación que cantar. También continúo con el graffiti. En el graffiti expreso lo que está en mi interior y lo reflejo en una hoja. Cuando está terminado, pueden visualizarlo los demás".
"Antes vestía full ancho, XXXL. Había envidias al que se veía mejor. Ahora ha cambiado. El rapero es el que rapea, no el que viste".
Jimmy hoy vive contento en Villa San Antonio Bajo, pues desde que vio a la muerte de cerca persigue un sueño. "Ese momento empezaron a salir mis líricas. Por eso, el primer disco se lo dediqué al gran profeta Jesucristo, él me sacó, me dio otra oportunidad".
El nombre de Perro Pekeño, Small Dog, se debe a su amor por los canes. "Debo tener unos 18 ó 20 perros, pero están esparcidos en casa de mi novia, de mi hermano mayor... los mejores están conmigo.
"En 2002 me encontré con Alfonseka. Gracias a él estoy con mi tercer disco. Toda la lírica es realidad, son rimas que me salen del alma. Le meto lo que es la vida de la calle y lo que ve un perro callejero".
"Cuando canto —¡uh!— me siento como en una esfera bien protegida y entro en otra dimensión. Yo mismo me escucho interiormente, sin público, con la música que fluye en mi interior".
"¿El futuro? Uno no sabe su destino, pero creo que seré un rapero completo. Podría ser un donato (señor) con experiencia. Es largo el trabajo. Es que el hip hop hay que sentirlo, porque cuando uno lo siente se nota y se ve, hermano".
Después del desmadre Una gorra, un enorme pantalón, la mirada echando chispas y el talento fluyendo por las venas. Carlos Encalada sonríe revisando el trayecto hasta sus 24 años. Por mucho tiempo fue un dolor de cabeza para su familia, pero ahora ha establecido un pacto: él debe terminar de estudiar con la condición de seguir siendo músico.
"De changuito veía en mi zona, la Buenos Aires, cómo los mayores hacían BreakDance. Bailaban en lugares conocidos como la pista Litoral, el Láser y el Spagueti".
"Yo he estado en los Reyes Latinos. Antes era de Mara Queen, pero hubo problemas, murieron algunos changos. El 95 y 96 eran fuertes las maras. Iban a Queen y Paladium (discotecas) entre unos 300 ó 400, entre chicos y mujeres. Siempre estaban farreando y había un grupo de varios changos que siempre ensayaba baile".
"Con el tiempo, los cuates han cambiado. Ha muerto el Wilson, El Fantasma estaba en San Pedro, estaba el Ciruelo, el Cocoliso... Nunca se olvida eso de joder, pero el baile nos ha ayudado más. Los que bailamos nos hemos metido a otra cosa, en cambio los que sólo se metieron a joder han quedado ahí”.
"En la mara había un tipo de pacto de hermandad, éramos bien entregados a lo que hacíamos. Teníamos problemas con los papás que se oponían y otros escapaban de sus casas. Entonces, entre amigos nos cuidábamos y otros vivían entre cuates, de casa en casa".
"Pero todo tiene su inicio y su decadencia. Había maras bien estables con un fundamento de carnalismo fuerte. Seguían las reglas callejeras. Pero los líderes no han sabido conducir bien, pues se los elegía entre quecazos y piense".
"Cuando había que hacer invasión (al territorio de otra mara) era una huaseada. Toda la Landaeta era una mara; San Francisco, otra mara, Villa Fátima, Villa Victoria, El Alto... Si a alguien le pasaba algo, toda su gente subía. Iban y había matarile pues, machaqueada a quien encontraban".
"Pero las cosas cambiaron mucho. Yo he aprendido de mis mayores y hoy estamos para continuar. En Sábados Populares ya no quería seguir porque había mucho quilombo. Y es que había pistolas, machetes, gases, dinamitas...".
"Yo me he deshecho de mi grupo porque ya no había baile. Era pura chupa, joda... ¿Dónde iba a quedar? ¡Huevo! Todavía me quieren romper porque me he ido, pero en mi corazón está todo lo que he pasado con ellos, es algo grandioso que nunca voy a olvidar".
"Yo conozco a grupos que cantan e igual han salido de estas maras. He intentado convencer a mis cuates hasta que he encontrado a mi carnal, Ángelo. Con él nos hemos motivado, hemos hecho música y hemos encontrado lo que estábamos buscando: el Waynarap. Allí es donde escuché al Alfonseka y me he lanzado al taller".
"Con la lírica y la música puedes contar lo que pasa en la calle, defender nuestra cultura. Así nació hace dos años Santo Desmadre, ya hemos grabado. Nosotros somos mensajeros. Y ya no tenemos miedo a lo que pueda venir".
Carnicero y cantante 25 años. Grande. Amistoso. Vestido de blanco y con la sonrisa coronando su moreno rostro. Henry Mamani Cayo es carnicero de oficio y cantante de corazón. Cuchi Amaru, le dicen y su especialidad es rapear en su idioma, aymara.
"Me gusta el hip hop desde hace cinco años, pero todavía estoy empezando. Surgió como una forma de protesta para mí mismo. El hip hop no es la música de mi país. No sé por qué me llegó, tal vez mucha tv. Quizá fue por la protesta y, más que todo, mi cultura. Yo tengo sangre aymara, mis viejos también son aymaras. Soy el Cuchi Amaru".
"Trabajo en una carnicería en la Rodríguez, oliendo a carne. De ahí veo el mundo de otra manera. Trabajo para mis dos hijas. Estoy concubinado. A mi mujer no le gusta el hip hop. También es de sangre aymara, se llama Nitza".
"Mi mujer no me apoya. La conocí en mi época de metalero, cuando iba a la Boquerón a los conciertos. Ella era súper rockera. Por eso me baja, me jode. Dice que soy un posero y a veces creo que tiene la razón. Discutimos mucho sobre el tema, sólo en las noches nos llevamos bien. Me ha escuchado y nada. Pero está tratando cuando canto en aymara".
"Cuando canto en aymara pienso en lo que han pasado mis ancestros. Ahora estamos frente al futuro, hay que tratar de mejorar".
El productor Los graffitis resguardan y amenazan las cuatro esquinas que rodean sin tregua la casa de Pablo Alfonso Aramayo Mérida. Comunicador social de profesión y un músico empedernido, es más conocido por el sobrenombre de Alfonseka Marraqueta blindada.
A sus 28 años tiene un estudio en su propia casa. Con Wakala Discos, un sello independiente, ha logrado pasar de seguidor del rap a productor de grupos hip hop.
"El hip hop en mí es mucha rebeldía, sobre todo a la religión. Es una cultura urbana. El año 95 empezamos con DJ Buho y Steve Bravo. Yo estaba haciendo rap rock".
Alfonseka ganó con su grupo el concurso "Cantar vida, prevenir sida" y ha sido telonero de bandas como Octavia o Track. "Al comienzo no me la tragaba, pero el hip hop me ha empezado a pesar jodido”.
Alfonseka comenzó a prepararse como músico y conoció a gente que vivía el hip hop en carne propia. "Eran 'graffiteros' y raperos netos. Me he vuelto instructor. Han sido cinco años de persistencia y los siguientes cinco de escuela".
Entre aprender y enseñar nació Wakala Discos. "Es un sueño. Hay temas interesantísimos grabados con hermanos colombianos, peruanos... en aymara, en quechua".
Alfonseka empezó difundiendo los discos de forma independiente. "Es un movimiento más cultural que comercial. Y me he dedicado sobre todo a poner mucha actitud en esto. Muchas noches en vela hemos pasado. Ponemos energía, harto sudor sobre la grabación".
Con la experiencia continuó dictando talleres en Waynarap, la cárcel de San Pedro y algunas instituciones de ayuda social. "Ahora nos conocen en Bolivia y el mundo. La cosa es internet, gracias a la web www.boliviaenlared.com".
Hoy, en el 1458 de la calle Villalobos, se sigue trabajando. Alfonseka brinda la oportunidad a gente como Cuchi Amaru, Perro Pekeño o Santo Desmadre para que a través de la música, expresen su forma de sentir. "No digo no a nadie".
¿Por qué Marraketa Blindada? "Sale de mi adicción al pan. Todos los recreos de mi vida comía un sandwich en marraqueta. Ahí empezó la música en mi vida, el pan de cada día. La marraqueta es paceña neta, crocante. Blindada por la actitud, tanta gente te escupe... Pero uno sigue caminando hasta realizar sus sueños. El mío es seguir produciendo. Nos vemos más conectados con los movimientos sociales que tocando en un boliche".
Es hora de grabar y Alfonseka prepara con muy buen ánimo todos los equipos. "Nosotros no queremos ser marginales", sentencia.
El rap es algo que se siente, que no depende de lo que uno vista, sino de una manera muy particular de ver todo lo que ocurre.