Concurrí a una discusión entre brillantes expertos sobre la anunciada Asamblea Constituyente. Un bando defendía su conveniencia, mientras que el otro, su inutilidad. Un espontáneo con acento francés opinó que la Constituyente está condicionada al resultado de las elecciones de diciembre: si gana el MAS, la Constituyente será muy probablemente un adobe corporativo prefabricado que tratará de imponer la revolución social que nos anuncian, entre otros, Evo Morales y su compañero de fórmula electoral, García Linera. El primero al estilo agresivo y amenazador, aprendido en los ambientes anarco-sindicalistas, el segundo, al modo de teórico sofista que califica a la revolución con el título equívoco y contradictorio de "sublevación democrática".
Cuestión previa. Algunos ya se preguntan si se llegarán a realizar las elecciones. Y sobre la Constituyente, tienen más dudas todavía. No me atrevo a asegurar ni a dudar ni de lo uno ni de lo otro. Después de la experiencia que tuvimos con Carlos Mesa, al que muchos pronosticábamos que llegaría al final de período constitucional el 2007, también ahora podría fallar cualquier pronóstico. Así y todo, es evidente que vivimos un cambio de ciclo histórico. Lo cual supone traumas, ojalá que no violentos.
La Constituyente debería ser un hito en ese camino de transición de un ciclo al siguiente. Ojalá para bien de todos.
Quienes opinan que la Constituyente es un proyecto muerto antes de nacer, se fundan en que la sociedad boliviana no ha alcanzado la categoría de auténtico Estado: el supuesto territorial —dicen— está desarticulado y cada vez mas fragmentado, mas aún con las contradicciones entre los departamentos autonomistas (prácticamente sólo uno, Santa Cruz) frente a los centralistas y los que "no saben, no responden". Sostienen que el supuesto sociológico, es decir, la población, no supera la condición de un conglomerado de tribus o comunidades autóctonas contrapuestas a los sectores urbanos, mestizos y blancos. Entonces, la pretendida identidad nacional será una quimera. Tampoco existe la voluntad colectiva de perseguir un destino común como Estado nacional. Y las instituciones fundamentales de un Estado, más concretamente, de un Estado de Derecho, no ejercen el poder legítimo en la medida que les corresponde. Total, Bolivia no estaría en condiciones de reunir una Asamblea Constituyente porque la Constitución presupone un Estado que se da a sí mismo la Ley que debe regirlo.
Creo que esta versión extrema plantea una contradicción en sí misma pues, si una Asamblea Constituyente se reúne con la intención de fundar un Estado es porque no se reconoce como tal y por eso desea organizarse como verdadero Estado. O refundarse, porque el anterior Estado no responde a las exigencias legítimas de la sociedad; o porque los promotores de la Asamblea sueñan con implantar un paraíso terrenal.
Pues bien, supuesto que, en democracia, los principios se imponen por medio de las elecciones libres, hacemos votos para que los comicios se lleven a cabo limpiamente. Luego veremos si la Asamblea Constituyente resulta beneficiosa para encarar el nuevo ciclo, o es un adobe corporativo y antidemocrático impuesto por unos cuantos.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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