Los candidatos presidenciales de las elecciones de diciembre no deben hacerse ilusiones de que podrán cambiar los esquemas políticos, sociales y económicos de Bolivia con tan sólo el 20 por ciento de los votos y que, de no lograrlo, recurrirán a la movilización de la población para conseguir estos objetivos políticos.
En efecto, si Evo Morales es elegido Presidente con alrededor del 20 por ciento de los votos, esperamos que éste no pretenda imponer sus ideas socialistas o sus esquemas sobre la distribución de las tierras más allá de la Reforma Agraria u otras medidas que afecten a la propiedad privada, cuando el 80 por ciento de la población boliviana no está de acuerdo con esas soluciones políticas.
Por otra parte, si cualquiera de los contendores de Evo Morales es elegido Presidente con alrededor del 20 por ciento de los votos, esperamos que tampoco intente gobernar en base al statu quo de los últimos 20 años y pretenda que “aquí no pasó nada”, cuando el país realmente ha cambiado política y socialmente desde los años 80.
Por lo tanto, es importante que, bajo estas circunstancias, los candidatos se sientan en la obligación de presentar programas de gobierno, en los que se tiendan puentes y líneas de comunicación, que permitan lograr los consensos políticos necesarios con otras tiendas políticas —incluso las antagónicas—, a fin de incluir en éstos todas las legítimas aspiraciones que tienen los bolivianos de vivir en igualdad, paz y progreso. Todo esto, además, con el fin de viabilizar la gobernabilidad del país, en circunstancias en las que, aparentemente, volveremos a elegir un Presidente con alrededor del 20 por ciento del electorado.
El no hacerlo, no hará más que reavivar lo tristemente sucedido con los gobiernos de los últimos años y llevarnos a un camino democrático atestado de “rompemuelles” donde, al igual que en la mayor parte de los caminos de Bolivia, se nos impide, día-a-día, llegar al destino deseado y con la rapidez que necesitamos para progresar al ritmo que lo hacen nuestros vecinos en el continente.
Mientras el electorado boliviano elija la dispersión del voto, no quedará otra que buscar el consenso civilizado entre los partidos políticos para elegir al próximo Presidente.
Esto no quiere decir que debamos seguir tolerando el consabido “cuoteo” o la repartija del gobierno. Significa que se debe dejar
gobernar a quien sea elegido constitucionalmente, libre de presiones, atormentadoras marchas, salvajes bloqueos y otros diversos actos antidemocráticos.
Sin embargo, quiere decir también que quien gobierne en el próximo período presidencial tiene la obligación de tender puentes de comunicación política con las otras agrupaciones que participaron en el proceso electoral, a fin de lograr los consensos necesarios, donde se tome en cuenta de manera inclusiva y no exclusiva todas las aspiraciones de la población boliviana.
Ojalá que los bolivianos finalmente aprendamos a jugar civilizadamente a la democracia.
La democracia se hace con actos caballerescos, con ecuanimidad y con justicia. Lo demás son actos de pura politiquería de los que el país y los bolivianos ya estamos demasiado cansados.
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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