Más de un millón de plantas ornamentales pueblan los parques y las plazas cada año para que la ciudad luzca su mejor cara.
Álex Ayala Fotos: Jamil Chávez
Abaroa no podía estar mejor escoltado. Botón soltero, lechuguín, pasto bicolor y rosa verde, entre otros colores, insuflan vida a la plaza que le resguarda. Las figuras arman una vista conformada por un sinfín de motivos geométricos y los empleados de la Alcaldía se desviven para que el lugar luzca su mejor aspecto.
Así, cada año más de un millón de plantas ornamentales salen del vivero de Aranjuez, en el camino hacia Mallasa, para abastecer a las áreas verdes. Son retoños como azucenas, caléndulas y crisantemos, que ayudan a darle una cara de esperanza a la hoyada.
Un poco más lejos, en el vivero de Sopocachi, lo que se cultiva, sobre todo, son especies forestales, tales como el ciprés, la queñua y la acacia, por poner algunos ejemplos. Y anualmente más de 400.000 copan varios enclaves estratégicos.
La actividad se complementa con la producción de baldosas, rejas, bancos, juegos infantiles y demás implementos para los parques, tarea a cargo de Emaverde, empresa municipal que se ocupa de todo el cuidado de áreas verdes.
De botadero de basura a vergel “Cuando comencé a trabajar aquí —rememora el ingeniero José Claros, el gerente general—, esto (por la central de Sopocachi) era un botadero de basura. Y Aranjuez lucía completamente abandonado”. Pero las cosas han cambiado y ahora los dos viveros funcionan con la misma perfección de un reloj suizo. “Nos ha ayudado el hecho de que hemos reducido el movimiento a dos espacios. Antes había entre 13 y 15, pero no funcionaba ninguno”.
Entre esencias embriagadoras y decenas de carpas oscuras que acogen plantines de uno y otro tipo, la jornada se inicia a las ocho de la mañana. “El cuidado es fundamental, desde el momento de escoger la semilla hasta la hora de transportar el plantín a un área”.
En cualquier parque, mientras, pueden darse cita hasta 40.000 plantas, como ocurre en el del Maestro, en Obrajes, y lo peculiar en La Paz es que se usan especies preparadas para aguantar el frío y las alturas. “Por ejemplo, acá podemos producir pensamientos todo el año, pero en lugares calurosos, como Cochabamba, únicamente florecen en la época de invierno”.
Como desventaja, sin embargo, no se consiguen las mismas tonalidades que uno se puede encontrar en Santa Cruz o en el Chapare, donde las mismas condiciones climáticas favorecen el crecimiento.
Diseños de todo tipo Una vez que el plantín está por florecer, es hora de llevarlo a su destino. Doce tipos de tonalidades son apenas la única ayuda a la hora de dar vida a los espacios, pero el ingenio resuelve las contingencias.
“Lo que más le gusta a la gente son los pensamientos. También, los cubre suelos, que no son flores sino más bien plantas de color”.
Así, La Paz está “pintada” fundamentalmente por el lechuguín, el blanco, el marfil y el pasto alfombra, “tonalidades fuertes que conforman quizá los mejores contrastes”.
Entre los diseños más famosos están la mariposa, las estrellas y los mosaicos. Pero no son los únicos. “Cualquier cosa puede ser motivo de inspiración, desde un dibujo de un libro hasta las alegorías que adornan los edificios más antiguos. Observamos el mundo y lo traducimos al lenguaje de las plantas”.
Para ello, se cuenta actualmente con 129 especies, entre arbustivas, arbóreas y florales, la mayor parte originarias de los Estados Unidos y Europa. “Muy pocas son autóctonas”, reconoce el ingeniero Claros.
Con todo, a veces hay sorpresas y, hoy, la celestina, por ejemplo, un arbusto de color celeste y unos 20 centímetros que viene de la cumbre, está siendo cultivado en los viveros para formar parte del grupo de plantines que maquilla La Paz.
Otras especies, entre tanto, tienen además un uso más funcional. “Como es el caso del sauce mimbre, chileno, que podría ser utilizado a modo de materia prima por grupos de artesanos para su arte”.
Pero no basta con el cultivo en los viveros. El trabajo de hormiga, trasplantando los plantines a las plazas, paseos y demás áreas verdes, se antoja fundamental y ocupa a Emaverde la mayor parte del día.
“Producir plantas no es complicado, pero sí cuidarlas. Estamos sujetos a fenómenos naturales como las heladas o el granizo y hace falta un riego periódico, deshierbe y abono. La labor no es difícil, aunque sí sacrificada y sistemática, desde el corte del pasto hasta la limpieza de las tazas de las plantas”.
Los enemigos de las plantas Por si fueran pocos los problemas, es imposible garantizar el buen estado de salud de un parque, pues los enemigos aparecen por todas partes. “Una cosa terrible son las marchas, desfiles y entradas folklóricas. No estamos en contra, para nada, pero destruyen lo que encuentran a su paso, como si la gente se desahogara pisoteando cosas”.
“Hace falta más educación —solicita el ingeniero—. A los perros, en lugar de utilizar los espacios especialmente acondicionados para ellos, los largan en cualquier parte y destrozan los arreglos. Y las mismas personas se llevan las plantas, sobre todo en las laderas, dejando huecos vacíos en las áreas verdes”.
El daño, además, es para toda la comunidad, pues la ciudad se ve fea y destruida, “pero creo que se van a cansar ellos antes que nosotros”.
El cambio climático, por otro lado, es igualmente una amenaza para las distintas especies, pues da alas a las plagas. “Este año hemos tenido un ataque de pulgón como nunca he visto, que afectaba sobre todo a retamas y sauces. En mi opinión, es debido al cambio brusco de temperaturas, al desequilibrio general del medio ambiente. Al menos, hemos controlado el mal con insecticidas naturales”.
Ahora, rodeado de plantas como siempre acostumbra, el ingeniero José Claros y su equipo se disponen a afrontar una de las temporadas más fructíferas, la primavera y la época de lluvias, momento en el que el agua aterriza sobre los parques como maná caído del cielo. Y es que hay especies, como las forestales, que es aconsejable plantarlas sólo en este tiempo.
Mientras tanto, los viveros las resguardan y les acompañan en su crecimiento, en un baile de fragancias y tonalidades. Bocaisapos, celosías, festucas, malvas, verónicas, coquetas y ciruelos japoneses, por citar algunos, dan nombre a una parte de la ciudad que, por lo general, suele pasar desapercibida.
Pero no para Abaroa, quien desde su pedestal disfruta de la vista como nadie. Murió entre balas y metralla, pero se ve recompensado ahora entre plantas y flores de colores. A su vera, los empleados de la Alcaldía ponen a punto los arreglos, dando a entender que una ciudad es algo más que asfalto y muros interminables de cemento.