La realización de las próximas elecciones generales ha desatado una ola de críticas a la manera en la que se constituyeron las distintas ofertas electorales y nuevamente un profundo recelo frente a la manera en la que la política realiza su acción. Una vez más la sociedad exige señales claras de parte del sistema político que permitan recuperar la credibilidad perdida en la acción política y aborden con seriedad la necesidad de una urgente renovación en todo el sistema. Las huellas profundas dejadas por las movilizaciones de octubre 2003, y mayo 2005, todavía están frescas en la memoria del ciudadano boliviano.
Por un lado, se ha criticado severamente lo que se ha venido a calificar como “la política del reciclaje”. Se trata de aquella política que permite cambiar de color político, como de camisa, siguiendo el único criterio de los réditos personales y el interés particular. Evidentemente este fenómeno aparece no solamente entre los propios partidos políticos, sino también en las flamantes agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas. Los mismos políticos pasan de un instrumento político a otro, sin que parezca importarles la ideología o el programa de gobierno que dicha tienda política plantea. De alguna forma, esta actitud refleja la poca consistencia de las ofertas electorales y hace dudar al ciudadano sobre la integridad moral de algunos candidatos.
Por otro lado, parece que se nota en muchos candidatos la consideración de la política como una actividad que responde a una “formación empírica” en base a la misma experiencia. Sin embargo, la función pública no puede improvisarse, sobre todo en una situación de crisis política y social como la que vive el país. La poca consideración de la política como un trabajo que requiere preparación conveniente está llevando a la ciudadanía a considerar la acción pública como la búsqueda de pegas oportunistas y carentes de consistencia. Esta actitud a la larga llevará a adoptar soluciones populistas, de corto plazo y lejos del bien común, fragilizando las bases sólidas sobre las que debe estar establecido el Estado de Derecho.
Finalmente, la política parece haber perdido la credibilidad ciudadana en medio de un enmarañado presente en el que prevalecen los intereses sectarios, la falta completa de respeto a la ley y el creciente deterioro de la convivencia social.
En este sentido, la política debe responder al interés social y no a la inversa. Y precisamente este vínculo de unión entre sociedad y política es el que está seriamente obstruido debido a las malas administraciones y a los reiterados casos de corrupción en todos los niveles. La política está maltrecha y puede estarlo mucho más en este proceso electoral.
*René Cardozo es sacerdote jesuita. Diplomado del Instituto de Estudios Políticos de París.
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