Con prudente optimismo podría afirmarse que la puerta cerrada de la reivindicación marítima de Bolivia se ha reabierto tímidamente. La apertura no será lo deprisa que convendría al desarrollo de los dos países ni se logrará con exabruptos que no hacen sino exacerbar los ánimos ya recalentados por una historia desgraciada.
El presidente Rodríguez Veltzé marcó la nueva pauta en su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas.
El Presidente demostró un espíritu conciliador, sin haber desistido de reactualizar ante los países miembros de la ONU, la voluntad de "reintegración soberana de Bolivia al océano Pacífico" por medio de un "diálogo abierto y desperjudiciado". Como queriendo convencer al mundo de que la tarea no es imposible y que más bien es una vergüenza que la disensión continúe en el siglo XXI, citó el ejemplo de que "varios diferendos se han resuelto por la vía pacífica, menos la mediterraneidad de Bolivia". Es pues hora de que se encuentre una "solución definitiva", dijo el Presidente.
Que el camino no está cerrado, lo atestiguan hechos como anteriores negociaciones que avanzaban lenta pero eficazmente en negocios de interés recíproco. Lo que se había ido trenzando con paciencia y buen tino, se truncó por un exceso oratorio que resultó contraproducente. Como todo el mundo sabe, lo que hoy conocemos como Unión Europea comenzó por concertar acuerdos económicos multilaterales. Países que se odiaban y se habían estado matando en guerras seculares, hoy progresan unidos e incluso tienen el mismo signo monetario, siendo precisamente la acuñación de moneda uno de los símbolos tradicionales de la soberanía de un Estado.
La complementariedad de las economías boliviana y chilena; la necesidad de interconectar el Pacífico con el Atlántico, vía Bolivia; la urgencia de estimular la economía de todos los países de la región para combatir la pobreza y afianzar la seguridad y la paz; la creación de nuevas oportunidades de una vida mejor a los ciudadanos; la oportunidad de competir ventajosamente en los mercados internacionales... son algunos de los justificativos prácticos de la solución que se busca.
Ahora bien. Hace falta arriar nacionalismos decimonónicos y desechar el manoseo de esos sentimientos para fines partidistas que enrarecen todavía más las relaciones con nuestro vecino. Hay que quitarle yerro al rígido concepto de soberanía. La soberanía, entendida como piden los tiempos modernos es tan flexible que permite la integración de países vecinos, y aún de un continente.
Y no olvidemos eso que va más allá de los intereses económicos y que ahora llamamos "patrimonio intangible de la humanidad". ¿No sería un ejemplo para las naciones el que Bolivia y Chile, superados viejas rivalidades, alcanzaran un acuerdo razonable para sacar del enclaustramiento marítimo al país altiplánico? ¿O habrá que recurrir a la autoridad moral del Papa, como sucedió entre Argentina y Chile en el caso del Beagle, ejemplo que sólo cito, pero que no propongo? Y no lo propongo, primero, porque el conflicto boliviano-chileno no constituye un "casus belli" y, segundo, porque son los Gobiernos de los Estados concernidos quienes deben dar el ejemplo de recomponer los desgarrones en paz.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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