Se debería adoptar un nuevo patrón del desarrollo antes que insistir en la manoseada consigna de cambio del modelo económico. Se debería adoptar un nuevo patrón del desarrollo antes que insistir en la manoseada consigna de cambio del modelo económico. Muy oportuna ha sido la reflexión de George Gray Molina en su interesante "Informe sobre Desarrollo Humano", para el PNUD. (Pulso, 16-22 Sep., 05). Ello nos lleva a pensar en la necesidad de adoptar un nuevo patrón del desarrollo boliviano antes que insistir en la manoseada consigna de cambio del modelo económico vigente. Hasta ahora seguimos enfrascados en la polémica en torno al "modelo", o sea, el papel del Estado en la vida económica, sin discurrir lo suficiente sobre el "patrón", o sea, la manera de abandonar aquella tendencia de concentrar la energía del país en la bonanza de una materia prima de exportación.
Ese patrón del desarrollo que venimos utilizando desde que se descubrió la riqueza del cerro de Potosí, hace 500 años, ha alcanzado su cota máxima durante estos días. Hemos visto, estupefactos, a centenares de ávidos municipalistas, lanzarse como chacales para lograr una repartija irracional e improvisada del dinero procedente del nuevo impuesto a los hidrocarburos. Es que en Bolivia no se concibe otra manera de crear riqueza.
George Gray sugiere que el premio a "la pregunta del millón" sea conferido a quien identifique los elementos de la economía boliviana capaces de provocar un cambio en el patrón de desarrollo. Entro al concurso apostando que ese cambio puede producirse con un nuevo diseño de la política tributaria y arancelaria que reemplace a la actual.
La política fiscal vigente, es el freno más eficaz a las inversiones y el estímulo más formidable al contrabando y la corrupción. Sucesivos gobiernos han restablecido la alcabala colonial (que gatilló la guerra de independencia) con el nombre de "IVA Importaciones" junto a otros tributos. Estos no deberían ser recaudados en la aduana sino dentro del país, pero sólo el momento en que la actividad económica entre en funcionamiento y agregue valor a un bien.
El empresario ya sea de tamaño grande, mediano, pequeño o micro, sufre por igual de aquella distorsión tributaria. Cuando interna al país sus insumos y materias primas, se les promete devolverles, mediante un tramposo mecanismo llamado Cedeim, lo que han pagado en aduana una vez prueben que esos bienes fueron empleados para exportar un producto. (¿Cuánto está debiendo el Estado por concepto de Cedeim?).
El industrial progresista tardará años en obtener el reembolso (si lo obtiene) mientras el falso exportador (ladrón que abunda en el país) puede cobrar un Cedeim al día siguiente. He ahí un desestímulo a la inversión y un factor negativo para la competitividad industrial. Quienes producen para el mercado interno no tienen, ni siquiera, el consuelo del Cedeim y, por lo general, trabajan a pérdida. Para qué hablar de otras restricciones al comercio. Bienes esenciales o suntuarios, manufacturas pesadas o livianas, también están sujetos a esa alcabala aduanera que da origen al contrabando, fomenta el comercio informal y contribuye a la evasión de los impuestos internos.
Para evitar esos males y para crear empleo y prosperidad, Bolivia bien podría abrirse al comercio libre como lo hizo Malasia (ejemplo citado por Gray Molina) y los demás "tigres asiáticos". No tenemos industrias que proteger de la importación pues ellas pueden protegerse solas siendo competitivas mediante la reducción de sus costos de producción. Tampoco tenemos divisas que cuidar pues, en Bolivia, cualquier cristiano puede hacer con la moneda extranjera lo que le venga en gana. Ni siquiera las reservas monetarias serían motivo de preocupación pues al castigar las importaciones nuestro estado borbónico y alcabalero se encuentra ahito de unos dólares cuyo precio está ahora en picada.
Podemos desgravarnos sin buscar ni esperar reciprocidades que no necesitamos. Nos bastaría con ser competitivos pues nuestra posición geográfica en el centro del continente nos abre la posibilidad de exportar a los países vecinos de economía más sólida que la nuestra y no depender de los mercados de ultramar.
Por ser una estrategia de desarrollo global, el comercio libre puede constituirse en una poderosa palanca creadora de empleo que ni la plata, ni el estaño pudieron jamás hacer, ni los controvertidos hidrocarburos ni la soya podrán hacerlo hoy. Las actividades extractivas y agropecuarias de exportación, no generan empleo significativo.
Desgravándonos unilateralmente, podremos importar piezas y partes, artículos semimanufacturados, terminarlos en Bolivia y venderlos a los países limítrofes. También podemos comprar bienes de consumo y reexportarlos convirtiéndonos así en una potencia reexportadora. El comercio se convertiría en una actividad formal proporcionando empleo a miles de familias que hoy no lo tienen y creando tributos limpios para el erario público. El comercio libre también puede atraer turismo ofreciendo a los visitantes mercancías baratas y de calidad.
Y así. Cambiamos el patrón y hacemos triunfar al modelo tan injustamente vapuleado.
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