Los ciclos económicos de América Latina, en general, y de Bolivia, en particular, se explican fundamentalmente —no exclusivamente— por shocks externos. Cuando la actividad económica se acelera es porque ingresan recursos externos adicionales al país, ya sea por exportaciones y/o ingresos de capitales. Cuando la economía entra en una fase recesiva/depresiva es porque disminuyen los recursos externos, ya sea por disminución en las exportaciones y/o por salida de capitales.
Este comportamiento cíclico de la economía explica los periodos de buen crecimiento de la producción que se tuvo, por ejemplo, en la década de los años setenta, como el desastroso periodo de los años ochenta, tiempo en el cual el país vivió su peor caída de la producción.
Si el tipo de cambio fuese determinado libremente por el mercado y no, como ahora, que es administrado por el Banco Central, los shocks externos se reflejarían en cambios abruptos en el tipo de cambio. El aumento de recursos externos ocasionaría la depreciación del tipo de cambio y la disminución de los mismos ocasionaría su apreciación, con todas las consecuencias negativas en la actividad económica nacional, efectos que se agravarían si se introduce la variable "expectativas". Una inicial apreciación cambiaria podría ser seguida por expectativas de mayores apreciaciones.
La política adecuada, para una pequeña economía abierta, como es la boliviana, que además es muy dependiente de los recursos externos, es aquella que no permite que se produzca tal volatilidad cambiaria. Esta fundamental misión está encomendada a un banco central, que en el caso de la región, el que mejor ha cumplido esta labor en los últimos veinte años ha sido, precisamente, el Banco Central de Bolivia. ¿Por qué cambiar?
Si se ingresase a una política de flotación del tipo de cambio, donde el mercado determinase libremente el tipo de cambio, el proceso ante un ingreso inesperado de recursos externos sería el siguiente: Un aumento de divisas ocasionaría la apreciación del tipo de cambio, se requerirían menos bolivianos para comprar dólares. Esta apreciación empezaría a desalentar las exportaciones y alentar las importaciones, con lo que aumentaría el déficit comercial, lo que a su vez sería acompañado por un mayor ingreso de capitales externos, (endeudamiento) que ocasionaría aun una mayor apreciación cambiaria con sus efectos negativos sobre las exportaciones.
En un escenario de apreciación continua del tipo de cambio junto a precios y salarios no sólo inflexibles a la baja, sino inflacionarios, como lo es en Bolivia, se perdería la pequeña competitividad alcanzada en sus productos de exportación, porque éstos se harían caros para el exterior. Y el freno necesario al ciclo económico ascendente vendría a costa del aparato exportador.
Una economía abierta y débil es sujeto fácil de shocks externos y el tipo de cambio no es el instrumento para enfrentar los mismos, haciéndolo subir o bajar abruptamente, cuando se producen los fenómenos de contracción o de expansión de los recursos externos. La forma de hacerlo es mediante un tipo de cambio fijo deslizante hacia arriba y sobre la base de un fondo de estabilización, que son las reservas internacionales del Banco Central.
*Armando Méndez es economista.
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