Los críticos tomaron el título de la novela de Musil como moneda contante y sonante y colaron la etiqueta al burgués de la época. La traducción del título de la obra de R. Musil: El Hombre sin cualidades en francés o El Hombre sin atributos en español ha despertado polémicas entre los lectores. ¿A qué podría semejar un personaje sin ninguna cualidad, buena o mala, externa o interna? “A nada ni a nadie’’. No sería un ser humano y menos una persona. Incapaz de mostrar un perfil cualquiera, se encontraría impedido de tratar con los demás o de desempeñar algún oficio, ya que en él todo sería imprevisible. Tampoco podría refugiarse fuera del mundo en una ermita, alejado del bullicio terrenal, pues le faltaría el resorte anímico, el amor por el prójimo para cumplir la misión. En el extremo opuesto aparece el personaje de K. Ishiguro: Stevens, el mayordomo, tan compenetrado del papel que termina sacrificándole su vida personal, sus ambiciones, si alguna vez las tuvo. Su virtud es el servicio irreprochable de la mansión. Atento a llenar las expectativas de sus patrones no cede ni a los vicios del comercio humano como el chisme, la maledicencia, la envidia ni a las virtudes nobles. Toda su conducta se reduce al puntilloso cumplimiento de un deber, de acuerdo al libreto, pasando así al lado de la felicidad en lo que le quedaba del día. La interpretación del uno y del otro, al margen del contenido de los textos sirvió para ilustrar los prejuicios de una modernidad extraviada entre el temor al autómata y a la chatura del intelecto y el espíritu, aunque Musil apuntó más bien a otros defectos.
Los críticos sociales tomaron el título de la novela de Musil como moneda contante y sonante y colaron la etiqueta al burgués de la época, según ellos ciego para el arte, la cultura, la belleza, encarnación del hombre sin cualidades, apabullándolo con su desprecio. Los novelistas y ensayistas bolivianos de la primera mitad del siglo XX no constituyeron una excepción al arraigado prejuicio anti-burgués, aplicándolo al minero del estaño. Más tarde, la crítica se cebó en el político, falto de convicciones propias, que orienta sus discursos, sus acciones siguiendo a la cambiante opinión pública, construida por los medios de comunicación a partir de encuestas y sondeos.
Pero Ulrich, El hombre sin cualidades, es todo lo contrario de un personaje amorfo, representa más bien otro vicio de la modernidad: el menosprecio de la realidad y sus limitaciones, en provecho de sus posibilidades, ahora de lo virtual.
Posee atributos de todo orden, inteligente, instruido, corajudo, aunque se revela inepto para organizarlos alrededor de un objetivo. Tampoco los valora ni se reconoce en ellos.
Quizá demasiado entusiasta por las abundantes posibilidades que le ofrece la acción, pasa de una a otra, ajeno a las resistencias de los hechos, extraño al peso de las definiciones de los hombres con cualidades. Ulrich vive el mundo del crepúsculo de los dioses y del despunte del totalitarismo. No comulga con los orgullosos del progreso ni con los conformistas. A Ulrich le atraen más las infinitas oportunidades del actuar que el acto mismo. Enredado con la distinción entre lo real y lo posible no se entrega con firmeza a ninguna tarea.
Intenta en varias ocasiones desempeñar un oficio: militar, ingeniero, matemático, mas nada le satisface. Despreciativo de sus cualidades, de los bien pensantes y aun de sí mismo, parece interesarse ante todo en emprender los viajes que en concluirlos, como la novela que protagoniza, igualmente inconclusa. Pues como se da cuenta Ulrich, sin amilanarse ni amoldarse, “es más fácil señalar lo que algo no es que descubrir lo que es’’. Tal vez todo no es sino un reflejo de otro reflejo.
Aún muchacho, para espanto de su maestro, en una disertación escolar escribió: ‘‘Dios mismo prefiere hablar de su creación como potencialidad, pues creó el mundo pensando que asimismo podría hacerse de manera diferente’’.
¿Qué tiene entonces este Ulrich? Tiene todo, pero no lo aprovecha, prefiere la búsqueda en la cual da mayor peso a lo que podría ser que a lo que es. Abandona sus ocupaciones, se concede una vacación de la vida a fin de reflexionar sobre el sentido de las acciones. A pura pérdida. Ulrich se hunde en gestos y palabrerías hasta encontrar por azar en una empresa de pompas fúnebres a su hermana, casi olvidada, en quién reconoce un alma gemela. Casada con un hombre de cualidad, desea divorciarse. Entre él y ella se inicia una aventura ambigua, en los límites de lo imposible. Así, Ulrich cree hallar un eje en la vida, pero material y simbólicamente nada acaba, pues incluso la novela se suspende.
¿Por qué consagrar una nota a un anti-héroe del siglo pasado? ¿Guarda algún interés para el hombre contemporáneo los líos de Ulrich entre la realidad y las posibilidades? Ni duda cabe, hay ahora otros intereses, otras preocupaciones. Sin embargo, el estilo de Ulrich, hombre de lo posible, ha hecho escuela, aunque nunca alcanzó a concretar algo. Pretendiendo estar por encima de la situación y de sus restricciones se condenó a ejecutar actos inconclusos o inoperantes y dejar las cosas en el estado que las encontró. El estilo de acción de Ulrich se manifiesta en muchas de las interacciones de hoy, como en las instituciones sociales, construcciones colectivas, ricas en posibilidades de transformación, pero en las cuales con frecuencia la atención de sus simpatizantes tiende a concentrarse sólo en ese último aspecto, hecho que acaba por quitarles su legitimidad en el presente sin abrirles un porvenir. En cuanto a Stevens, el mayordomo, y sus émulos, la mayoría de lectores subraya su conformismo, a veces su complicidad con los crímenes de sus amos, sin fijarse en el valor del sacrificio, del apego al deber. Espíritus domésticos, como dijo un poeta, pero donde pueden anidar crías respondonas.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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