Aparte de arrollador, el paso del ciclón Katrina por los estados del sur de los Estados Unidos ha sido revelador. Una vez más han tenido que ser circunstancias trágicas las que pongan en evidencia algunas crudezas de este magnífico mundo moderno y desarrollado, al que supuestamente todos aspiramos. Para los ingenuos que pensaban que estas calamidades eran de dominio exclusivo de países atrasados, se han revelado algunos hechos perturbadores y desconcertantes.
Primero: resulta que pobres habían habido en todos lados, inclusive en los esteits. Pobres y muchos. No vaya usted a pensar que me refiero a esos melenudos solitarios con carrito de supermercado y botella de licor en bolsa de papel, que aparecen en las películas importunando el paisaje de los distritos financieros. No señor. Estamos hablando de comunidades enteras con importante densidad demográfica, que comparten índices de desarrollo humano con el tercer mundo en el medio del país más rico del mundo.
Segundo: Resulta que cuando eres pobre estás jodido. No importa en qué país vives. Y si además de pobre, resulta que eres negro, la cosa tiende a agravarse. ¿Estaré saltando a conclusiones apresuradas? ¿Acaso se trata de mi característica paranoia ideológica? Lamento decirle que no soy el único al que se la han pasado estas feas películas por la cabeza. Al contrario, parece que esta vez el sistema ha mostrado la hilacha de forma tan flagrante, que el huracán Katrina podría tener réplicas de índole política e institucional. La escandalosa negligencia integral de todos los servicios llamados a socorrer a las víctimas y sobrevivientes, resultaron en un dantesco espectáculo digno de una república bananera, y levantaron sospechas acerca de las prioridades políticas y las sensibilidades del gobierno de los Estados Unidos.
Esto podría llevarnos a una tercera revelación: cuando no están en juego intereses geopolíticos o intereses económicos vinculados a grandes empresas, la premura, la eficiencia y la voluntad política de las autoridades "competentes" dejan mucho que desear. Algo así como un Estado de primera para los grandes intereses, y un Estado de segunda para los que pesan menos económicamente. Eso es lo que parece demostrar el contraste entre el despliegue de eficiencia y premura de la ocupación petrolera en Irak, y la desidia en las operaciones de prevención y asistencia civil en la ex Nueva Orleans.
Cuarta constatación menos evidente pero no menos alarmante: la opinión pública advierte y comprende la magnitud del escándalo, pero parece no importarle demasiado, como si tratase de un precio justo a pagar por las bondades de ser parte de la primera potencia mundial. Las encuestas revelan una caída en la popularidad del iluminado George W., que no parecen corresponder a su responsabilidad en el asunto. En todo caso, nada que un par de movidas marketing político no puedan resolver.
Por último, nos queda a todos bastante claro que a la gran potencia no le quita el sueño los potenciales desórdenes climáticos resultantes del calentamiento global. Si bien esto no está directamente relacionado con el huracán Katrina, por lo menos se esperaba que la demostración de los efectos devastadores de un fenómeno climático, podrían haber sensibilizado al gobierno de Bush en su posición en el tema medioambiental. Nada de eso se vio en la última reunión de la ONU, donde el viento también se llevó las propuestas orientadas a evitar las cantadas catástrofes que vendrán en el mediano plazo.
*Ilya Fortún es periodista.
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