Cochabamba lloró en su día, me dijo una taxista. Se refería a que el 14 septembrino amaneció frío y lluvioso. Y el país entero lloraba lluvia y nieve, con un frente frío que, albricias, se llevó un tiempo triste de vientos revoleando humo y polvo. No nevó en los cerros ni para el Carmen ni para la Asunta, que es como en almanaque valluno llaman las del 16 de julio y el 15 de agosto, en golpe maestro de fomentar sincretismo religioso nombrando de Virgen María las cíclicas nevadas, que con sus deshielos filtran de a poco sus aguas a resecas tierras del valle cochabambino.
Menos mal, nevó y se limpió el aire para las fiestas de Cochabamba y de Santa Cruz, donde un surazo matador de reses sin protección arbórea, recordó que la quemazón de montes y pampas tiene su castigo. Me ponía tristón con estas divagaciones, así que salí a ver las honras cívicas cochabambinas, para retornar casi de inmediato porque desfile sin banda es como pan sin sal.
Volví para golpearme con datos sobre la situación argentina, nación que tiene algo menos de transparente que lo que sugiere su nombre, que, dicho sea de paso, se inspiró en la plata de Potosí. Fenómeno único en el mundo el argentino, dicen estudiosos de Francia y Estados Unidos, que en los últimos 40 años haya disminuido su clase media de 73% a 28%, que significa una caída de 45 puntos. En esa proporción, ha aumentado la cantidad de pobres e indigentes, ensanchando también la brecha entre ricos y pobres. Imagínense, en 1976 la deuda externa argentina era de 6.700 millones de dólares; a fines de 2001 estaba en 200.000 millones de dólares. Gran parte se debió a negociados y cobro de fabulosas comisiones por parte de funcionarios argentinos y extranjeros. Sólo en el caso de YPF, la petrolera estatal, se acreditaron más de 700 delitos que le cargaron una deuda de 6.000 millones de dólares, sin contrapeso de ingresar siquiera un dólar: eso ayudó a vender YPF más barato. Tragedia esta en un país rico, que en los años 40 de la posguerra se codeaba con las primeras siete potencias económicas del mundo. Ahora sus pensadores se lamentan de que no es una república en serio.
Regodearse con males ajenos sería asunto necio; más bien, la pregunta es cómo andamos por casa. Pues peor, al extremo que la situación boliviana bordea lo ridículo. Comparada con la corrupción argentina, la nuestra es una enana, pero equivalente si es contextualizada al tamaño de nuestra economía.
Según Transparencia Internacional, Bolivia es el segundo país más corrupto de la América Latina, dudoso honor compartido con Ecuador y Haití, campo en el que sólo nos supera Paraguay. La corrupción se robó 2.200 millones de dólares en los dos primeros años del siglo 21, más del doble de los recursos condonados de la deuda externa para la lucha contra la pobreza; semejante lastre es un 27% del PIB.
En la administración pública, según la Contraloría, en 10 años se malversaron 2.000 millones de dólares. El desvío de fondos tiñe a las instituciones públicas, prefecturas, ministerios y ante todo, a la Aduana, donde la corrupción es un escándalo llevado a extremos. Ni hablar de feudos como las universidades estatales, protegidas de control fiscal por obsoletas autonomías. O de los municipios, donde se apilan expedientes de juicios a ex autoridades, por malversar fondos de la participación popular, pero no conozco de muchos en la chirola.
Por eso soy escéptico a la lucha en boga: la pugna por un pedazo de la piñata del gas que pelean municipios y universidades. A los que pronto se sumarán los pueblos originarios, las Fuerzas Armadas, la Policía, el Poder Judicial y un largo etcétera.
Si una encuesta preguntara qué es el IDH, apuesto a que la mayoría de bolivianos apuntaría al Impuesto Directo a los Hidrocarburos. Tal hecho reflejaría la distorsión de las prioridades nacionales, porque el IDH más importante, el que echa una baldada de vergüenza sobre el país, es el Índice de Desarrollo Humano de la ONU. Es un indicador al año 2003 de tres aspectos: salud con la esperanza de vida, educación con la tasa de alfabetización de adultos y tasa bruta de matriculación, e ingresos con el Producto Interno Bruto (PIB). Ahí el país está en el puesto 113, lejos del más cercano de otros sudamericanos: el corrupto Paraguay en el 88, o un Ecuador tan podrido como nosotros, en el puesto 82.
Dice un último Informe sobre Desarrollo Humano que mientras el promedio de crecimiento per cápita anual se mantenga, como ahora, en promedio del 3%, y no se produzca un giro en la política económica, el país tendrá que esperar 178 años —9 generaciones de bolivianos— para superar la pobreza. Según el PNUD, cada año 174 mil compatriotas se suman al ejército de los pobres. Ante este panorama, plantean la “urgencia de realizar reformas inmediatas”, citando como requisito, el retorno del Estado como factor de fomento de la productividad. No se trataría tanto de cambiar el modelo económico —atenti salvadores de la patria revocadores del 21060—, sino el patrón de desarrollo que, “con mucho o poco Estado, concentra la actividad económica en pocos productos exportables”. Lo ideal sería pasar de una economía dependiente del gas a una que genere empleos como riqueza, cita el informe. Algo que es dudoso en universidades y municipios duchos en radicalizar medidas de presión, pero sin aceptar controles y hacer más eficiente el gasto de sus recursos económicos.
Si Argentina no es una república en serio, menos lo es Bolivia. Un Estado con instituciones debilitadas y autoridades desprestigiadas, que a título de concertar se desgastan en ofertas y contraofertas, mientras todos se le ponen al frente armados de bloqueos, paros y huelgas de hambre, demandando reivindicaciones a menudo imposibles. Algo que no cambiará con las elecciones ni con asambleas constituyentes. Otra vez humo (lacrimógeno) y polvo en el horizonte, maldita sea.
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