Una visita al zoológico Vesty Pakos permite conocer la dieta que guardan sus inquilinos, que se alimentan de frutas, carne y verduras.
Álex Ayala • Fotos: Pedro Laguna
Rocky hace malabares para no caerse en los bordes de un estanque en el que intenta atrapar con sus garras un pescado. Pese a tener algunos kilos de más, no es torpe en sus movimientos. Acerca su hocico al lado del agua, agita su pata y menea su trasero acomodando todo su cuerpo a la tarea de atrapar a su presa. Rocky es uno de los osos jukumaris más conocidos del zoológico Vesty Pakos, ubicado en la zona de Mallasa de la ciudad de La Paz, y cada día, según sus cuidadores, devora al menos cinco kilos de fruta.
Pero no es nada en comparación a la comida que se reparte en el resto del zoológico cada jornada. Piña, guineo, maní, sandía, mandarina, guayaba, lechuga, acelga, carne y un sinfín de frutas y hortalizas de calidad de exportación se dan cita diariamente en las puertas del complejo para terminar en los estómagos de las 76 especies que habitan el lugar: 32 de mamíferos, 37 de aves, seis de reptiles y una sola de peces. En total, el gasto anual en comida asciende a unos 600.000 bolivianos. Y la mayor parte del dinero se va en carne.
Al día, se sacrifican tres burros para saciar el hambre de los carnívoros, animales como los jaguares, los leones y los cóndores. “A primera hora, un matarife es el encargado de dar muerte a los equinos, que son bañados un día antes para garantizar la higiene. Después, los despresa y luego vienen los guardafaunas por las distintas partes”, señala Freddy Paredes Claros, responsable de conservación y manejo de vida silvestre del Vesty Pakos.
A su vera camina René Calcina, embutido en un overol oscuro y cargando una pesada carretilla con los fríos pedazos de carne roja.
Su destino es la jaula de “las saltarinas”, tres jaguares hembra que fueron apartados del resto de los de su especie por miedo a que se escaparan gracias a sus capacidades atléticas. El olor a carne fresca es un anticipo de sus habilidades, pues su rugido se deja oír a la distancia. Y cuando el cuidador les lanza una presa desde una pequeña puertita en el techo de la jaula, dos de ellos se lanzan al vuelo por ella. La pelea culmina en tierra firme, cuando uno de los felinos se alza triunfalmente con la carne. El otro espera por la siguiente pieza, pues, aunque allá predomina la ley del más fuerte, alcanza para todos.
La lucha contra la obesidad Para ahuyentar las pugnas, los alimentos no se colocan únicamente en un solo punto. “En ocasiones incluso hasta se esconde la comida –dice Freddy– para que las fieras no se acostumbren a que todo se les dé hecho”. Y es que uno de los principales problemas en el zoológico es la falta de ejercicio físico y el estrés por los espacios reducidos. “Por eso, los lunes no se da de comer a ninguno de los animales, para evitar casos de obesidad”.
De ahí, también, la importancia de una dieta equilibrada, teniendo en cuenta que todos los animales –desde los protozoarios hasta los primates– necesitan de la combinación de seis categorías de nutrientes: carbohidratos, agua, grasas, vitaminas, proteínas y minerales.
“Las proteínas son los bloques constructores del cuerpo, los carbohidratos dan volumen al animal, las grasas son la fuente principal de los ácidos esenciales, las vitaminas son necesarias para el proceso de metabolismo, el balance de minerales debe ser el adecuado y el agua es vital, sobre todo en los recién nacidos, que requieren de alimento con un contenido del 71 al 85 por ciento en agua".
La alimentación en cautiverio En el serpentario, serpientes de cascabel, boas y demás familia se deslizan tranquilamente por sus cubículos de cristal. Ni siquiera prestan atención a un puñado de ratoncitos blancos que revolotean a su lado, a pesar de que son su alimento más habitual. Lo que pasa es que sólo comen cada dos o tres semanas, y todavía no les toca.
Aunque depende, pues una cascabel que está en período de gestación, por ejemplo, se alimenta más que el resto. Asimismo, las cascabeles lactantes deben comer cada siete días en vez de cada 15 ó 21. Actualmente, el zoológico se provee de ratones gracias a un convenio con el Instituto Nacional de Laboratorios de Salud (Inlasa), por el que éste les proporciona ese alimento a cambio de burros para elaborar sus sueros antiofídicos.
Todo cuenta. Por eso a la hora de distribuir el alimento se deben tener presentes múltiples factores, desde que el animal esté en su época de hibernación –en la que no suele ingerir sólidos– hasta las características propias del cautiverio.
Y es que es muy diferente la dieta en vida libre a la que puede proporcionarse desde un zoológico.
Por eso, los espacios tan cerrados implican riesgos. "Uno de ellos es la hipervitaminosis. Otro, las fallas o problemas reproductivos, muchas veces debidos al estrés".
Por otro lado, la falta de variedad puede llevar a un desinterés por la comida e incluso a la caída de los dientes si ésta no estimula la masticación. "En este sentido, a los leones se les da músculo, piel, hueso y órganos; y a los osos, en ocasiones, se les ofrece pescado. Asimismo, tenemos una fauna doméstica, compuesta fundamentalmente por llamas, caballos, conejos y ovejas, destinada a variar más la dieta".
Un caso aparte, mientras, son los animales de hábitos nocturnos, como los mapaches o las martuchas, a quienes igualmente se les proporciona el alimento para después, al día siguiente; se hace un control de aquellos insumos que han consumido y los que han despreciado.
Comportamientos peligrosos En la jaula de los monos araña, mientras, se concentran siempre todas las miradas, sobre todo las de los más pequeños, que no suelen dejar pasar la oportunidad para extender la mano y ofrecer a los primates lo que ellos mismos están saboreando, desde un simple dulce hasta helados o pastillas.
"Esto es un problema –advierte Freddy Paredes–, sobre todo los feriados y domingos, días en los que es más difícil realizar un control estricto. Así, los últimos años hemos tenido bastantes decesos por obstrucción debido a cuerpos extraños, como plásticos, además de casos de indigestión y vómitos, claro signo de que los animales han ingerido alimentos fuera de su dieta".
Por esta causa, un león llamado Bizco murió en el 2003 a causa de una astilla de madera. Y más de un mono silbador ha pasado al otro mundo por tragarse una bolsa. Con todo, el índice de mortalidad ha bajado considerablemente.
Cuando los animales se enferman, los síntomas, por lo general, son visibles. "Normalmente –explica Luis Alberto Oña, guardafaunas de 21 años– dejan de comer. Entonces, no queda otra que ponerlo durante un tiempo en cuarentena".
"Los apartamos hasta que se recuperan, y se les hace un control parasitológico y una vitaminización adecuada". Un proceso similar se sigue con los animales donados por los circos, pues llegan al Vesty Pakos desnutridos. Y a los que son capturados en vida salvaje hay que acostumbrarlos al cautiverio. "Primero, se suele realizar alimentación forzada y luego ya comen presas vivas".
Otras enfermedades comunes, entre tanto, son los males que afectan a la piel, producidos por infecciones, hongos y larvas de moscas.
Frutas y verduras de primera En el área de los pecaríes, un coro de gruñidos anuncia que está llegando la comida. Como la mayor parte de los animales, su dieta consiste en frutas y hortalizas. Y hay que tener cuidado con ellos cuando tienen hambre y van en grupo, pues pueden incluso atacar.
"Aunque a su cuidador lo reconocen –apunta Paredes–. Saben muy bien cuál es su olor y a qué hora acostumbra a traerles la comida".
Los tapires, en cambio, son bastante mansos y, al igual que los pecaríes, forman parte de la fauna herbívora o frugívora del zoológico, categorías dentro de las que también encajan venados, ciervos de pantano, jukumaris y tortugas.
No es de extrañar, entonces, que cada año se consuman toneladas de productos traídos desde zonas como Yungas y el Chapare, y que al mes se gasten más de 15.000 bolivianos en frutas de estación, verduras, derivados secos y forrajes.
Las dos señoras encargadas de preparar los alimentos para cada especie son Lourdes Lema y Emilia Losa, quienes acomodan todo lo que traen los proveedores en barreños de diferentes tamaños, según las características del animal.
"Los que menos comen son los loros, pues las cantidades que el cuerpo necesita van, casi siempre, en relación con el peso y el tamaño".
El cuidado y la higiene, por otro lado, son fundamentales. Por eso, los espacios y las jaulas se limpian a diario y el agua también se cambia a primera hora de la mañana.
Un trabajo de todos Nada de esto sería posible, sin embargo, sin un trabajo de grupo, pues el engranaje del Vesty Pakos depende tanto de los 11 guardafaunas, el matarife, los tres veterinarios, el educador y el biólogo como de los encargados de la administración.
En total, son 46 personas que están intentando que el centro ascienda de categoría. "Estamos buscando ser el primer zoológico de Bolivia con certificación internacional, para lo que tenemos que implementar un plan de enriquecimiento ambiental para que los animales mejoren sus condiciones", dice María del Carmen Camacho, directora del Vesty Pakos.
Una de las especies beneficiadas posiblemente sea la de los majestuosos cóndores, cuya actual burbuja de metal resulta insuficiente. Además, los pobres tienen que soportar que nutridas bandadas de alkamaris, aves intrusas, incursionen en sus dominios para devorar las vísceras, su alimento principal.
Pero la naturaleza, dicen, es sabia, y los mismos tramposos alkamaris que se roban la comida ajena son víctimas después de pumas, leones y jaguares, a quienes de vez en cuando les da por recordar sus ya casi olvidados hábitos de caza.
Los visitantes del Vesty Pakos regalan a los animales helados, dulces y pastillas, lo que puede llegarles a causar indigestiones.
Los lunes los animales no comen para evitar los casos de obesidad, muy propios del cautiverio.