El año 2003, la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó de la muerte de tres millones de personas contagiadas del virus de inmunodeficiencia humana (VIH). Las mayores tasas son reportadas en países del continente africano, pero existen nuevos brotes endémicos en Europa del Este, Asia, Centroamérica, siguiendo en este sentido la angustiante relación: sida-pobreza.
En el mundo existen cerca de 40 millones de infectados con el VIH, 95% de los cuales están en plena edad laboral y reproductiva, además de pertenecer al grupo de países empobrecidos y en vías de desarrollo.
En nuestro país la notificación sanitaria se inició a mediados de 1984, estimándose hasta el año en curso alrededor de 5.500 personas infectadas. Pese al esfuerzo de diversas instituciones públicas de salud y ONG, aún persiste un importante subregistro de esta infección como de tantas otras.
Aunque la infección por VIH en un principio se detectó y describió en varones, pronto se hizo evidente que era equivalentemente nociva sin importar el género, tal es así que la relación es: de cada tres varones existe una mujer infectada, lo cual a su vez se relaciona directamente con una elevada posibilidad de transmisión perinatal del virus.
Actualmente un componente crítico de los esfuerzos en la investigación del VIH se ha dirigido a los aspectos ginecológicos y obstétricos específicos como por ejemplo el cáncer de cuello uterino, las inferencias con respecto a la salud fetal, etc.
Las técnicas de detección del virus se han ido mejorando y simplificando y afortunadamente las terapias están en el mismo camino, pese a su insistente elevado costo. La disponibilidad de esos fármacos, por tanto, cambia enormemente la evolución clínica de la enfermedad y ha causado un giro de 365 grados en la comprensión y análisis de los datos epidemiológicos al respecto.
La detección y terapia de las pacientes embarazadas infectadas ha sido quizás la luz más esperanzadora en el control de la epidemia, debido a que la mujer gestante usuaria de medicación en contra del virus reduce al mínimo la posibilidad de transmitir la enfermedad al feto.
Si los números siguen demostrando altas tasas de mujeres en edad reproductiva infectadas, tendríamos que pensar en serio en normar la pesquisa antenatal de rutina de este virus, utilizar las terapias nuevas y proceder a acciones obstétricas específicas para reducir la posibilidad de traer al mundo recién nacidos infectados con el VIH.
*Luis Kushner-Dávalos es ginecólogo obstetra y master en reproducción humana.
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