Los nuevos estatutos de YPFB, dejan la impresión de que fueron redactados a desgano, sin convicción alguna, sólo por cumplir. Los nuevos estatutos de YPFB aprobados hace dos semanas, dejan la impresión de que fueron redactados a desgano, sin convicción alguna, sólo para cumplir con un compromiso burocrático y tranquilizar a un pequeño segmento de la opinión pública compuesto por un par de columnistas y unos pocos patriotas desperdigados por el territorio nacional cuya voz no es audible para los encargados de tomar las decisiones. Los parlamentarios y dirigentes políticos (incluyendo los del MAS) no habrán tenido interés en leerlos pues además de estar muy ocupados en la pelea electoral, nunca han demostrado genuino interés por el buen destino de YPFB.
Los estatutos, refrendados mediante decreto presidencial, están contenidos en un documento raquítico y totalmente convencional. A sus autores parece asistirles la convicción de que, con lo escrito, ya salieron del paso pues YPFB está sin amigos que velen por su resurrección. No se ve en los estatutos la mano de un jurista competente, familiarizado con el moderno derecho corporativo, ni la orientación de un ejecutivo exitoso que esté dispuesto a contribuir con sus contactos internacionales y su experiencia empresarial a forjar un YPFB que esté a tono del mundo actual. Para sobrevivir, la empresa petrolera estatal ha de sobreaguar en medio de las tendencias que prevalecen en este mundo postcapitalista devorado por la angurria del lucro.
De entrada, los estatutos, hablan de “refundar” la empresa, usando un vocablo desprovisto de contenido jurídico puesto que una persona colectiva se funda una sola vez. En el transcurso de su existencia puede reorganizarse, adquirir una nueva estructura, modificar aspectos relacionados con su capital o su objeto social pero nada más. Lo de “refundar” vaya y pase en el referéndum mesista pero no en la carta magna de una empresa comercial.
Lo peor del caso es que el término “refundación” no parece ser tan inocente o inocuo pues tiene consecuencias que trascienden a lo meramente semántico. Ese vocablo transmite el mensaje que el histórico YPFB no existe más y que en su lugar nace otro, con el mismo nombre, pero que sepulta al que le precedió, consolidando y ratificando así las atrocidades cometidas por los capitalizadores vendepatria.
La anterior sospecha se confirma cuando damos un vistazo al título III de los estatutos, llamado “Financiamiento y Patrimonio” (D.S. 28324 de 01.09.05) título que se desglosa en un capítulo único llamado “Recursos Financieros” o sea que, según dichos estatutos, el “refundado” YPFB carece de patrimonio. Empieza de cero. No le quedaron ni los floreros ni las cortinas, ni los tachos de basura de sus otrora numerosos edificios e instalaciones. Pero uno se pregunta, indignado: si la empresa insignia del Estado boliviano fue reducida al denigrante papel de “residual”, ¿Cuáles son, por lo menos, los residuos y dónde se los encuentra? ¿Alguien los ha inventariado? Después del inicuo despojo de sus refinerías, ¿a dónde fueron a parar todos los inmuebles y otros bienes desperdigados a lo largo y ancho del país?
Pero eso no es todo. Entre los recursos financieros “extraordinarios” de YPFB, los dichosos estatutos mencionan “los provenientes de la venta de bienes de su patrimonio”, ¿por qué entonces no los enumeran, los identifican y los hacen figurar en dicho instrumento legal? El Gobierno está en la obligación (señalada por el referéndum vinculante y por la Ley de Hidrocarburos) de incluir en el patrimonio de YPFB las acciones “de los bolivianos” en las tres empresas petroleras capitalizadas, rescatándolas de quienes hoy las detentan ilegalmente. No lo ha hecho.
La reestructuración (jamás “refundación”) de YPFB debe hacérsela sobre bases nuevas, imaginativas y acordes con el desarrollo empresarial del mundo moderno. Es imperativo otorgarle una nueva naturaleza jurídica que la caracterice, simplemente, como “empresa estatal” dejando de lado esa caduca y vacía denominación de “autárquica”. Tampoco es lícito someter a YPFB a “tuición” de un ministerio convirtiéndolo en apéndice de éste. Ello sería volver al pasado ominoso cuando las empresas estatales, en general, se convirtieron en una fuente de prebendalismo político, corrupción administrativa e ineficiencia empresarial.
Un rejuvenecido YPFB debería inspirarse en otros emprendimientos de este tipo que existen en todo el mundo compitiendo de igual a igual, sin privilegios, monopolios ni exclusiones, con el gran capital privado transnacional. Para no ir muy lejos, ¿por qué no seguir el ejemplo de Pdvsa venezolano, Petrobras brasileño o Codelco chileno? Estos entes estatales tienen, o pueden tener, accionistas privados, operar en el extranjero, cotizar sus acciones en la bolsa y, en fin, comportarse como cualquier otra sociedad comercial.
Pero, hablando con realismo, las esperanzas de que esto último suceda son escasas o nulas. El gonismo, que sigue gobernando, asestó una estocada muy a fondo a las entrañas del Estado boliviano.
*José Luis Roca es abogado e historiador. jlrocag@acelerate.com
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