En nuestros países es posible imaginar lo inimaginable, todo apunta a que la naturaleza de los fenómenos y hechos sociales y políticos se expresa por su contrario, me explico mejor: En los países de democracia consolidada, si se convoca a elecciones todas las fuerzas que intervienen por diferentes que sean, aceptan esa instancia política como punto de inflexión donde convergen sus naturales divergencias; siempre hay una salida por el lado de lo bueno.
Nos hemos acostumbrado a encontrar soluciones por el desastre, por el lado oscuro de la política, economía, finanzas, del poder, etc. El síndrome está tan difundido que parece natural que los contrabandistas soliciten legalizar el delito, que los deudores exijan (sic!!) condonación de deudas, que los transportistas públicos se opongan al tren urbano, que los diputados no estén cuando más se los necesita: de alguna manera todo funciona al revés, lo paradójico es que todavía funciona.
Estamos presos de una lógica inversa de naturaleza práctica y teórica y confundimos todos los esquemas. En nombre del progreso y la superación de la pobreza ya no se trabaja, al contrario paralizamos la economía toda vez que exista el más mínimo recurso. Cuando más se necesita la educación como mecanismo de avance, los maestros salen para hacer la revolución abandonando las aulas y sus pupilos (en promedio, cada mes y medio). Cuando más necesitamos de inversión extranjera, nos damos el lujo de expulsar inversores. Si el presidente convoca a elecciones en cumplimiento de un mandato popular nacido del fragor mismo de la sublevación popular, no falta quien pretende escamotearlas, boicotearlas, en suma, suprimir la lógica apropiada de los acontecimientos históricos.
Es cierto que el estado crónico de la protesta es una consecuencia de la exclusión y de las brechas que separan a ricos y pobres, y sería un acto de miopía ignorar que gran parte del descontento se debe a la generalización de la miseria y la concentración de la riqueza en pocas manos, pero no todo es eso. Los mejor acomodados son paladines de los entuertos políticos que terminan saboteando el país. Incluidos y excluidos, dependiendo de la coyuntura, funcionan al revés.
Las luchas no pueden apuntar a la irracionalidad per se. No puede hacerse de la irracionalidad o la mediocridad histórica un método de vida. No se puede protestar ad infinitud si es que no se cuenta con un proyecto alternativo cuya estrategia resulte coherente con lo que se aspira, y además, esa aspiración resulte racional para estos tiempos, no es lógico —por ejemplo— plantearse la postergación de las elecciones generales cuando éstas hacen parte de nervio mismo de la historia reciente. ¿Será posible que el cálculo político se haya degradado tanto que no mida las consecuencias ni siquiera de su propia viabilidad? ¿Será que los actores han perdido la brújula de tal manera que no puedan ver más allá de sus propios intereses?
Es posible que un país se emborrache por efecto de su poder interior, de sus fuerzas profundas, de sus espejismos promisorios, pero de ahí a que se crea que la irracionalidad es un método de vida social y política hay distancias astronómicas.
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