Desde la reforma universitaria entre los años 1918 y 1935, la universidad latinoamericana no ha experimentado cambios sustanciales en el protagonismo científico de beneficio social. Es contradictorio constatar que en un continente donde el estancamiento tiene ribetes crónicos, existe mermadas vocaciones hacia las ciencias exactas y hacia las profesiones técnicas de aplicación inmediata, como también es irrisorio comprobar que la universidad se ha petrificado en un discurso anacrónico y reiterativo desde una fraseología propia del año 1917.
Las universidades deben nacer ante la necesidad de progreso de las naciones, las universidades deben ser centros donde la actualización técnica y los descubrimientos científicos se realicen en un proceso de permanente evaluación y análisis de la realidad social, integrando las variables del desarrollo en la formulación de modelos coherentes de progreso integral, es decir, multidisciplinaria e interdisciplinaria.
El siglo XXI requerirá de la universidad latinoamericana, productividad técnica, exigiendo la muy predicada pero poco practicada eficiencia profesional. Pero, ante todo debemos reconocer que hoy es inadmisible concebir la universidad participante en la sociedad, con el mismo acre papel que desempeñó hace casi cuatro décadas.
Hoy, la universidad debe reconocer que la tecnología es la vía más rápida de socialización y democratización del progreso, y sólo desde ese reconocimiento será posible que la universidad piense la sociedad latinoamericana con la responsabilidad que le compete. Entonces, nos preguntamos: ¿en América Latina se enseña todo lo que debe enseñarse?, ¿todo lo que se enseña es todo lo que debe aprenderse?
Las respuestas a las anteriores preguntas deben nacer de la reflexión metodológica, la necesaria diferenciación entre la transferencia de conocimientos y la transferencia tecnológica, aspectos que suelen ser tratados como sinónimos, confusión que es la consecuencia de una universidad muy inclinada a la modalidad de graduación mediante tesis de grado—las más de las veces elefantes blancos sin oficio ni beneficio inmediato para la sociedad—, en lugar de promover el proyectismo del desarrollo. Ahora bien, es notoria la flaqueza de la cátedra de metodología de la investigación, es decir, la ausencia de una visión moderna acerca de la investigación aplicada y participativa, que tendría como lógica consecuencia un sólido profesionalismo, evitando las increíbles tasas de subempleo y desempleo.
*Marco Antezana es presidente de la Corporación Internacional Idetur.
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