El Conejo Ricky, un niño que nunca creció Una infancia dura le enseñó a perseguir sus sueños. Su personaje nació en el parque Laikacota, saltó a la televisión y cumplió 25 años.
Miguel Vargas Fotos: Jamil Chávez David Guzmán Andrés Rojas
Carmen no se cambiaba por nadie. Iba a cumplir ocho años y sus papás querían hacer realidad su gran sueño: celebrar su fiesta con el Conejo Ricky. Era mayo de 1983 cuando esperaba en la sala a que apareciese el personaje con cola de algodón. Llegaban sus amigos, la música sonaba y los regalos llovían. A ella sólo le importaba tocar esas enormes orejas blancas. De pronto, escuchó que alguien decía que el personaje de la tele había llegado y estaba allí.
La pequeña Carmen no pudo contenerse y corrió hacia uno de los cuartos, que tenía la puerta entreabierta. Con los ojos afilados se acercó y vio que alguien se acomodaba las orejas. La niña se alejó y luego de unos pasos no aguantó más el llanto. Su madre preguntó qué le pasaba. "No sabes", respondió con lágrimas la niña, "¡El Conejo Ricky es humano, mamá!".
Durante los años 80, la única obligación que tenían los pequeños con acceso a la televisión era sentarse a ver al Conejo Ricky, un personaje que con sus canciones y sus juegos llegaba a todo el país. Por eso, la melodía de "Gusanito medidor" aún mueve las fibras íntimas de aquellos que recuerdan a este animador con la cara pintada.
¿Sigue vivo? ¿Es muy viejito? Pocos saben la historia del hijo de la lavandera, el mayor de 10 hermanos que se ganó la vida lustrando zapatos y cuidando autos. Pocos saben que el pasado 20 de octubre cumplió 25 años de vida artística.
Y es que el rostro moreno de Ricardo Antonio Vilela no delata sus 49 años. Y cuando habla, a veces lo hace como el conejo y otras como aquel niño que nunca dejó de ser.
Nació en el seno de una familia humilde. Su madre, Elba Vilela, mantenía sola a su prole y Ricardo se ocupaba de comandarlos. Vivían en Villa Copacabana y, a pesar de una infancia llena de carencias por las que dejó la escuela en quinto grado para vender periódicos y lustrar zapatos, Ricardo no se lamenta. "Nos faltó un padre. Estaba mamá, pero no llenaba el lugar. Mi infancia fue difícil, pero feliz. El niño siempre sale. Es macho para eso".
Heredó el gusto por la música de su padre, Ricardo Monroy Blanco, saxofonista. "Mi madre tuvo una experiencia prematura y a los 15 años ya estaba esperando familia. Esa soledad me formó desde el vientre con ganas de cambiar las cosas. Cuando uno de mis hermanos estaba en el Hospital General, yo lo asistí por casi cuatro meses. Él no tenía remedios para vivir, tenía seis añitos. Ahí vi que la monja no sabía cómo distraer a los chicos y generé ideas para hacerlos jugar".
Un día, Ricardo vio el programa de televisión de Micky Jiménez y se propuso ser conductor de televisión. "Para eso se necesita mucha plata", le dijo la dueña de su casa.
"Mi padre es un gran músico y yo sólo necesitaba una guitarra. Un amigo me la prestó y aún se la debo".
En la escuela era el travieso del curso. "Negrito, no te muevas", le decía su profesora. Ahí conoció a un titiritero, José Ondarza. "Me inspiró. Estudié títeres el 70 y de ahí me metí a la escuela de teatro por cuatro años. Yo quería hacer otra profesión; ser publicista, abogado... pero me quedé de conejo".
El personaje del conejo comenzó a cocinarse cuando consiguió un premio de la iglesia de los mormones como la familia Conejín. "Me quedé con el vestuario porque me gustó y de ahí el Conejo empezó a adquirir sus características".
Con este personaje trabajó en Radio Progreso, Altiplano, Agustín Aspiazu y Nueva América. Ya adoptó el nombre de Conejo Ricky y alternaba al personaje con el abuelo Bigotes. Sin embargo, Tino Lozada le dijo que en el éter sólo podían existir un abuelo y, por ética, Ricardo no volvió a utilizarlo.
Mientras, a uno de sus hermanos lo llevaron al orfanato. Allí vio que en estos centros faltaba recreación, por lo que el Conejo nunca dejó de visitarlos con su guitarra.
El cerro que se hizo parque El Conejo Ricky tuvo al principio orejas pequeñas y un traje confeccionado con bolsas de azúcar. El maquillaje costó tres años en definirse. Hoy, el personaje tiene dos cachetes y dos dientes pintados que salen de la nariz. "No quise distorsionar el rostro, sino crear un maquillaje dentro de él". Empezó con zapatos de payaso y el mameluco, un pantalón tradicional con el que los niños iban a El Prado. "Es un enterizo hasta la rodilla. El diseño de esa tela de Estatex ya no existe. A veces uso una corbatita".
Luego de recorrer calles y cumpleaños con ese simpático disfraz, Ricky realizó un programa en radio llamado "La hora de los chicos".
En 1980, Raúl Salmón de la Barra fue posesionado como alcalde. El también actor invitó a Ricky para que animara el recién construido parque Laikacota. "El mirador era fantasmagórico, un cerro de greda que se convirtió en jardín. Se inauguró el 20 de octubre de 1980".
Con Celso Torrelio Villa de Presidente de la República, el parque recibió al primer kinder visitante: el Bichito de Luz. "Con mis hermanos pasábamos pelota y vendíamos refrescos en el estadio. Un buen día les dije: 'Vamos a entrar de nuevo a la cancha, pero no a pasar pelota, sino como personajes grandes'. Y años más tarde ingresamos con los muñecos y banderas para eventos y campañas". Con el dinero que les dio la Alcaldía confeccionaron 10 trajes. Cuatro de los actores trabajaban ad honorem. Eran el Conejo Ricky, el payaso Tan Ton Tín (Carlos Díaz), el Oso Yogui (su hermano Jorge Vilela), Gato Silvestre (su hermano Marco), Tribilín, la llamita Salivita (creación de Raúl Salmón), Donald, Mickey Mouse y dos chicas hacían de Minnie y Daisy. Se quedaron allá durante año y medio.
En esa época existía el programa del payaso Trapito, un estudiante de la Universidad Católica que trabajaba en el canal 13. "Tris Tras Trece" era el nombre del show. Allí se presentó Ricky con su guitarra. Como el programa no tenía característica, Ricky compuso una tonada y aportó con imágenes jugando en Laikacota. Al principio salía los miércoles, pero después el conejo aparecía todos los días.
Luego, recibió la invitación para presentar su espectáculo en canal 7. "En el 13 me pagaban cinco bolivianos por programa y en canal 7 sólo llegaron a pagarme 0,5. Pero lo único que a mí me importaba era la proyección nacional".
El conejo se enfrentó entonces a monstruos de la televisión como Margarita Arauz, Ciruelito o el abuelito Tino. Pese a todo, se mantuvo en el canal durante ocho años.
"No podía ofrecer enlatados, no tenía CD ni internet. ¡No tenía de dónde piratear nada! Así que debías crear las escenografías y juegos. No había dinero en la televisión. Los que pagaban eran los papás, las escuelas y los centros mineros".
Así nacieron composiciones en las que Vilela reflejó su niñez. "Quisiera aclarar que 'Gusanito medidor', que fue característica del programa durante años, no es mía. La cantaba Miguel Bosé. Las demás hablan de cuando vendía periódicos, lustraba botas, cuidaba autos y pedía limosna. Son 25 canciones".
El ciclo se cerró con el cambio de Gobierno, pero nunca abandonó a los políticos. "Animé el cumpleaños de los 'jaimiños', los nietos de Víctor Paz y de los hijos de Palenque".
Después del canal salió de gira, visitando todos los departamentos, excepto Pando y Beni. "Fueron casi dos años de viaje con 15 personas, al principio, y cuatro al final". Al terminar la gira se dio cuenta de que no le quedaba nada. Y entonces tuvo que comenzar de nuevo.
El hombre detrás del conejo Hoy, luego de 25 años haciendo de Ricky, Ricardo se siente un poco solo y tiene algunos problemas para encauzar nuevamente su carrera.
"Mis hermanos ya son profesionales. Yo sigo trabajando en la animación de cumpleaños y ahora estoy editando un manual con los pasos para hacer una buena fiesta".
Sin duda, la televisión fue el punto más alto de su carrera, aunque aún quiere llegar al cine. Sabe que su tiempo ha pasado, pero no deja que eso desbarate sus sueños.
"En una ocasión estaba con las orejas bajas. Fui a un cumpleaños, el dueño me maltrató y recordé mi niñez. Después, pasé por el estadio. Había un encuentro de bachilleres y vinieron a saludarme. Derramé lágrimas y saqué fuerzas cuando me dijeron que estaban contentos de que estuviese vivo".
Los malos momentos, con todo, le dan fuerzas. "A los 15 años me enteré que mi madre no sabía leer ni escribir, pero salimos adelante". Hoy es lo mismo. "Cuando veo a mis hijos me dan ganas de vivir".
Además, el recuerdo del Conejo Ricky permanece, y la revista el Fanzineroso le dedicó un número. Cuando asomó en la presentación con su guitarra, enfundada en una zanahoria, llenó todo de nostalgia.
"En una ocasión se me acercaron cuatro señoritas. '¿Conejo, te acuerdas de mí?'. Yo me ruboricé y dije que no. Eran modelos. 'Conejo, no te pongas mal, si tú nos has enseñado a mirar las cámaras de frente'. Entonces, recordé a cuatro niñas que venían a 'Tris Tras Trece'". Ese instante deja correr la mirada muy lejos. "Cuando la gente me reconoce con cariño, me digo que valió la pena". Y un silencio largo se acongoja en su garganta, como recordando la frase de la niña que decía: "¡El Conejo Ricky es humano!".