Desde hace una semana que deambulo por la parte tropical de la patria, y me dejan azorado algunos detalles que la hacen tan lejana para un andino, o colla, como lo llaman acá, pero también por algunas cercanías que tienen por lo menos un tinte irónico.
Parece perogrullo, pero si usted hace un recorrido desde Santa Cruz hasta las misiones y luego al volver, llegando a San Ramón tuerce a la derecha y enfila para Trinidad, difícilmente podrá identificar con la imagen que se tiene de Bolivia acá y en el exterior, ese paisaje ubérrimo, espléndidamente verde, atravesado a lo largo de más de 800 km por una carretera asfaltada que está en buen estado y que está flanqueada en su inmensa mayoría por extensas propiedades agropecuarias que se nota están en plena producción.
Lo interesante es que no se trata de una isla de bien estar, estamos hablando de extensiones enormes, casi inimaginables para mentes europeas, estamos hablando de recorridos que pueden durar un día entero, y que son una continuidad de ese romance campestre oriental, vacas, palmeras, riachuelos o lagunillas, y de rato en rato ya sean casas con techos de teja, paredes blancas y columnas de madera, o pauichis amplios, de adobe o de madera, con hermosos techos de jatata.
Me he detenido al azar en un poblado, que por pobre parecía más pintoresco, y he descubierto que tenían agua potable, y luz, claro, alguien dirá, están a lo largo de la carretera, y es verdad, pero la carretera tiene más de mil kilómetros, el pueblo mencionado estaba entre San Ignacio y Concepción.
En las misiones chiquitanas me he topado con hermosas sorpresas, en Santa Ana de la nada apareció un joven que tocó el antiguo órgano, y en San Rafael un muchacho vino con su violín y llenó la iglesia con su talento. En San Javier, los niños de la escuela participan de una orquesta y coro juvenil, y cantaron como en los mejores tiempos de los jesuitas.
Parece ser que las cosas andan bien en Santa Cruz, su historia es una historia de éxito, algo muy ajeno en el Ande, y viajando por estas tierras se entiende por qué una Asamblea Constituyente con reforma agraria bajo la manga sólo puede espantar. Pero he mencionado que también hay similitudes que por lo menos son irónicas, y no quiero acabar esta ligera crónica en tiempos turbulentos sin mencionar el coqueo: jamás he visto tanta gente mascando coca en mi vida, sí, yo chucuta picoverde, y es que en estas llanuras casi no hay un chofer ya sea de bus, de camión o de taxi, aunque éste sea una moto, que no ande con la mejilla abultada, y no son sólo los collas, son también los cambas bien cambas, pareciera ser la venganza del Evo.
*Agustín Echalar es periodista independiente.
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