Hace unos años, hubo un certamen mundial de ensayos con una doble pregunta que me ha perseguido en mis noches sin sueño. La doble pregunta del evento fue: "¿Liberar al futuro del pasado o liberar al pasado del futuro? Esta interrogante que me intrigó por mucho tiempo cobra sentido ahora que Bolivia vive un complejo momento de inflexión. Un pasado que se resiste a morir y un futuro que todavía no amanece. Existe una sobreposición de tiempos y actores, unos buscando detener la rueda de la historia, otros empujándola con desesperación y a veces sin rumbo. Vivimos momentos de profundos cambios o si me permiten una licencia poética, estamos a la merced de los vientos.
Me considero un experto en vientos. Pasé buena aparte de mi infancia en Villazón, conocida también como la ciudad de los vientos, donde se fabrican, clasifican y distribuyen los soplos, brisas, y hálitos al mundo entero. Yvetta Guerasimchuk autora de un trabajo titulado "El Diccionario de los Vientos" llama a este tipo de regiones de Vientogrado. "Son ejemplos de Vientogrado el Valle de los vientos, en el noroeste de la China, la cima del Everest —llamada Reina de los Vientos—, casi toda la Patagonia (el país de las tempestades) el fiordo del Príncipe Christian en Groenlandia, la capital de Namibia, Windhoek (comarca de los vientos)".
Cuando niño, elaboré mi propio diccionario de los vientos. Mi clasificación era primitiva. Huayna Huayra, viento joven, bueno para refrescar las ideas y curar males del alma. Viento adobe, tan lleno de tierra que se sentía en la práctica, el concepto de compacto y acartonado. Viento "Nina Nina", suave pero muy molestoso, ayuda a cambiar de peinado a cada instante. Viento "lleva niños", era el más temido por mi padres, eran tan fuertes que cuando iba a la escuela pública Cornelio Saavedra mis progenitores colocaban pesos en mi mochila y piedras en los bolsillos para no ser arrastrado por los vientos matutinos. Para muchos esto no pasaba de una fantasía, pero yo nunca quise desafiar la superstición sureña. Yvetta aporta de manera magistral con otros tipos de viento. El viento casado, que se produce en el lago Seliguer, que se calma por la noche, viento soltero, que también sopla en el mismo lago, pero que no se calma de noche, sino todo lo contrario.
El Diccionario de los Vientos también nos habla de la Torre de los vientos, construida, en Atenas en el siglo II antes de nuestra era, por Andronikos Kiser en honor de la diosa griega Archegestis, madre de las tempestades. La torre era el refugio de los adoradores de los vientos, conocidos también como los anemófilos. En Villazón venerábamos a los vientos en la estación de tren, que en realidad era el lugar de donde salían los vientos rumbo a diferentes lugares. Del otro lado de la historia, en las catacumbas de Conertitunpatus descubiertas por Platuneki habitan los militantes de la anemofobia, los odiadores del viento.
Las sociedades avanzan o retroceden como resultado del equilibrio o desequilibrio de los vientos. Según Yvetta: "La historia de la humanidad conoce miles de ejemplos de choques entre anemófilos y cronistas (nombre de guerra de la anemofobia)".
En la actualidad en nuestra comarca se libra una más de las batallas entre los amantes del viento y los guerreros de la quietud. Desde el Congreso y otras trincheras, la cofradía de los cronistas que idolatran la tranquilidad, que militan en el status quo, que ven el mundo de acuerdo a la pequeñez de sus ideas, le serruchan el piso al ciclo de la historia. Los Zombis de la política se resisten a morir, tiemblan frente al agua bendita de los votos. Del otro lado del río, los militantes de los vientos, los anemófilos, se arrastran a duras penas para alcanzar la línea del horizonte.
El futuro ha llegado y los militantes del viento debemos perder el miedo ha desplazar definitivamente a la élite política, sindical y empresarial que nos desgobierna desde hace años. Es tiempo de ponérseles al frente y decirles que el tiempo de los sátrapas de la política, de aquellos que piensan desde sus obscuros bolsillos, se ha terminado.
Llegó el momento de pensar en grande, encontrar un norte-visión que nos unifique, que nos permita mirar más allá de nuestros ombligos, regiones y las recetas. No es hora de la gente pequeña y de los guerreros que se alimentan del conflicto y la sangre ajena El país necesita un cambio radical en el disco duro, es la hora de recrear el sistema operativo desde una perspectiva social, cultural, ética, étnica y económica en democracia. Es la hora de reconstruir un nuevo mapa político a través de las elecciones. Es hora de liberar al futuro de su peor pasado y derrotar a los que odian los vientos de cambio.
*Gonzalo Chávez es economista. chavezbol@mpd.ucb.edu.bo
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