Memoria, las imágenes de la Bolivia de ayer El museo Núñez de Arco alberga entre su colección fotos de otras épocas, cámaras antiguas, postales y tarjetas de visita.
Su barba se debate entre los blancos y los negros, como sus fotos. Su mirada es sepia, con un tono acentuado de nostalgia. Su voz es grave y sonora, como la presencia de las imágenes que rescatan la memoria encadenada a las paredes del museo. Su nombre es Javier Núñez de Arco y su museo, un archivo fotográfico histórico ubicado en el número 1615 de El Prado, es una verdadera puerta abierta hacia el pasado.
Allá se dan cita máquinas antiguas, placas de vidrio, carretes fotográficos de los de antes, proyectores, libros, postales y cartas de visita, pero, sobre todo, le otorga un sitial de honor a la memoria.
La Guerra del Chaco, la Guerra del Acre, la Revolución Federal, la Triple Alianza, el auge de la minería, por poner ejemplos, son pasajes de los devenires de Bolivia que han quedado inmortalizados para siempre gracias al esfuerzo de Javier Núñez de Arco; también, el crecimiento de ciudades como La Paz, reflejada en fotos aéreas de 1930; y los retratos de personalidades de la época o de familias bolivianas tradicionales —como la familia Cronembold, en el oriente—.
“Es el resultado de 35 años de trabajo”, confiesa Javier, tiempo que ha dedicado a acumular en cajas de cartón y de madera todo tipo de colecciones fotográficas, primero, y a clasificar lo que había caído entre sus manos, después. Y no es poco. “Sólo postales —confiesa—, tengo ya más de 3.000”.
Todo empezó como suelen comenzar las grandes pasiones: De niño, Javier era un muchacho inquieto que solía acompañar a su padre, Jorge, en sus tareas de anticuario. Así, pronto aprendió que el olvido está lleno de memoria y no tardó en comprender el valor de las fotografías que, a menudo, llegaban misteriosamente a sus manos.
Imágenes: 1870-1930 Arrebatadas del baúl de los recuerdos, como dice la canción, una serie de imágenes tomadas entre 1870 y 1930 compone una de las más importantes colecciones que se albergan en tan singular museo.
Echarles un vistazo es como volver a dar vida a personajes que grabaron su nombre en las almas y corazones de los habitantes de La Paz hace varias décadas. Uno de ellos es el gigante Camacho, quien con su tremenda humanidad logró que se armara toda una leyenda en torno a su figura. Incluso había gente que no creía en su existencia.
Propiedad en su momento del fotógrafo Muñoz Reyes, esta serie de fotografías refleja también hitos de la historia del país, como el primer avión del Lloyd Aéreo Boliviano (LAB) que sobrevoló los cielos grises de Bolivia, el “Oriente”.
Impresionantes son, a su vez, unas tomas que presentan en Potosí a los mineros de Patiño. “Parece que estuvieran en un campo de concentración”, comenta Núñez de Arco ante una imagen en la que decenas de personas desnutridas posan con su capataz en el centro.
Cada fotografía —hoy transformadas en postales— es una sorpresa. Y uno puede encontrarse hasta con una enigmática escena donde varias mujeres encapuchadas lucen una especie de hábito.
Postales y tarjetas de visita Pero si interesantes son ya de por sí estos instantes, no menos lo son las tarjetas de visita y las postales.
Las primeras eran utilizadas, sobre todo, por las clases mineras y hacendadas del país, muy identificadas con la moda y la cultura que venía desde Europa. Se trata de cuidados retratos fotográficos de cinco por nueve centímetros que las élites enviaban a sus amigos y familiares a modo de recuerdo.
Las postales, por su parte, presentan imágenes de todo el mundo, desde los cabarets de Shanghai pasando por los scouts de Baden Powell, mujeres europeas posando desnudas o tomas del ejército argentino, en una colección como no existe actualmente en el país.
“Algunas de ellas pertenecían al presidente de una escuela de esperanto en Bolivia. De éstas, la mayor parte están, como no podía ser de otra forma, escritas en esperanto —idioma que antaño quiso llegar a ser universal—”, comenta Javier.
La parafernalia fotográfica En una de las vitrinas al fondo del museo, entretanto, descansan las cámaras fotográficas. La colección de Núñez de Arco se compone de más de 70, pero no se exhiben todas. Entre sus joyas, hay algunas miniaturas y también una de 1860, amén de otro tipo de aparatos como proyectores y algunos productos Lumiére del año 1880.
Son objetos con un alma de fuelle, metal y madera y, en el caso de las placas fotográficas, vidrio. Es lo que Javier ha denominado su “parafernalia fotográfica”. El museo cuenta, además, con más de 160 libros y publicaciones, manuscritos con sus anotaciones y álbumes.
El tesoro particular de Javier Núñez de Arco, mientras, es la colección completa del ingeniero naval y arqueólogo austriaco Arturo Posnansky, quien dedicó todos sus esfuerzos entre 1897 y 1946 a realzar la importancia del sitio de Tiwanaku e indagar sobre las ruinas.
Fruto de esta dedicación, hoy se conservan en el museo libros y folletos ilustrados sobre el tema, la totalidad de sus negativos y placas de vidrio y películas de ocho milímetros que recogen tanto los restos arqueológicos como la vida y la organización social de diversos grupos altiplánicos como los aymaras, los urus y los chipayas. Lugares como las mentadas ruinas o las islas del Sol y de la Luna tienen también su lugar en la documentación gráfica, entre la que se recoge la presencia de los asistentes al 17º Congreso de Americanistas, que se celebró en el año 1910 en Bolivia.
Precisamente, en una parte importante del museo se exponen en estos momentos estos valiosos testimonios. ¿Hasta cuándo? Seguramente, hasta que Núñez de Arco desempolve otras reliquias para mostrárselas al público. “La próxima gran muestra quiero que sea sobre la Guerra del Chaco”, anuncia.
No hay otra forma de exhibir el tremendo caudal de material, tiene que ser con cuentagotas. Y es que Javier posee trabajos firmados por más de 200 fotógrafos del exterior y de Bolivia, profesionales de la imagen como Helsby, Ward, Talbot, Courret, Chambi y Muñoz Reyes.
Pero todavía hay tiempo, pues el museo no ha hecho más que comenzar a caminar. Y piezas como dos tremendas panorámicas de casi cuatro metros esperan ya su turno.
Y es que el lugar se ha convertido en una gran bodega fotográfica donde está presente desde el corazón de las linternas mágicas —que permiten presenciar imágenes que se animan con el movimiento— hasta un positivo de 1863 elaborado en cuero pasando por publicidades de los hermanos Lumiére y Kodak que invitan a la nostalgia.
Además, uno nunca sabe con qué va a encontrarse en el museo, pues es un universo que está en constante movimiento, así como su mentor, un restaurador de la memoria que supo perseguir su sueño hallándolo finalmente en el olvido de la gente, en una foto de aquí y otra de allá. Por eso será, quizá, que sus barbas de filósofo son en blanco y negro y su mirada sepia.