Escape cuenta cómo nacen los títeres Un muñeco que cuenta su propia vida es fruto de la sacrificada labor del Taller Nacional de Títeres, en el que se explican las claves de este arte.
S eñoras y señores, estimadas y estimados lectores, tengan ustedes muy buenos días! ¡Tomen sus asientos que la función está por comenzar! Quiero contarles una historia, la historia de mi propia vida. ¿Mi nombre? No lo sé aún, pero les aseguro que pronto tendré uno, ojalá que sea Pepito o… ¡Arlequín, mejor Arlequín!
Pero de momento duermo, carezco de toda vida que no sea este dulce sueño. Y es que el títere nace cuando la vida ya cobra un sentido. Y cobra vida sólo cuando nace.
Hoy, sin embargo, estoy aún en pleno proceso de gestación. Mi cabeza va cobrando forma en la esfera de plastoformo. En dos días más me colocarán el cabello y, gracias a las hábiles manos de Giovanna, pronto iniciaré una larga gira por los barrios de la ciudad.
Haremos un gran dúo, sin duda, aunque todo dependerá de Giovanna, pero también de mi estado de ánimo en cada función, claro.
Ya estuve espiando mi vestuario. Luciré un traje de niño agricultor especialmente diseñado para la ocasión. Hablaré con los animales y, al final, me convertiré en un brujito o un mago. Esa es por lo menos la idea de Giovanna, que acaba de salir del colegio y, al mismo tiempo que trabaja para terminarme, se esmera en la construcción de otro muñeco. Se trata de un ladrón de sombreros. Esta entusiasta muchacha sueña, además, con presentar sus obras en los barrios y viajar con decenas de muñecos.
Ya me lo imagino. Actuaremos en un teatrillo de lujo, ante un público maravilloso. No veo la hora de pararme ahí, ante todos, seguro, y saludarlos con un sonoro: ¡Muy buenos días, chicooooos!
Pero no todo son alegrías entre nosotros, los títeres. A veces, me duele que me confundan con una marioneta, esa torpe niña que se maneja con hilos, desde arriba, pues yo me muevo desde abajo, directamente mi dueña me manipula con las manos, sin necesidad de ayudarse con alambres o cables.
Tengo un amigo marioneta que me dijo que se sentía manipulado, como si alguien decidiera por él. Yo intenté consolarlo haciéndole notar que realmente no era así, que él tiene una personalidad deslumbrante y que sus ojos transmiten una fuerza increíble.
En fin, mi amigo se puso un poco mejor y se compró un espejo donde se contempla a diario para mejorar su aspecto, sus poses, su actuación… Tampoco tiene mucho tiempo para deprimirse. Los títeres y las marionetas debemos estar siempre firmes, para brindarnos por completo a nuestro público. Esa es por lo menos la filosofía de nuestros creadores del Taller Nacional de Títeres, dependiente del Viceministe- rio de Cultura, en el que se enseña con éxito cómo dar vida a un “Pinocho” desde hace un buen tiempo.
Un poco de historia Aunque me consideró un ser único en el mundo, sé muy bien que no estoy solo y que mis antepasados han ido copando a lo largo de los años las páginas de la historia.
Así puedo contar que los primeros títeres de occidente surgieron en la antes poderosa Grecia. También se conocieron en Roma y de ahí se reprodujeron por Europa y el resto del mundo. Ya me lo imagino, personajes de tela, de pueblo en pueblo, viviendo esas emocionantes épocas. ¡Qué envidia me da!
Algunos filósofos, incluso, nos mencionan en sus escritos. Platón, por ejemplo, vio los hilos que mueven a ciertos muñecos como las pasiones del hombre, que le jalan a éste en uno u otro sentido.
Y ya desde el 422 a.C. existen referencias escritas a cerca de los teatros de títeres. En la primera obra de que se tiene constancia, Xenofonte narra la visita de un titiritero de Siracusa a la casa del rico ateniense Callias. En la reunión estaba presente el filósofo Sócrates, de quien se dice que a veces empleaba muñecos para exponer sus ideas ante el público.
El primer titiritero conocido por su nombre, según me han contado, fue Photino. De acuerdo a los escritos existentes al respecto, utilizó únicamente grandes títeres de hilo, para que pudieran ser observados a cierta distancia.
Pero los tiempos han cambiado. Hoy, los niños saben de antemano que nosotros, los muñecos, no tenemos vida propia. Son más inquietos, también más avispados y se aburren con los viejos métodos de hacer títeres. Ya no les divierte, pues quizá no es tanta la sorpresa.
Ahora, mi amo, el titiritero, sale de su pequeño teatrillo para dar la cara. Habla con los chicos y les explica cómo se maneja un muñeco. Los introduce así en el mundo mágico que poblamos. Incluso, finalmente, son los propios niños los que terminan manipulándonos, creando vida, armando historias.
Educar y divertir Se puede hacer un títere hasta de una caja de cartón. Depende de la creatividad del titiritero que, antes de ser educador o humorista, tiene que ser artesano. Al menos eso es lo que dice Ariel Vilela, uno de los profesores del taller por el que estoy a punto de cobrar vida.
Y es que no sólo somos útiles para buscar la carcajada o arrancar emociones. En nuestras actuaciones, los títeres igualmente podemos y debemos dar pautas sobre educación ambiental o higiene personal. No todo son risas. Cuando hay que ponerse serios, hay que ponerse serios nomás (je, je,). Se trata de jugar, sí, pero divirtiendo y educando, un método que ayuda a desarrollar la potencialidad del público: Mis niños.
Es fácil crearnos, pero no manipularnos. Y actualmente me he fijado que en el taller los alumnos están trabajando con dos técnicas: La del guante y la de varilla.
Cada muñeco es muy especial. Cuando quieren darnos vida para manipularnos como un guante, lo primero que hacen es rellenar una media nylon con aserrín. Luego, se prepara una masa y más tarde se procede al vaciado, el pintado y el armado. El resultado es uno de nosotros, un títere tradicional, y para movernos basta sólo con tres dedos. El índice se ocupa de la cabeza y el gordo y el mayor hacen lo propio con las dos manos.
La otra técnica, entre tanto, es un poco más complicada. Contempla una varilla para la cabeza y dos más para las manos del títere. Y, en este caso, solemos ser manipulados entre dos titiriteros.
Yo, particularmente, ya tengo ganas de estar listo, de hacer maletas y conocer bien La Paz y sus rincones. Y ojalá también pueda algún día llevar la alegría a un pueblo.
Luego, una vez me hayan armado, mi dueña, Giovanna, pasará a experimentar nuevas emociones en la segunda parte del taller. Debe estar atenta, pues es el momento para aprender a improvisar, educar la voz y convertirse en un experto en dramaturgia, el arte de hacer sentir al otro el drama o la comedia.
Finalmente, Giovanna estará lista ya para emprender su propia obra y armar historias. ¿Seré yo el protagonista? ¿Tratará temas de salud y educación? ¡Quién sabe!
Ser titiritero en La Paz A parte de las técnicas de guante y de varilla, para los titiriteros intrépidos hay otras más complejas.
Una de ellas es conocida como la de marot, y mezcla las varillas con las manos de un manipulador.
La técnica china de bumraku, mientras tanto, consiste en realizar muñecos cuyos miembros —brazos, piernas, caderas y cabeza— son manejados por un mínimo de dos personas. Con ésta, precisamente, el taller de títeres presentará muy pronto su obra "Creación en los Andes" en el Festival de la Cultura de Potosí.
También está la conocida como la de los muppets, en alusión a los celebres muñecos de la televisión que, dicho sea de paso, están a punto de celebrar los 50 años de la rana René. ¡Felicidades compañero!...
A veces, cuando pienso en la rana René me da un poco de envidia. Acá en La Paz no existe una escuela donde se trabaje diariamente con las diferentes técnicas y ramas del títere. Es por eso que los grupos que tienen una larga trayectoria no pueden darse el lujo de trabajar y vivir de manera exclusiva de su arte.
Así, por lo general, los titiriteros desarrollan sus habilidades en fiestas de cumpleaños. Muchos, además, no solamente presentan un espectáculo con muñecos, sino que al mismo tiempo hacen magia y preparan concursos y juegos.
Para toda edad Mientras no salga de gira viviré acá, en el taller del número 379 de la calle Colón, donde los lunes, miércoles y viernes se dictan las clases para los jóvenes aprendices de titiriteros.
Uno de ellos es Freddy Quiñónez, que tiene 13 años y asiste a la escuela Príncipe de Paz. A mí me confesó que los títeres le "permiten hacer volar su imaginación". Y vaya que la tiene, pues acaba de bautizar a uno con un insólito nombre: Hugo Banzer Suárez.
A su lado está mi amiga Melvy Quiñónez, maestra de primaria que se esmera en aprender las técnicas de guante y varilla para aplicarlas en sus clases y complementar la educación de sus alumnos.
Óscar, en cambio, trabaja en una oficina del Estado y está persuadido de que su aprendizaje con los títeres le servirá para atraer de una mejor manera al público, una meta de su institución.
Aprovechando la oportunidad que le brindan los títeres, buscará concienciar a los niños y sensibilizar a los jóvenes y adultos, en procura de tener una comunidad mucho más solidaria. Para ello ideó a Malvadín, un niño malo que en el transcurso de la obra se va transformando en niño bueno.
Pese a su juventud, la mamá de todos nosotros es Claudia Rivera, responsable de los cursos bimestrales del taller, quien destaca la gran capacidad de algunos grupos como Uma Jalsu, Saltimbanquis, Taller del Barrio y Leomar.
Yo, como buen títere soñador, aspiro a actuar en el próximo "Festiñecos", el evento bianual que organiza el taller, pero tendré que esperar hasta el próximo año. ¡Me olvidaba! ¡Hay una oportunidad a la vuelta de la esquina!, pues en noviembre se realizará un encuentro de titiriteros paceños. Pero hoy aún duermo, vivo todavía de mis sueños de actuar ante un gran público.