El periodista boliviano Carlos Decker estuvo con el Premio Nobel portugués en Suecia. Allá, el escritor recibió el título de doctor Honoris Causa y habló de una crisis de ideas.
Carlos Decker-Molina desde Estocolmo para La Razón Fotos: Carlos Decker y AFP
Si tuviese poder, eliminaría del diccionario y de la mente de las gentes la palabra utopía”, comentó el escritor en una con- ferencia sobre democracia y universidad. José Saramago acababa de ser nombrado doctor Honoris Causa por la Universidad de Estocolmo (Suecia) y, después de la entrega de la mención, habló en el aula magna y respondió a varias de las preguntas que tenían los alumnos y los periodistas.
A lo largo de su disertación, el Premio Nobel de Literatura 1998 lamentó que la universidad haya olvidado la tarea principal de educar.
“Hoy sólo se instruye”, dijo, y sugirió que los claustros académicos deben formar ciudadanos en los marcos democráticos. También definió la democracia en términos aristotélicos. “Me cuesta trabajo entender por qué la enseñanza hoy, de un lado y del otro, del lado de quien enseña y del lado de quien aprende, no está cumpliendo lo que debe concebirse coma la misión fundamental de la escuela: formar personas. Más que formar abogados, ingenieros, financistas, economistas, publicistas o todo eso, la gran tarea debería ser formar personas, formar ciudadanos”.
Como su editor comentó que el Premio Nobel no quería hablar de su último trabajo —“La intermitente lámpara de la muerte”—, Escape abordó con el escritor otros de los temas más recurrentes de su obra.
¿Cuál de las utopías, la de Platón o la de Tomás Moro, considera usted que es el paraíso de los incrédulos? La utopía como sinónimo de esperanza. Hay necesidades que deben satisfacerse hoy. Cuando no se puede lograr el objetivo, se dice mañana o pasado o dentro de 10 años culminaremos la meta. Esa necesidad se vuelve una esperanza, una utopía que nunca se cumplirá. ¿Cómo sabemos que la utopía de hoy satisfará las necesidades del mañana? El pleno empleo es un buen ejemplo. Es una necesidad actual. Todos los políticos lo ofrecen para el futuro, promesa que saben que no cumplirán. Así el pleno empleo se convierte en una utopía, pero la utopía no existe, para mí es el paraíso de los ateos.
Un razonamiento bastante recurrente por parte de la izquierda es pensar que el futuro será mejor. ¿Esa utopía habrá sido su error? El mundo nuevo es posible. Es una obviedad, que se puede convertir en nada más que una frase, entonces entrará a la categoría de las utopías. Si un mundo nuevo es posible, ¿a qué estamos esperando? Nosotros somos un presente que alguna vez ha sido futuro, ¿verdad?
¿Piensa que el futuro de las certezas y los paradigmas se terminó? ¿Cómo es que el futuro puede tener más certezas? ¿Eso nos da alguna seguridad a la hora de hacer un juicio? Hagamos un ejercicio mental. Pensemos que el futuro de 1910, por ejemplo, ha sido 1940, es decir el fascismo. Los literatos que a veces dicen: “Ahora nadie me entiende, pero el futuro me hará justicia”. ¿Y cuáles son los motivos para que el futuro les haga esa justicia, cuando puede ocurrir que el futuro tenga motivaciones diferentes? Igual que la necesidad reclamada hoy puede que no lo sea mañana.
¿La democracia tiene futuro? La democracia es casi un cadáver, es un fantasma, porque se cree que está ahí pero no existe. Hoy se discute todo, menos la democracia. Si discutimos el tema, si debatimos la democracia le estaremos devolviendo la vida. Según la definición antigua, democracia es el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, pero, en la democracia actual está ausente precisamente el pueblo.
¿Y qué me dice sobre la izquierda? Las izquierdas están en ruinas. La crisis más grande de todas es la crisis de las ideas. Ideas hay y gente que las expresa. Lo que no hay aún son ideas que reúnan a la gente…
¿La derecha tiene ideas? La derecha no necesita ideas. La consecuencia grave es que la izquierda no puede vivir sin ideas. Y la verdad es que algunas de ellas se agotaron, otras están esperando ser revividas en condiciones distintas.
La globalización está obligando a discutir el tema de la identidad, de la etnia. A veces se advierte un intento de retornar a la tribu. Y usted trata justamente el tema de la identidad en “El Hombre duplicado”. Pero no se trata de la identidad mía o la identidad de un personaje, sino sobre todo. La pregunta para la cual no encontramos nunca una respuesta válida es: ¿quién es el otro? Sin embargo, la respuesta es sencilla: el otro eres tú y yo soy tu otro. ¿Y, si no sabemos quiénes somos, cómo vamos a saber quién es el otro?
Dentro el tema de la identidad, ¿qué opina del asunto de la identidad nacional, del nacionalismo, tan presente en estos tiempos? El nacionalismo es un sentimiento de pertenencia a algo absolutamente legítimo. Excepto cuando mira a los demás como enemigos y cuando convierte ese sentimiento de pertenencia en un arma asesina.
¿Qué recomienda usted leer? “La Metamorfosis”, de Kafka, los ensayos de Montaigne y el “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa.
El perfil
José Saramago nació en Azinhaga (Portugal) en 1922. Antes de responder a la llamada de la literatura trabajó en diversos oficios, desde cerrajero o mecánico hasta editor. En 1947 publicó su primera novela: “Tierra de pecado”. Pese a las críticas estimulantes que recibió, el autor decidió permanecer sin publicar más de 20 años porque, como dice, “quizá no tenía nada que decir”. La celebridad le llegó con la aparición en 1982 de su ya legendaria novela “Memorial del convento”. El trabajo narrativo de José Saramago goza desde entonces de una admiración sin límites. Y en 1998 recibió el Nobel de Literatura.