Surgen como brotes de la tierra, pero desde el agua. Navegan a la deriva y en grupos, con la virginidad de la naturaleza, por el lago Titicaca. Y sólo entre abril y mayo ceden frente a la paciencia de los recolectores para caer luego rendidas ante la obra creadora del artesano. Antes, flotan en plena libertad.
Toneladas y toneladas de totora aparecen de la nada año tras año en el lago sagrado desde hace ya lustros. Ahí estaban siempre, hasta que un día, que nadie se atreve a identificar con precisión, a la gente del lugar le sobrevino la providencial idea de utilizar esta planta para sus construcciones. Desde entonces, desde la historia de “locas” travesías hasta minúsculas artesanías pasan por las manos de las familias bolivianas asentadas en Huatajata, al borde del lago Titicaca, de donde se extrae la fibra vegetal que posibilita el milagro de una resistencia única en el agua.
Lejos de la industrialización y de la máquinas que desde hace decenas de años dominan el mundo, los Limachi y los Esteban —las familias más reconocidas en Bolivia por su tradicional labor con la totora— aún guardan el secreto de la fabricación de complicadas balsas capaces de soportar el embate de los furiosos temporales en viajes, muchas veces, transoceánicos.
El trabajo manual todavía impera en Huatajata, aunque, claro, en la actualidad, las travesías, cada vez más dificultosas, obligan a menudo a completar los montajes de las embarcaciones en otros países.
Y los dos grupos atesoran capacidad y experiencia. Incluso en algunos casos, de la mano de los que han luchado por mantener esta tradición, compartieron gloria con algunos de los trabajos. Esto fue antes de que la proliferación de hijos y la llegada de los nietos les motivara a separarse. Desde entonces, cada familia trabaja por su lado.
Atrás quedan ya tiempos como 1970, cuando Paulino Esteban junto a José, Juan y Demetrio Limachi, los cuatro bolivianos que han cincelado su prestigio en la Isla Suriqui, armaron el imponente Ra II, una embarcación de 12 metros de largo que actualmente se exhibe en el museo Kontiki de Oslo, en Noruega. Con esta balsa, fabricada en Marruecos, se cruzó el océano Atlántico. Y hoy, en el museo de los Limachi, se puede apreciar una increíble réplica de nueve metros.
Ambas familias también fueron responsables de la expedición Tigris, por el océano Índico, en 1977.
Actualmente, separados, tanto unos como otros manejan sus propios museos, distantes entre sí por una distancia que se aproxima a los 200 metros. Y las dos familias se preparan para enfrentar ambiciosos proyectos: los Limachi aspiran a dar la vuelta al mundo con una barca que esperan bautizar como Viracocha III. Los Esteban, por su parte, pretenden construir un hotel flotante todo de totora.
Es un esfuerzo encomiable, y más si se tiene en cuenta que pocos jóvenes de la zona se interesan por la totora, que ha ido desapareciendo de las nuevas embarcaciones, ahora de madera. Ya no es como antes, cuando no había catamaranes, lanchas y batiscafos.
La saga de los Limachi Fermín Limachi comanda los dos proyectos más grandes que se han visto en Huatajata en mucho tiempo. Trabaja sin descanso junto con sus dos tíos y tres de sus hermanas en embarcaciones para las expediciones Abora III y Viracocha III.
La primera será dirigida por el científico alemán Dominique Cörlitz y les llevará dos meses construir la balsa entre ocho personas.
Ya tienen el 50 por ciento de la totora reunida para esta travesía, pero la construcción no comenzará hasta el mes de abril. Luego, la balsa semiarmada será trasladada rumbo a la ciudad de Nueva York.
En otra época Cristóbal Colón y, más recientemente, el noruego Thor Heyerdahl hicieron viajes de Europa o África a América. Con el Abora III, sin embargo, se intentará demostrar la teoría contraria: Que las migraciones humanas y el comercio fueron posibles con viajes en balsa de América a Europa.
Así, se seguirá la siguiente ruta: De Nueva York a las Azores y de allí hasta Pontevedra para terminar al final en el puerto de Cádiz.
La expedición se realizará en un intervalo de cinco meses. Partirá en julio y retornará en noviembre del próximo año, y está prevista una tripulación de nueve personas.
Con el Abora III, por la navegación contra la corriente, los constructores se van a ver obligados a cambiar el sistema empleado habitualmente para las balsas. Esta vez, lo que se cuidará es que la embarcación resista la corriente y los ventarrones con equilibrio. Para ello, se utilizarán muchas urzas —tablones anchos, como horquillas, para estabilizar la balsa— y timones móviles, entre otros detalles.
Según lo previsto, la balsa tendrá 15 metros de largo, 4.50 de ancho y 2.50 de alto, para lo cual se necesitan unas 10 toneladas de totora. Es por eso que en los meses de cosecha emplearán a bastante gente para la rápida extracción de semejantes cantidades de fibra vegetal.
Lo que se espera es superar los logros de anteriores travesías. El Abora I, por ejemplo, no resultó como se esperaba. “Se falló en la técnica”, señala Fermín Limachi. El Abora II, por su parte, cubrió su recorrido, también con Cörlitz, por las aguas del mar Mediterráneo.
Para ello, Fermín encabezará el proyecto. Y será, además, parte de la tripulación del Abora III, que es como se conoce desde la antigüedad al dios Sol en las islas Canarias.
La vuelta al mundo Pero no se queda ahí el trabajo, pues los Limachi también participarán en el proyecto norteamericano Viracocha III, cuya balsa se construirá en Australia entre octubre y noviembre del próximo año.
En esta ocasión, el objetivo es dar la vuelta al mundo y, para ello, se seguirá la siguiente ruta: Australia, Egipto, Miami, canal de Panamá hasta llegar a Isla de Pascua.
De esta manera, la familia Limachi continuará con la empresa iniciada por don José, quien dirigió las construcciones de los Viracocha I (año 2000, en Arica-Chile) y Viracocha II (2002, Viña del Mar).
El Viracocha III tendrá 20 metros de largo, 6 de ancho y 3 de altura, con características similares al Viracocha I: tres cabinas, tres mástiles, tres velas, dos timones y seis urzas para equilibrar el barco.
Una familia con historia Con todo, el Viracocha III no es el primer gran reto de los Limachi.
La primera de las grandes expediciones se produjo en 1970 con el financiamiento del noruego Thor Heyerdahl, quien también fue uno de los promotores de los siguientes proyectos: Kontiki, Ra I y Tigris.
La saga de los Limachi, que se dedica desde hace décadas al trabajo con la totora, se remonta a los abuelos de Fermín, quien, al lado de su padre, participó en la construcción de la balsa para la expedición Abora II durante el año 2002.
Mientras, Demetrio Limachi, tío de Fermín, aprendió a construir balsas y otras artesanías, como cerámica y sombreros, desde los siete años de edad. Demetrio y Juan aún viven en la Isla Suriqui, de donde es oriunda toda la familia.
Pero no todo es cosa de hombres. Las mujeres participan en la cosecha de la totora, en el secado, en el armado de los rollos y, además, se ocupan de los hijos y tejen con lana de oveja, llama y alpaca.
Los Esteban y el turismo Paulino Esteban, uno de los nombres que más prestigio ha dado a los maestros de la totora, tampoco está quieto, y trabaja en estos momentos en el proyecto de una balsa de totora de 35 metros de largo para utilizarla en paseos por las aguas del lago Titicaca. Su hijo, Fermín, dice que la embarcación estará concluida hasta fin de año.
Los Esteban, como los Limachi, trabajan a modo de clan, y ya tienen en su haber más de una veintena de viajes por todo el mundo, siempre en balsas de totora con alguna clase de objetivo científico.
Una de las travesías más importantes de las que han formado parte fue la de la barca Uru (1988, Lima), desde el Puerto del Callao hasta la isla de Taití, en la que se navegó durante más de cinco meses.
En 1990, Paulino y dos de sus hijos viajaron a Dinamarca para construir dos balsas encargadas por un museo. Luego, hicieron varias embarcaciones más y en 1996 comandaron la expedición Mata Rangi I, desde Isla de Pascua hasta un lugar cerca de Australia, “donde la embarcación se partió en dos por la mala calidad de la totora, que había sido recolectada en las cercanías de unos volcanes chilenos”, relata con cierta pena Fermín.
Después, vino la Mata Rangi II (1999, Arica), que cruzó el Pacífico hasta llegar a la Isla Marquesa. Y hasta el momento no se ha construido una balsa de totora más grande que ésta, cuyo peso era de 80 toneladas y medía 30 metros de largo por 7 de ancho y 4,20 de altura.
En el 2000, con Fermín ya como jefe del grupo y uno de sus hijos —de tan sólo 11 años— en la tripulación, partió la Mata Rangui III de Barcelona rumbo a Marruecos.
Un hotel flotante en proyecto Con todo, lo que ahora preocupa a Fermín Esteban es el hotel flotante, para lo que se trabajará en una inmensa balsa con dos pisos de altura, dos motores fuera borda, velas —para dar la oportunidad de pescar cuando el tiempo acompañe— y una estructura interna mixta que combinará la totora con la madera.
La embarcación contará con 22 habitaciones, un restaurante pensado para 95 personas, una sala de proyección de videos, paneles solares y un curioso baño ecológico para no contaminar el lago sagrado.
Pero la tarea no es fácil, pues se necesitarán 34 toneladas de totora para armar la estructura de la balsa, al margen del resto de materiales.
El costo del proyecto está calculado en 145.000 dólares y se está trabajando ya en los contactos para conseguir semejante monto en el exterior. Caso de concretarse, el hotel sería único en todo el mundo.
Mientras tanto, con el aventurero español Quitín Muñoz, quien ha participado en varias de las expediciones de los Esteban, construirán una balsa en Japón a mediados del próximo año. En esta ocasión, se navegará con rumbo a Australia.
La travesía sera un nuevo capítulo de los sueños de totora que escriben estos hombres de totora del lago Titicaca jornada a jornada.