Se ha anunciado que la minería constituye el tercer pilar de la economía nacional, con perspectivas de exportar en el presente año unos 300 millones de dólares y con visos a incrementar dicho monto en el futuro inmediato, con la puesta en marcha de dos grandes proyectos, el de San Cristóbal y San Bartolomé, los cuales se espera que entren en operación a fines de 1907.
Después de una fuerte crisis ocurrida hace veinte años a causa de una abrupta baja de los precios del estaño, hay grandes esperanzas que la minería nacional repunte notablemente en los próximos años. Se podría decir que Bolivia nuevamente sería un importante país minero del continente americano, como lo fue desde las épocas de la conquista española.
Sabemos que fue la riqueza minera, sobre todo de la plata producida en Potosí, la que pobló y dio prosperidad al territorio del Alto Perú, hoy Bolivia. Desde que el indio yanacona Diego Huallpa descubrió en 1545, la gran veta en el cerro Sumac Orco, se inició una extraordinaria migración de españoles e indios desde el Bajo al Alto Perú. Ello dio lugar a la creación de la Audiencia de Charcas y a las fundaciones de nuestras principales ciudades. Una de ellas, la Villa Imperial de Potosí, llegó a constituirse a principios del siglo XVII, en la ciudad más poblada de todo el imperio español.
Cuando se instituyó Bolivia como Estado autónomo, lamentablemente su producción minera había descendido considerablemente, tanto por la decadencia de las vetas de Potosí como por la Guerra de la Independencia. Así, durante los primeros cincuenta años de vida independiente, mientras las otras repúblicas sudamericanas prosperaban y se poblaban, Bolivia vivía estancada, sin poder explotar sus dormidas riquezas. Sólo en el decenio del setenta, el empuje de nuestros mineros del sur levantó la gran empresa de Huanchaca, cuna de nuestra segunda época minera que se extendió hasta finales del siglo XIX.
En el siglo XX hubo un vuelco en la producción minera: la plata fue sustituida por el estaño, mineral que se convirtió en la base de la economía nacional por el espacio de unos ochenta años. No sólo eso, sino que pudo financiar hasta una guerra internacional, la del Chaco. Pero fue precisamente la Guerra del Chaco el acontecimiento que provocó un resentimiento nacional frente a la riqueza estañífera. Los ex combatientes se preocuparon mediante la literatura y la propaganda política de concienciar al país acerca de los sufrimientos que acarreaba la explotación minera y llegaron a calificar al estaño como el metal del diablo.
La fobia que el pueblo boliviano tenía a los “socavones de angustia” llegó al extremo de que mucha gente pensase que el país debía terminar con la industria del estaño y dedicarse a desarrollar otras, sobre todo las agrícolas. En otras palabras, se llegó al absurdo de desear matar una riqueza para crear otras.
La verdad es que en la segunda mitad del siglo XX nuestro país se esmeró en derrumbar el sector minero, primeramente con la nacionalización de las minas, luego con la creación de Comibol, ese gran elefante blanco y centro de corrupción, y por último, con la entrega de esas riquezas a trabajadores cooperativistas que no poseen ni capital ni tecnología.
¿Cómo es posible que mientras nuestros vecinos como Chile y Perú se esmeran en impulsar la minería, columna vertebral de sus economías, nuestro país la haya abandonado, permitiendo con ello que las regiones mineras más ricas, como son Potosí y Oruro, ahora padezcan desolación y miseria?
Mientras continúen las minas en posesión, ya sea de miserables cooperativistas o de políticos aprovechadores, el país no podrá surgir del marasmo económico en que se encuentra. Por lo tanto, es fundamental que se supere la desconfianza al inversor foráneo y se comprenda que sólo con su apoyo económico y técnico se puede levantar la minería y dar paso a una verdadera revolución económica en el país. Bolivia puede y debe constituirse en lo que fue antaño, una de las principales regiones mineras del continente americano.
*Ramiro Prudencio Lizón es escritor y diplomático.
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