Es evidente que los bolivianos no podemos permanecer ausentes o indiferentes ante la anómala situación que se ha creado en la zona fronteriza marítima entre Perú y Chile. Todo lo que se arrastra desde la Guerra del Pacífico interesa a Bolivia, porque fue, con ventaja, la parte más maltratada en ese conflicto bélico. Finalmente, aunque los rigores de la campaña los sufrió con mucha mayor violencia el Perú, llegó un momento —el Tratado de Lima de 1929— en el que, negociando hábilmente con Chile, recuperó una parte de su territorio perdido en la guerra. Bolivia, sin embargo, sin ningún miramiento de parte de Chile, se quedó enclaustrada, privada de su extensa y rica costa, hasta el día de hoy.
El Tratado de 1929, tuvo, además, un componente sibilino en contra de Bolivia y fue aquella cláusula secreta mediante la que Chile y Perú acordaban, solidariamente, encerrar a Bolivia sin dejarle opción alguna. Aquello de que Chile puso el candado a los bolivianos y que Perú se guardó la llave, es la expresión más gráfica y certera de lo que aconteció. La cláusula fue impuesta por el canciller chileno Conrado Ríos Gallardo, sin mucho ánimo de parte de Perú, y ahora Chile está atado a ese compromiso del que Perú es el más aprovechado. Son las consecuencias de una diplomacia desmedida, cuando al adversario vencido se lo quiere aniquilar sin consideración alguna.
Ahora bien, a los bolivianos esto del conflicto que se ha presentado entre peruanos y chilenos ha sorprendido. Y ha sorprendido porque no se tenía un conocimiento cabal de lo que eran los acuerdos de 1952 y 1954, referente a lo que Chile entendía como el ancho en su do-
minio en materia de aguas jurisdiccionales en su extremo norte y Perú lo entiende hoy nada más que como un área de pesca, donde la soberanía no cuenta. Esto, medio siglo después de los acuerdos, parece, cuando menos insólito. Que durante más de cincuenta años uno ni otro país hubieran dejado las cosas en claro no parece racional.
Y los bolivianos estamos doblemente sorprendidos porque ese mar vecinal que ahora litigan Chile y Perú, era pieza central de las negociaciones que los presidentes Banzer y Pinochet iniciaron en Charaña en 1975. Como dice el diario La Razón de La Paz, en su edición del jueves último, "no se debe olvidar… que parte de esas aguas ahora en disputa iban a concederse a Bolivia, y se suponía que se trataba de un mar saneado, sin conflictos de soberanía. Así lo entendió Bolivia, por lo menos, cuando se realizó la consulta chilena al Perú en diciembre de 1975. Perú, en su respuesta, no mencionó ninguna objeción sobre la costa y el mar territorial que le correspondería a Bolivia, aunque sí incorporaba su presencia en Arica, lo que Chile no aceptó. ¿Qué hubiera sucedido si las negociaciones iniciadas en Charaña llegaban a buen fin? ¿Este asunto tan engorroso habría involucrado también a Bolivia?".
Bolivia, excluida intencionalmente desde hace 75 años de todo lo que atañe a las provincias de Tacna y Arica a raíz del ya mencionado Tratado de Lima, sólo debe obrar con cautela y prudencia y no puede hacer nada más que no sea interponer sus buenos oficios —si se los requiere— para que la tensión en la zona baje y el pleito se solucione amistosamente. Aunque el asunto no es sencillo y el conflicto puede tender a agravarse porque el tema ahora está en manos del Congreso peruano que se apresta a aprobar una ley sobre su dominio marítimo, lo que probablemente Chile va a rechazar, calificándolo de unilateral.
Como las discusiones entre ambas cancillerías no han prosperado, se ha anunciado que Chile llevaría su demanda al seno de la Organización de Estados Americanos (OEA). Es decir que la batalla diplomática se entablaría ahí. Salvo que Perú (con el mismo argumento que Chile exhibe con Bolivia) exprese que la OEA no es el foro indicado para tratar este tipo de problemas que son de carácter netamente bilateral. Todo está por verse en los próximos días y desde La Paz estaremos atentos a lo que acontezca. De La Tercera de Santiago de Chile.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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