Tajzara, tejidos con un mensaje de esperanza En lo que llaman altiplano tarijeño, 11 unidades de producción tejen prendas de gran calidad desde hace 19 años. La actividad es una alternativa para frenar la emigración de los jóvenes a las ciudades.
Así como el hilo entre los dedos, el paisaje se retuerce en los remolinos de viento de Tajzara. El altiplano tarijeño se resiste a los galanteos del sol y con su abrazo disuelve cualquier asomo de calor. Envuelta en una nube de polvo, aparece Calixta Díaz Márquez. Con 38 años en las trenzas, lleva un sombrero muy coqueto con una flor, una manta enredada en su espalda, una pollera plisada y un buzo deportivo, pues el frío no alienta a mostrar las piernas. Muy concentrada, saca de su bolsa un huso y comienza a hilar su historia.
140 kilómetros descienden al sur desde la ciudad de Tarija para descubrir la zona de Tajzara, en la provincia Avilés. Allí, las bajas temperaturas echan por tierra la idea de que el departamento sólo respira valles y chacos. Y, aunque el clima se ha ensañado con la región, provocando la migración de sus habitantes, hace 19 años nació una alternativa para sus pobladores.
Con 29 años rondando por las tierras de Tajzara, Octavio Galeán Díaz recorre la zona ubicada a 6.663 metros de altura sobre el nivel del mar. En 1986 vio nacer la Asociación de Artesanos y Artesanas de Tajzara (AAAT), que hoy cuenta con 11 unidades productivas distribuidas en toda la región congregando a 160 socios. El 70 por ciento de éstos son mujeres.
La iniciativa surgió como una alternativa a la migración de los jóvenes, capacitando a la gente para reforzar el arte del telar que les habían transmitido sus antepasados.
“Son ocho años de trabajo en artesanía. Hemos comenzado con una ONG y después la asociación se ha separado”, sintetiza Octavio.
“Empezamos con la cría de la oveja y luego hacemos la esquila. De ahí clasificamos la lana según la calidad, seguimos con el escarmenado —para sacar los residuos de la lana— y luego viene el madejado. Obtenida la lana, se hace el teñido con colorantes naturales de la zona”. Para lograr las tonalidades rosa, lila o roja se utiliza un parásito de la tuna; la raíz de la querosilla sirve para afinar el color, mientras que la sal, el limón y un barro típico de la región se usan para fijar el mismo.
“Del teñido hacemos el ovillado y de ahí el urdido”. La urdimbre es el conjunto de hilos paralelos que van dispuestos a lo largo del telar, que luego del ensarte de la illagua se podrá peinar para tejer la trama.
Terminada de tejer, la prenda se saca del telar y se realiza el mallado, que consiste en anudar cada seis hilos sobrantes en los costados de la prenda. Los flecos se igualan.
La siguiente etapa es el acopio de prendas a cargo del presidente de la unidad productiva, y luego del control de calidad, en el que se revisa cada una de las características de la pieza, se llevan los productos hasta la central, en la comunidad de Copacabana, y de ahí a la oficina de ventas en Tarija.
El producto final se distribuye a nivel nacional y, por el momento, se exporta a Francia y Argentina.
La vida del artesano El frío chicotea en Papachacra Frontera. En el interior del taller, ocho máquinas de tejer acompañan a Calixta Díaz Márquez, quien sentada en el suelo concluye el mallado de una prenda. Todos se han ido a una fiesta cercana.
“Somos unos 30 socios. Hacemos grupos para trabajar y tenemos días (concretos) para tejer. Poseemos ovejas y llamas. En el campo sembramos papa y haba y no hay electricidad, aunque algunas personas usan paneles solares”.
Calixta tiene seis hijos desparramados por Argentina, Bermejo y la escuela de la zona, donde los pequeños cursan hasta sexto grado. Después, deben estudiar más lejos.
En el taller, los artesanos se ocupan sólo del tejido y mallado. El lavado, planchado, igualado de flecos y la puesta de la marca se hacen en Tarija. Cada prenda tiene su número y está registrada. Así se sabe qué prenda se ha vendido y el dinero se puede enviar al artesano.
Lázaro Copa Rodríguez tiene 51 años y es de la comunidad de Rosario. Allí vive junto a otras 130 personas. “Nosotros nos dedicamos a la artesanía y a la agricultura”. A pesar de que el frío les castiga durante todo el año, el verano se porta a veces más generoso. “La ganadería nos da dinero por la lana”, explica mientras teje un penadillo, el barracán para los argentinos. Se trata de una extensa tela sin teñir para confeccionar las prendas.
En Rosario tampoco hay electricidad y cuentan con una tubería de agua que no funciona. Por eso, sacan el líquido de los pozos con bombas manuales o lo reciben de las quebradas en los ríos. En la escuela se cursa hasta quinto grado.
“La gente migra por la falta de trabajo, las condiciones no son adecuadas para vivir. Tengo seis hijos. Ellos están por Tarija y Argentina. Mi esposa vive aquí. Solitos estamos. Mi señora hila y cuida las ovejas. Tenemos 100. De ahí sacamos la lana. Tejer es nuestra profesión”.
Lázaro espera que haya más fuentes de trabajo para quedarse con toda la familia. “Nos extrañamos, rara vez podemos comunicarnos. Yo iba antes a Argentina, pero no me gustó allá, era un trabajo muy estricto y mucho nos perseguían. Ahora ya es diferente”.
La familia de Lázaro no se ha reunido desde hace dos años. “Cuando vuelven —explica— suelen hacerlo para Carnaval, y para mí es una gran emoción. Hay papa, gallinas y compartimos todo”.
Menos esperanzado se ve Evangelisto Espinoza Díaz. Con 31 años de vida, lleva dos trabajando como artesano. “Tengo una familia de cuatro personas. Yo trabajaba en Santa Cruz, en la zafra, pero hace cuatro años que no voy, he dejado ese trabajo. La distancia es larga y la falta de papeles tampoco nos deja salir. Ahora estoy aquí”.
Lo que más le duele es que la gente se vaya y nunca regrese, pero no los juzga. “Espero que mis hijos puedan vivir tranquilos aquí. Pero únicamente cuando existe trabajo se puede mantener una familia”.
Su compañero Hilario Espinoza lleva como cinco años trabajando con la lana. “Ocupo un cargo en la comunidad de Rosario, en control de calidad, veo que no salgan mal las telas. Nos fijamos que en las puntas no se salgan los hilos o arreglamos el mallado. Así tenemos la prenda mejorada. Tiene que ser suave. Se clasifica también en tamaños, por el ancho y los colores”. Los productos de tercera calidad, mientras, como no pueden teñirse, se utilizan para venta particular.
Las mujeres tienen gran participación. Victoria Condori, de 32 años, por ejemplo, teje, cultiva y, además, cuida de toda su familia.
En el patio de la escuela, entre tanto, corretean chicos abrigados de pies a cabeza. Y las niñas suelen vestir buzo debajo de las polleras.
El profesor Ramón Alarcón (45) observa a sus pupilos. Es de la comunidad de Camacho, provincia Arze y vela por 23 alumnos. “Sólo cuando hay posibilidad de salir pueden seguir cursos superiores”.
Cinco kilómetros de camino llevan a los dominios de Leucadio Copa, presidente de la unidad productiva de Yuticancha. Allí trabajan 30 familias asociadas con 10 telares. Con características similares a las otras comunidades, en Yuticancha la agricultura se limita casi siempre al consumo familiar.
“La gente regresa para Carnaval. Migra en mayo y regresa el mes de noviembre o para el Año Nuevo”.
En Yuticancha está también Seferino Copa (42), capacitador de cuatro unidades productivas. “Esta es una zona próspera de ganado ovino. Hemos recibido este trabajo de los abuelos, ellos siempre sabían de tejidos. Nosotros como nativos hemos seguido. Ya existía tejido de lana de oveja, pero ahora igualmente producimos de llama y alpaca”.
Feliciana Colque Armella está en plena cancha de fútbol de la comunidad de Viscarra hilando en un huso tradicional. Tiene 55 años y es una de los 18 artesanos de la región. “Somos más mujeres, no hay muchos hombres. Yo soy nueva y no sabía tejer. He aprendido gracias a un técnico que nos ha enseñado y yo soy la única artesana de mi familia”.
Plácido Coque Galián es, por su parte, el presidente de la Unidad Productiva de la comunidad de Pujzara. “Somos como 20 personas que trabajamos. Tenemos siete máquinas funcionando, aunque algunas están mal. Estoy en estas tareas desde que se ha fundado. Yo tejo desde que aprendí a caminar, en el telar tradicional. Me enseñó mi padre. Hoy en día tenemos lanas mejoradas. Antes las usábamos como salían de la oveja, pero ahora apartamos los residuos de la lana. Con la capacitación ya sabemos qué parte se tiñe mejor”. Además, la comunidad está de suerte, pues acaba de adquirir un equipo para hacer la instalación eléctrica.
En el último punto del proceso, mientras, está Petrona Díaz. Con 35 años se encarga de atender la tienda de Tajzara en la ciudad de Tarija, en la calle general Trigo 1069. Mantas, ponchos, chalinas, ruanas, cubrecamas, monederos, individuales y una serie de productos más se ofrecen a la venta. “Nosotros trabajamos desde la oveja y hacemos prendas de mucha calidad”, sostiene Petrona, cuya sonrisa se eleva hasta el mostrador. “Y ojalá así nuestra gente se quede aquí”, añade con gran esperanza.
Los artesanos de las comunidades clasifican los distintos tipos de lana según las cualidades que tiene cada vellón.