Las enormes dificultades enfrentadas por el Congreso Nacional para la redistribución de escaños parlamentarios en vistas a las próximas elecciones, lo que obligó al Poder Ejecutivo a promulgar un decreto supremo para salir del conflicto, muestran a un Congreso Nacional que viene atravesando uno de sus peores momentos.
Esta crisis se viene ahondando desde hace varios años. Y pese a que luego de las elecciones generales del 2002 muchos ciudadanos se regocijaron por el carácter multiétnico del nuevo Congreso Nacional, no han cesado las críticas y el desprestigio de esta institución que paradójicamente es una de las más importantes de la democracia boliviana.
Y una de las principales falencias del actual Congreso Nacional es la progresiva pérdida de representatividad y legitimidad frente al ciudadano boliviano. Ello conlleva una pérdida de autoridad en el ejercicio legislativo. De esta forma, el Congreso Nacional queda a merced de fuerzas externas y de grupos de poder que hacen inviable toda tarea de pensar en el interés nacional.
Quizá la vigencia durante dos décadas de la “democracia pactada” le ha hecho un flaco favor al Congreso subordinándolo al Poder Ejecutivo en la elaboración de políticas de Estado y de transformación social. A esta pérdida de función social habría que añadir los acontecimientos de octubre del 2003 que encuentran a un Congreso Nacional contemplando el cambio sustancial en el Poder Ejecutivo, pero sin asumir una seria autocrítica de su labor y de la gravedad de su propio desprestigio.
En muchos casos, el Congreso nacional actúa también al calor de las movilizaciones sociales y opera transformaciones cuando la presión social se hace insoportable y pone en riesgo el propio país. La institución que debería canalizar las demandas ciudadanas se convierte así en un gueto de intereses político-partidarios, que no expresan el sentir ciudadano.
Estas últimas semanas el ciudadano es nuevamente testigo de la subordinación del Poder Legislativo al interés regional y a los comités cívicos de las distintas capitales departamentales. Los “Representantes Nacionales” de pronto se convirtieron en “representantes departamentales”, parapetados en sus propios intereses regionales.
Resulta ya muy profunda la crisis en la que está inmerso el Congreso Nacional. Si a ello añadimos las elevadas dietas de sus miembros titulares y suplentes, el poco trabajo en el hemiciclo, los casos de corrupción, y otros más, estamos delante de la imperiosa ne-
cesidad de una radical transformación de esta instancia democrática que hará desaparecer una vieja estructura para construir una nueva, más adaptada a la realidad boliviana, y a las demandas ciudadanas en democracia.
*René Cardozo es sacerdote jesuita. Diplomado del Instituto de Estudios Políticos de París.
Interrogante
Es casi segura la posibilidad de que nadie obtenga la mayoría absoluta en las elecciones presidenciales.
Democracia en coma
Uno no puede menos que esbozar una suspicaz sonrisa cuando escucha el jactancioso verbo del ciudadano latinoamericano a propósito de los sistemas democráticos vigentes en el “continente de la esperanza”.
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Elecciones en diciembre, incluyendo la redistribución