Los expertos escriben la prehistoria del país gracias a los restos de animales hallados en distintos yacimientos. Destacan los de los roedores más antiguos de toda la región.
Javier Badani • Fotos: Jamil Chávez
Un diente. Fue a partir de esa minúscula pieza fósil —hallada en la década de los 60 en la localidad de Salla, a unos 80 kilómetros de La Paz— que la historia de la fauna del continente americano tuvo que ser reescrita. De tan sólo unos milímetros de tamaño, la morfología de la pieza dental permitió a los científicos reconstruir la anatomía de un curioso roedor, que es considerado desde entonces como el más antiguo de esta región.
Antiguo es un decir, ya que el cabiomorfo deambuló por estas tierras hace 27 millones de años. Hoy, su resto fósil, junto a un grupo de piezas de otras tres grandes familias de roedores prehistóricos, es inevitablemente estudiado por los investigadores internacionales que visitan la Unidad de Paleontología del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN), en La Paz.
"Debería estar almacenado en una bóveda de seguridad", masculla con ironía el paleontólogo boliviano Rubén Andrade. Mientras, con un sumo cuidado, deposita el diminuto diente en una caja de plástico y luego en otra de cartón.
Más atareado aún, Bernardino Mamani, responsable de la unidad paleontológica del museo, manipula como el más preciado de los tesoros otro minúsculo resto óseo, que intenta unir con otras piezas, en lo que parece un gran rompecabezas.
Su desafío no es menor: reconstruir parte de la anatomía de uno de los mamíferos prehistóricos más fascinantes, el Megatherium.
El animal, que caminó hace unos cinco millones de años por lo que hoy es el departamento de Tarija, es considerado uno de los mamíferos más grandes que han pisado la tierra, ya que superaba los cuatro metros de altura cuando se paraba sobre las dos patas traseras.
Vivir para alimentarse era más que un simple enunciado para el Megatherium, especie que llegó a superar las cinco toneladas de peso. La lentitud característica de este animal, que se extinguió hace cerca de 10.000 años, es hoy imitada por su descendiente más cercano en la evolución: el perezoso.
Un paraíso de fósiles Además de poseer el yacimiento de huellas de dinosaurios del período Cretácico más grande del mundo —en las canteras de Cal Orcko, en Sucre—, Bolivia es considerado por los investigadores del mundo como un paraíso paleontológico, debido a la cantidad de yacimientos de restos fósiles que narran la historia de la evolución de la fauna mamífera del mundo.
Sólo en Salla, hay registradas ya más de 40 especies prehistóricas.
A pesar de que, aproximadamente, sólo un 10% de esa riqueza ha sido investigada, los trabajos realizados por científicos nacionales y extranjeros en los distintos yacimientos fósiles del país han permitido brindar más luces sobre la fecunda fauna —hoy extinta— y a cerca de la naturaleza de la prehistoria.
La unidad de paleontología del MNHN cuenta en su colección de fósiles con joyas de especies mamíferas prehistóricas americanas halladas en territorio nacional, como la Branisella boliviana, el primate más antiguo conocido en Sudamérica, que habitó la región hace unos 27 millones de años.
Pariente lejano del actual mono martín, esta familia de pequeños primates tuvo el privilegio de presenciar el nacimiento del Illimani y su especie fue testigo de la formación, entre otros, de las cadenas montañosas de la cordillera de los Andes, ejemplifica Mamani.
Los restos de la mandíbula y una parte del maxilar de un Branisella boliviana fueron hallados en Salla y dan evidencia de que el clima y la vegetación en el occidente boliviano eran mucho más benignos en aquella era para el desarrollo y supervivencia de las especies.
Prueba de ello es la presencia en el altiplano de restos fósiles marinos, como la del Pucampampelia savedray, uno de los tiburones más antiguos del mundo, que fue hallado en la localidad de Belén, en el camino que une La Paz y Oruro. Los restos tienen 350 millones de años.
Entre los mamíferos que también se desarrollaron en la región está el Traquiterus espegazinianus —muy parecido a las liebres que habitan en el presente la pampa argentina—, que se desarrolló como hace unos 20 millones de años.
Con un clima subtropical, el veloz animal recorría libremente por lo que entonces eran las sabanas arboladas y gramíneas de la actual altiplanicie boliviana, que contaba con infinidad de recursos hídricos.
Claro, su velocidad no le servía de mucho ante la presencia de una de las aves carnívoras más hambrientas en la época del Oligoceno, pero que aún no cuenta con un nombre científico. Más grande que el actual ñandú, el ave corredora, de unos dos metros de altura, poseía un filoso y prolongado pico con el cual despedazaba sin piedad a su presa.
Y la lista de sorprendentes animales que dominaron los parajes del país hace millones de años se enriquece con el Glyptodonte, conocido acorazado de la prehistoria.
Símbolo de lo que fuera la mega fauna sudamericana, el Glyptodonte tenía su cuerpo —de alrededor de una tonelada de peso— cubierto por un gigante caparazón rígido formado por placas óseas de origen dérmico, que le servía como una defensa ante los ataques de los predadores. Su cola era igualmente sorprendente, explica Andrade, mientras sostiene con dificultad una parte de un caparazón, de unas canteras de Cochabamba.
De gran tamaño y con pequeñas cicatrices, en las que quizás se hallaban espinas córneas, el rabo del animal debe haber sido un arma formidable, concluye el paleontólogo. A pesar de su parecido con los quirquinchos y los tatús, el acorazado, extinguido hace 10.000 años, se separa de ambos animales con más de 50 millones de años.
Más impresionante aún debió ser la presencia del Macrauchenia (cuello largo), uno de los mamíferos más altos de la prehistoria. Digno representante de una película de ciencia ficción, sus alargadas patas y pies ungulados dejaron su huella en las entonces inmensas extensiones pantanosas de Potosí.
La especie, que desapareció hace menos de un millón de años y que tenía un tamaño comparable al de un camello y un parecido con la llama actual, contaba con una trompa para atrapar los vegetales.
Su abundante carne, por otra parte, era el alimento del Thylacosmilus, carnívoro marsupial parecido al tigre dientes de sable.
La invasión del norte La diversidad característica de la fauna mamífera sudamericana en la prehistoria se vio enriquecida hace unos tres millones de años con un fenómeno que modificó la conformación de especies: el Gran Intercambio Americano Bioético.
Según esa teoría, el movimiento de las placas tectónicas provocó la unión del norte con el sur del continente, a través de un puente, hoy denominado Centroamérica, que sirvió como un corredor natural.
El acontecimiento produjo la migración hacia el sur de unos 15 grupos de animales, entre ellos los antepasados de los elefantes, caballos, canes, felinos y camélidos. De ellos, las tres primeras especies se extinguieron hace 10.000 años.
El mejor amigo del hombre, el perro, también llegó a estos lares a través de la inmigración del norte, acota Mamani, al mostrar una mandíbula que se cree pertenece al perro más antiguo de Bolivia.
La llegada de aquellos animales se produjo cuando las especies sudamericanas se encontraban en un proceso de decadencia que los llevaría a su final, al igual que lo sucedido con los dinosaurios hace 60 millones de años, cuando la tierra recibió a los primeros mamíferos. "La historia da curiosas vueltas", suspira Bernardino Mamani, que a través de diminutas piezas fósiles sigue desnudando, cual un experto biógrafo, la historia del planeta.