Hace unos días, tres destacados intelectuales cruceños dieron a conocer un manifiesto al país, con un sugerente título: “Para seguir desencantando la tierra”. El texto provocó y provoca varias reacciones, qué duda cabe, porque para eso están los manifiestos, y más aún en estos tiempos de cólera e incertidumbre. Al margen de los diversos tópicos abordados con una mirada crítica que desafía al debate, concitan mi atención algunos aspectos que trascienden la letra del texto, partiendo del criterio de que en literatura y en política la forma es el fondo. Me refiero a una suerte de pesimismo por el futuro que resulta análogo al fatalismo andino que es una de las críticas recurrentes a una visión de las cosas que es utilizada para explicar nuestras vicisitudes —sino fracasos— en la construcción del Estado nacional.
Por eso, me intriga el título porque al margen de su intento metafórico y su pretensión poética queda la duda respecto al sentido asignado por sus autores al término “desencantamiento”, porque esta palabra tiene que ver con desilusión, desengaño, decepción, desaliento. Y el ánimo que mueve esa proclama —por lo menos el tono de urgencia del texto así lo corrobora— pretende lo contrario; pretende que encaremos los desafíos de esta historia presente revisando el pasado y proyectando una imagen del futuro que no condiga con los prejuicios.
Y los prejuicios son varios y son tanto aquellos referidos al país minero como los relativos al centralismo como causas de todos los males. Es una suerte de teleología al revés: la crisis actual es resultado de la acumulación de múltiples procesos y, por ende, los procesos deben ser revisados y evaluados negativamente para juzgar la situación actual.
A la usanza de las posturas de izquierda que le achacan todos los males al “modelo neoliberal”, buena parte de la discursividad “autonomista” insiste, de manera igualmente reduccionista, en que la causa estructural es el centralismo estatal. Y ¿acaso había otra manera de encarar los desafíos de construcción del Estado-nación si no mediante un proyecto centrado en el Estado? ¿Era posible desplegar este proyecto prescindiendo de una matriz “estado-céntrica”?
Otro cantar es que las exigencias del presente muestren los límites de esa posibilidad pero no por ello la condena es la única opción intelectual. Se trata, más bien, de esbozar el camino de la profundización de la reforma estatal como un momento del proceso de transformaciones sociales y para ello es innecesario mirar el pasado como una secuencia de tragedias y menos con una pose de victimización que hace suponer que la historia nacional no es sino la confirmación de un destino trágico. Esa es una lectura de los hechos que Carlos Montenegro denunció como un acto de autodenigración que inhibe la posibilidad de construcción de la nación, y peor si a eso sumamos una actitud que privilegia lo particular —sea étnico, regional o corporativo— pensado como “feudo”.
No digo que el manifiesto de marras es autodenigrante y particularista, pero creo que una propuesta incluyente debe mirar el país como un todo y no como una suma de parcialidades que, además, se enfrentan porque carecen de un proyecto compartido. Esa necesidad exige que sigamos dialogando.
*Fernando Mayorga es politólogo.
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