Un proyecto medioambiental pretende terminar con la toxicidad de los diques de cola. También se quiere rehabilitar una fundición.
Javier Badani • Fotos: Nicolás Quinteros
Descoloridas, abandonadas, cargadas de historia... Hoy sólo el viento se anima a golpear las puertas de Atocha y Telamayu. Custodiadas por viejas aldabas y candados, la mayoría de las abandonadas edificaciones de adobe de los dos poblados potosinos narran con desgarro décadas de olvido, pero también hablan de días pasados de gran prosperidad.
Esas historias se desmenuzan a diario. Ya sea en la cálida voz de sus habitantes, aquellos que por amor a su terruño decidieron quedarse, o al caminar a media tarde por sus solitarias y estrechas callejuelas, las mismas que en los años 70 se estremecían con los urgentes pasos de los miles de trabajadores mineros de Potosí y Oruro que llegaban hasta esos lares para abastecerse de alimentos y herramientas. Entonces, era imposible dejar de admirar la estructura del más grande ingenio metalúrgico de concentrados de minerales del país y la fundición, que daban trabajo a mil obreros.
Alumbrados por los potentes reflectores de los andariveles, que transportaban por sus cielos los minerales extraídos de los campamentos vecinos, comerciantes, artistas y aventureros deambulaban las noches frías por sus arterias.
La madrugada era recibida por el pito del ingenio minero que anunciaba la llegada de los primeros rayos del sol; y con él se hacía evidente el cambio en la fisonomía de los empinados cerros. Allí, sin pausa, se edificaban las nuevas viviendas de adobe y carpas de plástico, donde se alojaban gran parte de los 10.000 habitantes de las dos localidades. Hoy ambas poblaciones no sobrepasan ya los 5.000.
Consideradas en los años 70 como los campamentos más importantes de la Comibol, ahora las poblaciones de Atocha y Telamayu —separadas por una caminata de 10 minutos— intentan despertar del letargo impuesto en la década de los 80, cuando la caída del precio internacional de los minerales derivó en el despido de los trabajadores de la empresa estatal e inició el éxodo de la mayoría.
Ahora, los trabajos desarrollados en la mitigación de la contaminación ambiental, causada tras décadas de explotación minera, los emprendimientos mineros de las cooperativas, alentados por el alza de los precios internacionales de los minerales, y el empuje de su juventud, brindan la esperanza de que aquellas puertas cerradas hace 20 años comenzarán a reabrirse de nuevo de par en par.
Una obra realmente colosal “¡No me contamines!”, grita el río Khori Mayu representado por un hule celeste que se desparrama en el piso de tierra. Su voz no halla eco en un grupo de mineros que continúa acumulando en sus márgenes desechos químicos. Mientras, un atípico campesino de nombre Gumersindo, con un sinfín de piruetas, intenta alertar del peligro para el medio ambiente.
La escena teatral fue presentada el mes de noviembre por los estudiantes de la universidad Udabol de Telamayu, durante la entrega del Proyecto de Control y Mitigación Ambiental Dique de Colas, desarrollado desde el 2000 por Comibol y apoyado por la Cooperación del Reino de Dinamarca.
El ambicioso proyecto, el primero de esa magnitud en toda Latinoamérica, “encapsuló” dos depósitos de desechos mineros catalogados entre los de mayor envergadura en Bolivia (5,3 millones de toneladas), que se constituían en unos peligrosos focos de contaminación ambiental para las localidades sureñas potosinas.
Los diques de colas están compuestos por los desechos minerales que fueron depositados por las operaciones de los campamentos de la zona y por la planta metalúrgica de Telamayu, donde se procesaba estaño, plata, zinc y bismuto.
Los pasivos ambientales se formaron desde 1910 hasta 1985. En ese lapso, los desechos mineros se acumularon para transformarse en dos cerros artificiales compuestos, sobre todo, por piritas.
Así lo explica el ingeniero Jaime Revollo, fiscal de obras del proyecto, que tuvo una inversión de más de 1.200.000 dólares y que beneficiará a las poblaciones aledañas a las cuencas del río Cotagaita (Potosí) y del Pilcomayo, que atraviesa Bolivia, Argentina y Paraguay.
“En las épocas de lluvia el agua erosionaba la parte baja de los taludes y arrastraba los contenidos tóxicos hasta los ríos”. De allí, “a las zonas agrícolas circundantes que eran bañadas con esa agua”, señala el profesional, y recuerda también que esa contaminación provocó el abandono de muchas actividades agrícolas y pecuarias.
Además, el polvo de los diques de colas era diseminado por el viento, lo que provocaba graves infecciones respiratorias entre los pobladores de Atocha y Telamayu.
“Se sentía un sabor amargo en la boca, ya que los diques tenían remanentes de reactivos químicos como cianuros”, dice el ingeniero.
Las obras se iniciaron con estudios geotécnicos, hidrológicos y geoquímicos a través de perforaciones hasta la base de los diques. Luego, los profesionales bolivianos diseñaron una nueva configuración para los taludes y los desechos minerales fueron cubiertos por dos capas: una de 20 centímetros de grava arcillosa y otra de 10 de ripio seleccionado.
Después, se construyeron drenajes, canaletas, bajantes y rápidas escalonadas para tener un manejo adecuado de las aguas.
“Se ha logrado mitigar el problema ambiental en un 80 por ciento. Se necesitan labores paralelas como la reforestación”, afirma el ingeniero René Méndez, director de Recursos Naturales y Medio Ambiente de la Prefectura de Potosí.
Jugando entre tóxicos Con todo, los más agradecidos con las obras de mitigación ambiental son los pobladores de Atocha y Telamayu, en especial los niños, que comienzan a reconocer ya los daños a la salud que provocan los peligrosos diques de colas.
“De pequeños jugábamos ‘manchita’ —pelota quemada— en la cima de los diques”, recuerda la maestra Felicidad Flores Romero (53), mientras intenta controlar a los 267 alumnos que inquietos esperan el inicio del acto protocolar.
“No sabíamos el peligro de los desechos. Para nosotros eran ya una parte del paisaje, pero cuando nuestra ropa se manchaba con los tóxicos nuestros padres se asustaban bastante”, comenta Flores. Instantes después, sus palabras son interrumpidas por las evocaciones de Natalio Saldívar, alcalde del municipio de Atocha.
“¡Uy!, entonces se armaban torneos de fútbol al pie de los diques con todos los centros mineros de Quechisla”, expresa y, justo a sus espaldas, irrumpe una voz ronca que se suma a la conversación.
“Sabe, jovencito, antes los vagones de los trenes eran de madera y en Navidad llegaban cargados de regalos y electrodomésticos. Las carnes para las pulperías las traían desde Argentina y en avioneta desde Beni”, explica el anciano —que se niega a dar su nombre y se aleja.
Las rememoraciones de este ex minero no son exageradas. En la década de los 70 pequeños comercios nacían a diario abasteciendo a los trabajadores de los centros mineros de Ánimas, Tatasi y Siete Suyus, entre otros. Asimismo, maestranzas, talleres de carpintería y electricidad trabajaban a tiempo completo para poder abastecer a los campamentos de Quechisla.
“Ahora están cerrados..., nuestra gente se fue y únicamente quedan muros abandonados”, narra el Alcalde de Atocha. A pesar de ello, Saldívar deja escapar un dejo de esperanza al informar que la universidad Udabol está formando a 300 jóvenes en Telamayu. Por otro lado, el número de alumnos escolares inscritos en los últimos años se incrementó gracias, en parte, a la reactivación minera.
El despertar de un coloso “Se ve que ha regresado bastante gente”, afirma Juan Cabrera Flores, presidente ejecutivo de la Comibol. “Hace cinco años, éste (Telamayu) era un pueblo fantasma, pero ahora con el trabajo de las cooperativas ha empezado a surgir nuevamente, dice, y su mirada se pierde en las alturas, donde yacen los esqueletos de los andariveles, que en sus mejores tiempos transportaban a la planta de Telamayu más de 200 kilos de minerales en cada recorrido.
Es precisamente en medio de las oxidadas maquinarias y derruidas instalaciones del ingenio de Comibol que los socios de la Cooperativa Minera Chorolque proyectan hacer ahora realidad un ambicioso sueño: reactivar la planta de fundición de bismuto, creada en 1972 y cerrada desgraciadamente tras la relocalización de los trabajadores de Comibol.
Los mineros buscan realizar la conversión de dichas instalaciones para, de esta forma, fundir estaño y así poder convertirse en exportadores del mineral que explotan, según cuenta el presidente de la cooperativa, Saturnino Ucumari.
“Actualmente, el trabajo de fundición de la materia prima de la mina Chorolque se realiza muy lejos, en la empresa Operaciones Metalúrgicas Oruro SA, que compra nuestro estaño”. Por ella, la cooperativa, que cuenta entre sus 1.200 trabajadores con mineros relocalizados, recibe aproximadamente 2.500 dólares por tonelada. Reactivada la fundición, los socios esperan exportar los lingotes por una cantidad que ronde, al menos, los 5.000 dólares.
Despertar al coloso de fierro no será fácil. Y es la tarea encomendada a los ingenieros Luis Rivera Véliz y Jacinto Fernández, quienes en estos momentos se encuentran elaborando el proyecto final. Se espera que los trabajos comiencen en enero del 2006 con la puesta en marcha de dos de los cuatro hornos de reducción de la planta.
“Se deben hacer muchos cambios ya que la maquinaria estuvo paralizada 20 años. La mayor parte está deteriorada”, señala Rivera al explicar que en la actualidad los yacimientos de Chorolque producen 260.000 toneladas mensuales, mientras que la fundición tendrá una capacidad, dentro de un año, para fundir, nada más y nada menos, que 300 toneladas al día.
De concretarse el proyecto, Telamayu contaría con la tercera fundición de minerales del país y se convertiría en la primera empresa de ese rubro manejada por una cooperativa en Latinoamérica, según los socios de Chorolque.
“Unas 100 personas serían contratadas para trabajar en turnos de ocho horas y producir las 24 horas del día”, comenta el ingeniero Fernández, quien espera que gran parte de los nuevos trabajadores puedan ser los antiguos residentes de Atocha y Telamayu.
La idea no emociona del todo a Alex Yugonovich Sabo, de 60 años. El nicaragüense, “mezcla de campesinos húngaros y checoslovacos”, llegó a Atocha hace tres años de la mano de un circo chileno que recorrió los centros mineros repartiendo alegrías por el país.
“Me enfermé por un mes a causa del hielo y el viento y, desde entonces, me he quedado aquí”, señala el centroamericano, que eligió entre las abandonadas casas del lugar su improvisado hogar.
“Compré un par de calaminas, un candado y me dediqué a vender los periódicos de La Paz, que normalmente llegan nada más que con un día de retraso. No soy el dueño de la casa, pero hasta que éste aparezca yo me quedo aquí”, apunta con firmeza Yugonovich.
Y es que, como bien dice este anciano de arrugas pronunciadas, que lamentablemente perdió a toda su familia en un fatídico terremoto ocurrido en su país hace 15 años, “patria no es el lugar donde uno nace, sino donde uno llora”.
Los niños solían jugar pelota quemada en la cima de los desechos tóxicos de Telamayu.
Maquinaria deteriorada y oficinas derruidas son mudos testigos de años de pujanza.
Si se reactiva, la fundición de Telamayu será la primera en rehabilitarse por una cooperativa minera en Latinoamérica.