Julio César Velásquez ha conseguido reunir la cantidad de 700 piezas que resumen la historia de uno de los símbolos que definen a Bolivia.
Óscar Díaz Arnau Fotos: Pedro Laguna
Nadie respeta el escudo de armas. Esa es la realidad. Y es que, en casi 200 años de vida republicana, gobiernos e instituciones estatales han venido usando los símbolos patrios con una liviandad pasmosa.
El coleccionista Julio César Velásquez tiene más de 700 escudos que fue recolectando a lo largo de los últimos 40 años en todos los departamentos del país. Y, como producto de esta curiosa afición, descubrió una serie de diferencias que constan en su libro "Reformas y deformaciones del Escudo de Armas de la República de Bolivia".
Velásquez, historiador, museólogo y actual director del Museo Nacional de Arqueología, dice que se han hecho barbaridades con el escudo de la República. Y salta a la vista. Basta con observar y comparar algunos escudos para certificar las vejaciones cometidas hasta por quienes mandaron hacer los emblemas sin el debido cuidado.
"Cuando fueron creados los elementos que constituyen nuestros emblemas patrios, a cada uno se le asignó un significado especial, relativo a los acontecimientos y al ambiente de esa época", señala en su texto, y luego cita que algunos de esos elementos se mantienen y otros se modificaron.
No está más, por ejemplo, la media corona de olivo y laurel, que representaba la seguridad, el honor y el triunfo, porque en 1924, durante el gobierno de Bautista Saavedra, se decidió su reemplazo por la flor de la kantuta, nuevo emblema nacional.
Los escudos de Velásquez, mientras, fueron logrados con sudor y lágrimas. Uno le costó 500 dólares, algunos los intercambió por otras cosas y varios se los regalaron. A su criterio, este tipo de objetos deberían estar en la Casa de la Moneda o la Casa de la Libertad.
Modificaciones del original El escudo se creó mediante un decreto de la Asamblea de Bolívar el 17 de agosto de 1825, fecha en la que se recuerda ahora el Día de la Bandera y del Escudo Nacional.
Tuvo una primera transformación en 1826, en tanto que, en 1888, un decreto presidencial de Gregorio Pacheco estipuló los elementos y la forma del escudo y la bandera, además de la manera en que deben ser siempre utilizados. Cada elemento, se supone, simboliza las riquezas del país.
Luego, en 1851, por ley, se cambió el gorro frigio por el cóndor de los Andes.
Y a partir de entonces continuaron las modificaciones oficiales, aunque no de gran magnitud.
Últimamente, un decreto supremo del presidente Carlos Mesa ordenó el cambio de la alpaca por una llama, lo cual —según el experto en heráldica— no debió producirse por la representatividad del primer camélido para nuestro país.
Este decreto también dispone la supresión del árbol del pan por una especie de palmera.
Grandes diferencias Otro aspecto destacable de los escudos son las diferencias entre unos y otros. Así, por ejemplo, en dos papeles sellados válidos para 1888 y 1889 varía el cóndor: en uno luce con laureles y en el otro no.
También el sol aparece de muchas formas, hasta con ojos y bocas. En ocasiones, no es naciente.
En antiguos escudos hay deformaciones en el Cerro Rico de Potosí y en el follaje del laurel y el olivo; el árbol del pan es confundido por naranjos, palmeras, carrizos y otros arbustos; la alpaca se cambia por llamas, vicuñas, chivos, caballos y otros; rara vez coincide la forma de las alas del cóndor de los Andes y, en algunos casos, éste es reemplazado por águilas, palomas o hasta pavos.
"Además, en algunas instituciones estatales se puede observar hasta cuatro diferentes diseños del mismo escudo", sostiene el especialista en su libro.
Tanta distancia entre un escudo y otro, tratándose de un símbolo de singular importancia, resulta incomprensible para Velásquez. Y es que hasta el día de hoy ningún Gobierno ha sabido uniformar el Escudo de Armas para su utilización oficial.
Piezas de museo Entre las joyas del coleccionista destaca un cuño de 1842, una curiosa madera que se empleaba en el siglo XIX para imprimir el escudo en papel sellado.
Un día, un hombre le mostró un papel con la marca del cuño y le preguntó cuánto creía que valía. Él pensó un poco y le respondió "20 dólares", por expresar un monto. Dice que el vendedor se rió y le dijo que le estaba ofendiendo. A lo cual Velásquez contestó que ninguno de los dos sabía cuánto valía la pieza.
"Vamos a hablar por arriba de los 1.000 dólares", le aseguró, muy convencido, el hombre del cuño. Le dejó de regalo la marca del papel y se fue. Así estuvieron en un tira y afloja durante casi tres años, hasta que, al final, Velásquez le pagó unos 500 dólares.
Entre los que posee, el escudo más antiguo, de 1836, es el de Oruro, con un cóndor en lo más alto.
Pero la colección abarca un sinfín de escudos en formas tan variadas como peculiares. Del año 1828 hasta la fecha, los hay impresos en papeles sellados, sobres, tarjetas, fotocopias, timbres, documentos oficiales, banderitas de papel, billetes, monedas, botones, medallas, adornos, fotografías digitalizadas, calcomanías, bonos, un reloj y hasta un plato.
Desde un botón de la Guerra del Pacífico, conseguido en Tacna, hasta una moneda falsa de 50 centavos de fines del siglo XIX, aparecen entre los objetos que contienen la figura del Escudo de Armas. Y, afortunadamente para su destino y para la historia de nuestro país, llegaron hasta las manos del coleccionista.
También destaca una aldaba rota de 1845, correspondiente a una de las petacas del entonces Presidente de la República, tarjetas de presentación de los presidentes Arce y Pacheco, una tapa de reloj del año 1890, un botón de traje militar impreso en Sao Paulo... y todos, como no podía ser de otra forma, con el escudo bien visible.