Una villa de colinas que miran siempre al mar, con fachadas alegres, guarda parte de la historia de Brasil y es actualmente cuna de creadores.
Mery Vaca • Fotos: Tiago Lubambo y Mery Vaca
El pintor Sérgio Vilanova recibe a sus visitantes con una sonrisa y con una alegre exposición de cuadros naif, ese arte que transporta a los adultos hasta la inocencia de la niñez. Su atelier está ubicado en la emblemática calle del Amparo en Olinda, una de las 13 municipalidades del Gran Recife, estado de Pernambuco, Brasil.
La del Amparo es la única calle que se salvó de las llamas provocadas por los holandeses, quienes invadieron Pernambuco en 1630 y tomaron Olinda, para luego abandonarla y quemarla y, finalmente, instalarse en Recife, donde creció paulatinamente la ciudad hasta convertirse en capital del Estado.
Pero los holandeses fueron expulsados en 1654 y las riendas volvieron, entonces, a manos de los portugueses, quienes reconstruyeron la villa, dueña de un encanto natural que ni cien incendios borrarían. Para testimoniar este extremo, su fundador, Duarte Coelho, cuando la vio por primera vez en 1530 le hizo justicia al bautizarla: Olinda.
Y tuvieron que pasar casi 447 años para que la humanidad la reconociera como patrimonio, pues la Unesco le dio ese título en 1982.
Ciudad con encanto Olinda se alza en colinas que no sobrepasan los 60 metros el nivel del mar. Allá, coloridas fachadas y calles históricas contrastan con las modernas construcciones hoteleras que se levantan desde la playa.
En la villa amanece a las 5.30 y la salida del sol en el horizonte del mar dibuja un paisaje inolvidable. A esa hora, los lugareños están pescando o vendiendo peces, frutas, agua de coco y dulces a los turistas, que disfrutan de la brisa con unas largas caminatas por la playa.
La riqueza de este sitio está apenas por mostrarse a los ojos visitantes. Desde la catedral, por ejemplo, ubicada en un punto alto, destacan las torres de las 22 iglesias y 11 capillas dispuestas en el lugar, que apenas tiene unos 4.000 habitantes.
Cuenta la tradición de Olinda que hace muchos años no había cementerios y que los muertos eran enterrados en las iglesias. Eso obligaba a todos sus habitantes a comulgar con la religión católica. Caso contrario, eran arrojados al mar. Eso obligó a construir iglesias para cada uno de los grupos sociales y esta herencia todavía se mantiene.
Mientras esas historias brotan de los labios de Paulo de Tarso, guía turístico de Olinda, en la catedral emerge la figura de Gilvan, un anciano que dedicó 56 años a cuidar el templo. Llegó allá a los 12 años.
El gran orgullo de Gilvan es haber trabajado con el obispo Helder Cámara, el único brasileño que fue nominado al Premio Nobel de la Paz, a finales de los 70. De él, ahora quedan sólo los recuerdos y un altar en pleno centro de la catedral.
Apenas a unos pasos de la catedral está el mercado artesanal, donde Katy Ely y Junior, dos jóvenes hermanos, reciben a los turistas bailando frevo, la danza tradicional del noreste brasileño.
La bailarina mueve una sombrillita tan rápido que es sumamente difícil distinguir todas sus formas.
Entre tanto, ateliers, posadas, restaurantes y tiendas de artesanía se abren al público. Y es que lo que predomina en Olinda es el arte.
Así, pinturas y esculturas están siempre a la vista. Y, para poder disfrutar de otras expresiones artísticas, como el teatro y la música, sólo hay que tomar nota de la programación municipal, quedarse unos días y aprovechar el tiempo.
Una apuesta por la cultura En Olinda, la tradición cultural sobrevivió y se reforzó a lo largo de la historia. Y, a mediados del siglo XVI, el teatro entró a Brasil justo por la villa, de la mano de padres jesuitas.
Hace poco, Olinda fue reconocida como la capital cultural de Brasil, lo que motivó a mostrar “artes por todas partes”. Ese objetivo permite a la gente entrar a la casa del artista y trabajar junto con él.
Sérgio Vilanova, el pintor naif, lo hace todo el tiempo, de tal modo que sus paredes están forradas de cuadros grandes y pequeños que la gente puede apreciar y comprar.
Animales, bailes y paisajes son la temática del arte de Vilanova, que representa muy bien a los habitantes de Olinda, con cierta ingenuidad, espontaneidad y alegría.
La historia y la vida de Olinda, mientras, están unidas a Recife, la ciudad que construyeron los holandeses luego de que quemaron y abandonaron Olinda. La urbe nació en la hoz de los ríos Capibaribe y Beberibe, y se fue desarrollando a un ritmo fascinante hasta convertirse en la capital que es ahora.
Es llamada la “Venecia brasileña” por sus puentes, canales y ríos. Sólo en el centro de la ciudad existen 39 puentes que cruzan más de 50 canales. Es una imagen única.
Recife, cuyo nombre se debe a un arrecife que protege las playas de la ciudad, es también una ciudad para las artes. Así, la calle del Buen Jesús se convierte, cada domingo, en una gran exposición de cuadros, donde los artistas ponen su plástica al alcance de la gente.
Parece una ironía, pero esa calle fue conocida antiguamente como la calle de los judíos, que llegaron a Recife con la novedad del banco.
Ahora, Recife es centro de cultura y folklore, llena siempre de música y ritmos, festivales y artes. Sobre todo se nota en carnavales, cuando aparecen más de un millón de personas por las calles de la ciudad.
Pero el paseo por la “Venecia brasileña” no puede concluir sin antes visitar el mercado de San José, el mayor centro de alimentos de Pernambuco. Allá, además, se encuentra la mejor artesanía del noreste brasileño y a los mejores precios. Y los bordados a mano, los tejidos en hilos naturales y la cerámica destacan por su colorido.
En el mercado de San José, que es un réplica de uno francés, también están al alcance de la mano los frutos de mar, la castaña de cajú y las frutas tropicales. Cuanto se puede ver, tocar y oler se puede comprar. Y allá palpita Recife tal como es.