Con el futuro incierto que se le presenta a la juventud boliviana, no sabemos si Bolivia guarda un “divino tesoro” en sus jóvenes, o si esa juventud será la que le dé el golpe de gracia a la nación. En un momento en que los valores morales se han invertido en el país, no habría motivo para creer que los jóvenes —y los niños— sean inmunes a la perversión. Por lo menos existen dos aspectos que preocupan grandemente y que los sucesivos gobiernos no están pudiendo solucionar: la educación y las drogas.
Si empezamos por las drogas, es alarmante el incremento que se ha producido en el consumo de la cocaína y la marihuana, más allá de lo que diga la embajada norteamericana. No hay necesidad de que ellos nos adviertan sobre lo que está sucediendo en Bolivia con las drogas, porque, simplemente, lo vemos hasta en las calles. Y desde luego en la prensa donde, periódicamente, se conocen casos de delincuencia y de crímenes producidos por el alcohol y las drogas que antes, hace algunos años, no existían.
Ahora, cuando la producción de la hoja de coca y la marihuana han dado un salto enorme, y cuando el anterior Gobierno aceptó las exigencias de Evo Morales para que cada familia pudiera cultivar medio “catu” más de coca, no queda la menor duda de que ese fue un obsequio para los narcotraficantes y un regalo para los consumidores nacionales, en su mayoría jóvenes. Porque lo que no se sospechaba es que el mercado interno de la cocaína ya se ha convertido un gran negocio que no requiere de “mulas” para pasar droga a EEUU, como antaño. Las narices ávidas están en nuestros colegios y casas.
Si, además, la educación de nuestros niños y jóvenes es tan deficiente, poco se puede hacer para combatir el mal. Para qué nos vamos a engañar: no existe ejemplo ni moral en los propios maestros. La educación —en todos sus niveles— ha empeorado. Y es lógico que así sea si vemos lo que acontece en el seno del magisterio, y, para mayor vergüenza, en nuestras casas superiores de estudio, donde antes que la excelencia, lo que se exige es plata para derrochar, son recursos económicos, como si los universitarios no supieran que sus compatriotas se mueren de hambre. Estos universitarios son lo menos solidarios que hay con los pobres, aunque sus padres lo sean.
Pero lo que sobrecoge, es ver a los normalistas en acción. Eso sí que es para espantarse. Turbas de jovenzuelos, que serán los maestros de mañana, que bloquean caminos y que invaden La Paz como unos verdaderos vándalos. Esos serán los que eduquen a nuestros hijos y nietos, a ese “divino tesoro” que, esperemos, no se gradúen lanzando piedras a los transeúntes y cachorros de dinamita. Todo se está perdiendo en Bolivia, hasta la esperanza de que vengan generaciones mejores que las de ayer y las de hoy.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
¿Informar o desinformar?
El trabajo de los medios de comunicación no sólo demanda un elevado sen-
tido de responsabilidad, sino también de especialización, debido a la naturaleza misma de las temáticas incluidas en sus ediciones.
Glocalización
La siempre vanguardista industria japonesa, debe su impresionante éxito empresarial a la permanente reingeniería de la alta gerencia. Hace poco más de una década, Akio Morita, presidente de Sony, acuñó el vocablo que intitula el presente artículo
El precio del petróleo, el mejor abogado
Si el precio del petróleo continúa con los drásticos aumentos del periodo reciente, la economía chilena podría colapsar. Los mercados internacionales tienen el poder para colapsar a las economías nacionales.
Hacia las sociedades del conocimiento
Los profundos cambios de la ciencia en el siglo XX han originado una tercera revolución industrial: la de las nuevas tecnologías, que son fundamentalmente intelectuales. Esa revolución ha ido acompañada de un nuevo avance de la mundialización
Ediciones Anteriores
Publicidad
Encuesta del día
Posponer redistribución para los próximos comicios
Elecciones en diciembre, incluyendo la redistribución