Hay veces que es difícil comprender las contradictorias posiciones de grupos o sectores, sobre temas que interesan al país.
Este es el caso de las negociaciones para la suscripción del Tratado de Libre Comercio entre Colombia, Ecuador, Estados Unidos y Perú, con Bolivia como observadora. Por un lado, hay sectores —los de las consignas extremas, muchas provenientes del exterior— que se oponen a rajatabla a que Bolivia negocie ni forme parte de ese tratado que tiende a incrementar el flujo del comercio; y, por otro, grupos de ciudadanos que han advertido que, quedar fuera de esta oportunidad, rezagará a todo el país.
Hace poco, un grupo de personas —pequeños empresarios exportadores, no los grandes de los negocios— marchó en La Paz, y se dirigió a la Embajada de los Estados Unidos, esta vez para pedir al Gobierno de Washington que acepte a Bolivia como negociadora plena para la concreción de ese tratado. Esto, por lo menos en nuestro país, fue inusual, ya que siempre se prefirió la protesta agresiva, mucho más si se trata de exigir o enfrentar al país con los norteamericanos.
Esta petición, tímidamente difundida, habrá que marcarla como la comprobación de que todavía hay un mínimo de sensatez, puesto que, en el empeño de salvar intereses, sus intereses, eligieron el camino de la petición y la propuesta. No se escucharon las voces broncas de “abajo” o “muera”; fueron, en cambio, las de la necesidad de abrir el país, yendo al encuentro de las corrientes modernas del intercambio que, al fin de cuentas, no tiene ni ideologías ni sectarismos, sino intereses recíprocos. Incrementar las exportaciones significa luchar contra la pobreza y crear puestos de trabajo. Y hasta se dijo dramáticamente: “exportar o morir”.
Es cierto que la negociación de un tratado de libre comercio frecuentemente es complicada, trabajosa y demanda imaginación. Pero, ¿quién dijo que negociar lo complejo es fácil? Es más, ¿quién dijo que no es posible armonizar intereses de manera que los beneficios de un acuerdo comercial sean recíprocos y compartidos? Lo que sucede es que el populismo alentado desde fuera de nuestras fronteras, persiste en inflamar pasiones negativas y actitudes poco constructivas. “No nos conviene”, es la frase hecha sin el respaldo de argumentos, cayendo, simplemente, en la xenofobia. Resulta claro, entonces, que hay otros designios.
Esto mismo sucede con la agitación contra la posibilidad de crear el ALCA, como instrumento continental para la apertura del comercio. “Nos perjudica”, se afirma, cuando todavía no ha sido creado; cuando no se ha negociado; cuando no tiene todavía forma específica. Que hay obstáculos, es innegable. Pero, ¿no habría que negociar para que esos obstáculos sean removidos?
Resulta claro que los que se oponen a una idea no totalmente delineada, prefieren el argumento de la protesta y la violencia; y para ello, se organizan en brigadas internacionales contra un instrumento que podría ser una de las bases para la integración, con lazos económicos que permitan avizorar una América unida, es decir, un continente esperanzado en el progreso armónico y sostenido.
Lo demás, resulta cerril...
*Marcelo Ostria es abogado y diplomático.
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