Si hubiera un boicot petrolero contra Bolivia, en la eventualidad de una nacionalización, no todo estaría perdido, según el optimista presagio de Joseph Stiglitz. Empresas estatales de Malasia, China e India podrían romper el cerco y permitir que Bolivia pueda seguir adelante, desarrollando sus reservas de gas y petróleo.
La palabra del premio Nobel de Economía sería más alentadora si no fuera tan solitaria. Y si no fuera que ubica a Bolivia en condición de país que debe abrir un camino que todavía nadie ha recorrido, y que consiste en dar la espalda a todo el establishment de la industria petrolera del mundo.
Stiglitz dijo aquello en una entrevista hecha por el periodista David Rieff, que la publicó en un largo artículo sobre Bolivia en el The New York Times, el domingo pasado.
Difícil tarea para un solo país. Inaugurar una senda en un territorio dominado por las empresas petroleras que miran ahora cómo se aproxima el fin de las reservas mundiales, y que están recibiendo ganancias como nunca antes.
Según dice la IEA de Estados Unidos, entre julio y septiembre de este año, las mayores empresas petroleras tuvieron ingresos por 26.000 millones de dólares, un monto que representa un incremento de 69 por ciento respecto de igual lapso del año pasado. Son las cifras que inspiraron, hace dos semanas, la iniciativa parlamentaria en Washington para gravar las "utilidades inesperadas" de las petroleras. Utilidades que se generaron a raíz de la última ola de aumentos en el precio del crudo. Los parlamentarios bolivianos que elaboraron la Ley de Hidrocarburos no consideraron la posibilidad de aplicar impuestos especiales cuando los precios están muy altos.
Lo cierto es que las petroleras están viviendo en el mejor de los mundos, pues la demanda ha crecido tanto que ningún volumen de producción puede atenderla y las previsiones para el próximo año hablan de un precio promedio de 60 dólares por barril.
¿Qué podrá hacer Bolivia ahora? La posibilidad que menciona Stiglitz es casi remota. Significa hacer una especie de sindicato de empresas petroleras estatales, que vengan en defensa de una que había sido enterrada y que ahora se la quiere revivir. La internacional de las petroleras estatales tendría su estreno en la defensa de la causa boliviana. Si se planteara así la situación, y el mundo petrolero quedara dividido entre empresas privadas y empresas estatales, la guerra sería muy dura. Y hasta podría llegar a ser una verdadera guerra.
El control de las últimas reservas de hidrocarburos será disputado con todo el poder que se tenga. El país que más consume en el mundo, Estados Unidos, seguirá empeñado en asegurarse el control de las fuentes de energía.
De todos los desafíos que ha tenido Bolivia hasta ahora, éste se pinta como el más difícil. Ser el estandarte de una causa internacional. Las diferencias ideológicas reducidas a la confrontación entre empresas petroleras privadas y estatales. Lo malo de todo esto es que las empresas estatales a las que alude Stiglitz han convivido tanto tiempo con las privadas que quizá no estén decididas a dar esta batalla ni jugarse por Bolivia.
Bolivia suele plantear temas interesantes con sus propios dramas. Este es uno de los más apasionantes.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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