Ésta es la última columna que escribo este año. Mi cerebro entró en vacaciones contra mi voluntad. Creo por ahora que ya escribí todo lo que quería decir. Seguramente se me quedaron algunas cosas en el tintero, serán para el 2006. Según mis cálculos, este año que termina he escrito 44 columnas sobre diversos temas. En cada artículo se usan en promedio cinco mil caracteres. Esto quiere decir que escribí 220 mil letras para decir lo mío. Es duro escribir un artículo por semana. Admiro profundamente a aquellos que tienen algo que decir diariamente. Si las musas de la inspiración no me abandonan, una columna en promedio me toma tres horas. Unas más y otras menos. No todas me gustan, como a usted amable lector, pero en cada una pongo mi más sincero esfuerzo. En un año, me paso frente a la computadora el equivalente a 5,5 días para que usted, fiel lector, tenga su columna dominical, es decir, 7.920 minutos. Es un placer escribir para usted, es un hobby no remunerado, pero tiene un rédito emocional invalorable.
En ciertas ocasiones, escribir una columna semanal es un ensayo de la muerte, especialmente aquel día en que la mente decide ponerse en blanco y salir a pasear por los callejones de la distracción y el disfrute. Cuando simplemente las neuronas se toman el día y les sobra tiempo para no hacer nada. Qué duda cabe que escribir dominicalmente aumenta la adrenalina, es el deporte extremo del intelecto.
¿Por qué un economista decide escribir? Esta es una pregunta que siempre me hago. Todavía no tengo la repuesta definitiva. Los economistas tenemos fama de aburridos y densos. Muchas veces esto es cierto, pero creo que mucha gente, especialmente joven, está intentando revertir este falso prestigio. Pero volvamos al asunto de por qué escribo. Creo que al principio escribía porque quería comunicarme con mis pares, es decir, intercambiar ideas, propuestas, comentarios con otros economistas del país. Ésta fue una de mis motivaciones, de hecho mis primeras columnas eran tremendamente técnicas. Debo confesar que eran bastante aburridas, manejaba un lenguaje pesado y algunas veces con tecnicismos innecesarios. Posteriormente, comencé a escribir para un público más amplio. No fue fácil soltarme. En Bolivia somos muy acartonados. Creemos que la solemnidad y la pesadez son sinónimos de seriedad, pero la simplicidad y el humor pueden ser muy subversivos.
En cierta oportunidad, el periódico, que tan gentilmente me acoge, me propuso escribir cada quince días. Acepté resignado sin saber lo que me esperaba. Los domingos sin columna fueron atroces, me revelaron que también escribía para mí, era una forma de terapia, un camino que había encontrado para exorcizar mis fantasmas y fusilar mis certezas. Era una forma de ahorrarme la consulta con un psicoanalista. Quince días parecían una eternidad, cargaba una pesada cruz de ideas, broncas e inquietudes en este valle de lágrimas factuales. Las letras y frases no dichas me quemaban el alma y a veces el hígado. Frente a esta crisis existencial, exigí retornar a mi trinchera dominical semanal y constaté con deleite que también escribía por necesidad. Además, la escritura persiste siempre en alguna memoria. La comunicación audiovisual es más efímera y muchas veces prueba que la lengua puede ser más rápida que el cerebro.
No hay nada como escribir semanalmente, es una forma de ver la historia a un ritmo más lento, más pausado. Es como apreciar un buen vino. En dosis homeopáticas, las cosas parecen menos patéticas y uno saborea mejor las virtudes. Es una manera de tomarle el pulso con cadencia y sin prisa al cotidiano político y económico de corto plazo, es una mirada de chanfle al presente que resiste ser futuro y que fuma su cigarro apacible inclusive cuando hay sobresaltos. Una mirada semanal es una forma de desdramatizar la coyuntura.
Los columnistas somos los únicos que no hacemos paros o huelgas, aunque producimos bloqueos mentales y en algunos casos obstrucciones de hígados. Con buenas y malas razones, con ideas o a veces sin ellas, estamos en nuestras trincheras. En la Navidad que se aproxima, abrace a un columnista, dígale que lo lee y quiere para que la soledad del articulista sea más llevadera. Entre en el espíritu navideño, adopte un columnista.
Fin de año es el momento de los agradecimientos. Dicen que los ojos son los espejos el alma; en el caso de los escribidores, las columnas son nuestros espejos que reflejan los ojos de los lectores. Durante este año he usado 220 mil palabras para decirles muchas cosas, permítanme usar cuatro palabras más: esperanza, luz, paz y sensatez. Se avecina tiempos de profundos cambios, tiempos difíciles que requerirán de nosotros todas las reservas de sensatez que podamos tener. Nos vemos en enero con las pilas recargadas, un nuevo gobierno y ciertamente los mismos problemas que afrontar. Chau París.
El presagio de Stiglitz
Si hubiera un boicot petrolero contra Bolivia, en la eventualidad de una nacionalización, no todo estaría perdido, según el optimista presagio de Joseph Stiglitz.
Persona no grata
Poco afortunado está resultando el venezolano Hugo Chávez, tan deseoso de bañarse en playas bolivianas sobre el Pacífico y tan ansioso de que Evo Morales llegue a Presidente de Bolivia
De soberanías y diplomáticos
Que el encargado de negocios de Venezuela en Bolivia es un diplomático bastante primario, que ha actuado de la misma manera que lo hizo el torpísimo Manuel Rocha, que tan beneficioso resultó para Evo.
Nacionalizar, estatizar o confiscar
Entre sus propuestas electorales, muy desaprensivamente, los candidatos han optado por ofrecer una variada gama de propuestas de nacionalización, para ver si pueden subirse al carro populista al que, imprudentemente, nos empujó el presidente Mesa el año 2004.
Fujimori entre rejas
Lo que debería pesar sobre todo en la balanza de los jueces chilenos a favor de la extradición son las atrocidades que se cometieron.