Son maestros de la madera y se han especializado en arte sacro. Trabajan de sol a sol cada jornada y han demostrado que en el altiplano igual hay buenos escultores.
Sandra Mallo Fotos: Nicolás Quinteros
Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio, y reunieron alrededor de él a toda la compañía; y desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata, pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban la cabeza. Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle”, reza el evangelio según San Mateo en el capítulo 27.
Hugo memorizó aquel pasaje de la Biblia. Intentó imaginar el dolor que Jesús sintió aquel momento. Tomó la gubia y la encajó sobre el trozo de cedro. Comenzó a labrar la madera. El aserrín caía y caía. Pasó una semana y, finalmente, acabó la obra con un cepillo y una lija. El resultado fue un busto de Jesús, esculpido en madera, que estremece. Expresa la mirada perdida, las facciones marcadas, las llagas en los pómulos, el mentón y la boca sangrantes, las gotas de sangre derramadas sobre la frente y el rostro y la corona de espinas sobre la cabeza. Es el rostro de Jesús antes de la crucifixión del Gólgota.
Hugo Mamani, de padres agricultores, nacido en la localidad de Escoma, distante a unos 170 kilómetros de la ciudad de La Paz, jamás pensó en convertirse en un escultor de arte sacro. “Sólo quería ser carpintero”, asegura. “Quería hacer mesas y sillas, eso era todo”.
A los siete años entró a la escuela de Carabuco, a cargo de una organización llamada Operación Mato Grosso, conformada por un grupo de italianos comprometidos con el voluntariado que se ha propuesto transformar positivamente la vida de cientos de jóvenes agricultores en el altiplano paceño, las cabeceras de los valles en Cochabamba y en algunas comunidades alejadas del Oriente.
Hugo pasó 10 años en la escuela de Carabuco, no sólo aprendiendo a leer, escribir, sumar y multiplicar, sino que le enseñaron a manejar cepillos, brochas, serruchos y cinceles. Y se volvió un experto en el trabajo con madera: cortar, clavar, pegar y lijar. Cuando salió bachiller, estaba listo para hacer su primera mesa. Pero era ya más que un carpintero, era un escultor de madera.
Los orígenes del proyecto En Italia, durante la posguerra, se abrió una etapa social marcada por la colaboración de clase a la reconstrucción y el renacimiento de ese país. Después de 1964, se configuró un movimiento político y reivindicativo. Y, tras la reactivación económica, en los años posteriores surgieron toda una serie de causas revolucionarias que combinaron dos corrientes: la contestataria, de las universidades, y la reivindicativa, de los obreros. Ambas pretendían la destrucción lenta, muy trabajada y sinuosa de los modelos impuestos hasta aquel entonces: el burgués del bienestar y el del oportunismo socialdemócrata.
Los primeros fundadores de lo que hoy es la organización Operación Mato Grosso, justamente, se formaron en aquella Italia del período de la contestación. Eran chicos jóvenes que protestaban por lograr cambios en la sociedad bajo la siguiente consigna: “Si la sociedad no hace nada por ti, haz algo por ella”.
“Se vivía en Europa un movimiento fuerte”, relata Fabio Sartore, uno de los voluntarios italianos que vive hace dos años en Escoma transmitiendo la filosofía de Operación Mato Grosso. “Si hay algo que no está bien para ti, no se trata de protestar, sino de trabajar por los demás y buscar el cambio por tu propio esfuerzo”, dice Sartore.
Así, con esa idea, la filosofía de Mato Grosso ha sido llevada a los países de América Latina, en especial a Brasil, Perú, Ecuador y Bolivia.
En Bolivia, los voluntarios aportan en la capacitación de cientos de jóvenes campesinos con ocho casas de formación: en Escoma, Carabuco, Ambaná y Santiago de Huata en el departamento de La Paz, en la provincia Bolívar de Cochabamba y en Guayapacha, Peña Colorada y Posta del Valle en Santa Cruz.
El ejemplo de Escoma En Escoma, Hugo Mamani ha instalado uno de los talleres más productivos que hay en el programa de voluntariado. Y funciona al estilo de una cooperativa: todos los carpinteros trabajan, comparten las herramientas, la materia prima, los gastos y también los ingresos.
El ruido en el centro de trabajo es ensordecedor. Es pleno día y los carpinteros, algo más de 25 personas, se ocupan en las diferentes secciones. Unos en el aserradero, otros en la parte de la mueblería y algunos más en la de esculpido.
La mayoría de los trabajos que se realizan están hechos en madera mara o roble. La materia prima recorre cientos de kilómetros para llegar hasta Escoma. Y en el taller de esculpido o tallado, los trabajos más espectaculares son los de arte sacro. Cabe destacar que la escuela taller de Escoma es la autora de la reconstrucción de gran parte de la iglesia de Aiquile, que sufrió el derrumbe de su estructura en 1998, tras el terrible sismo que afectó a esa localidad.
Mientras, en medio del aserrín, los cinceles, serruchos, las brochas y la goma, los carpinteros trabajan en la actualidad en la imagen de una Virgen María de 1,80 metros de altura, que un miembro de la Iglesia Católica les encomendó hace poco. De hecho las iglesias, así como las diócesis, son las mejores clientes de la escuela de Escoma.
En la sección de tallado se encuentra Hugo, que, entre otras cosas, pertenece a una de las primeras graduaciones de bachilleres carpinteros que hubo. Con todo, sin darse importancia, Hugo está concentrado tallando los detalles de la imagen de San Patricio, encargada por un colegio católico. La imagen mide dos metros de alto y bien puede pesar unos 300 kilogramos.
Hugo es soltero y su familia vive a media hora de Escoma, en una pequeña población llamada Querapi. Su familia cultiva papa para sobrevivir. Su maestro, Nazario Peña Ángeles, está instalado desde hace dos años en Escoma. Vino del Perú para apoyar a consolidar la escuela de Escoma. El arte sacro no es fácil y es necesario capacitar en todo sentido. “Desde el técnico hasta el espiritual, para que vivan y disfruten con lo que hacen”, dice.
Cuando el taller no funciona, el fin de semana, sus miembros se dedican también al voluntariado. Y, aunque la mayoría de los carpinteros son gente humilde y de ingresos escasos, ayudan a construir casas a aquellos que no tienen una en la comunidad. Es más, hace poco construyeron adobe tras adobe el hogar para una viuda con seis hijos en la comunidad de Cala Cala y ahora están en afanes similares para una anciana que vive en una choza en una comunidad cerca al lago Titicaca. Además de aquello, ayudan a los italianos voluntarios en tareas de catequesis, especialmente con los niños y jóvenes del pueblo.
Y, día tras día, siguen el ejemplo de aquellos que los han capacitado: no esperan que el Gobierno haga algo por ellos, sino que son ellos los que trabajan cada jornada cincelando sus sueños en madera con la esperanza de que su situación mejore.