No, no era porque ese momento andaba atragantado con la voz de Nina Simone cantando Don’t Explain (no expliques), mujer dolida de los engaños que ruega ahorrarse coartadas mentirosas al amado infiel. Pero cuando leí que resbalaba la comparación del Ché con Evo Morales hasta casi equipararlos, juro que estuve entre lágrimas y arcadas.
Aclaro el falso parangón, que debe estar bombeando aire caliente al ego del cocalero, aunque es odioso a la memoria del Ché, que debe estar revolcándose de bronca en la tumba. Un título provocativo, típico de un periodista free—lance que necesita vender su charque, La segunda venida del Ché de David Rieff fue publicado en la revista del New York Times el 20 de noviembre. Alude a que el Ché anda vivo en el país donde murió, en ubicuas fotos en sedes y remeras con su efigie en proclamas del partido cocalero.
Más bien, el reportaje de Rieff enfoca contradicciones de un politiquero que dice blanco a unos, negro a otros: hay un doble discurso en su programa de gobierno. Tomemos despenalizar la coca, que no es otra cosa que abrir de par en par la tranquera para una estampida de la hoja con destino al narcotráfico. Viene poco tiempo después del chantaje a un inerme Carlos Mesa, que abrió el portón con el cato de coca por familia. Es iluso que imponga despenalizar, habida cuenta de que muchas de las naciones cooperantes tienen leyes que prohíben canalizar recursos a los países productores de droga sin cortapisas, como sería la Bolivia de Evo. Más aún, sería desastroso para un país dependiente de Estados Unidos, a menos que opten por nuevo patrón. O, como dijo García Meza, comamos charque y chuño —ambos más caros que la carne y papa de las que proceden— y cambien la dependencia boliviana de países, a la de pichicateros.
Hablemos de las poses de nacionalizar hidrocarburos. Para satisfacer a los más delirantes de sus seguidores, Evo zigzagueó en postura inicial con estribillo de nacionalizar, luego cambió a exigir 50% de regalías, ahora está de vuelta al punto de partida. En el reportaje de Rieff, mareó la perdiz sobre nacionalización, diciendo que se refería a asumir la soberanía sobre recursos naturales en sociedad con multinacionales. No acepta debatir sobre nacionalizar, quizá porque teme confundir cuál de las caretas se pondría.
Las petroleras intuyen que Evo significa la hegemonía de la estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) manejando los hilos de la resucitada YPFB, en desmedro de sus inversiones. Con excepción, creo yo, de la PETROBRÁS de un Brasil que necesita energía de Bolivia, que ya tiene el gasoducto que pronto será ampliado, empeñada en no soltar el hueso de sus inversiones en el país. Y pelear la pulseta geopolítica.
Las conclusiones de Rieff son nada halagüeñas para Evo Morales y no dan pie a la afiebrada equiparación con el Ché Guevara. Donde la analogía tendría cierto asidero es en el resultado de ambos. Concluye Rieff: “Pero como fue cierto del mismo Ché, no está nada claro que Morales tenga la menor esperanza de satisfacer expectativas de sus seguidores”.
Pero detrás del surgimiento de Evo Morales está el padrinazgo de Hugo Chávez, por un lado. Por mucho que niegue la conexión venezolana y amenace a quienes se atreven a recordarla, los sucesivos viajes a Caracas, la payasada obsecuente de llamar “mi comandante” al Presidente bolivariano en Mar del Plata, la estupidez de un diplomático venezolano entrometido en plena época electoral, son hilachas de un plan que va más allá de poner en la presidencia a uno que se arroga representar a los pobres.
Cabe recordar que en doblez hipócrita, el padrino de Evo quiere bañarse en playas bolivianas, pero sabotea la reivindicación marítima de Bolivia poniendo a un chileno de mandamás de la OEA; despotrica contra los imperialistas yanquis mientras les compra soya subvencionada y cancela adquirirla de nuestro país; se llena la boca con la hija predilecta del Libertador, mientras firma un acuerdo para construir un ducto al Pacífico colombiano y llevar gas venezolano a Chile, Argentina y el sur brasileño, mercados naturales de Bolivia.
Por otro lado, está claro el designio estratégico de convertir Bolivia en satélite bolivariano. Con Evo Morales se calcará la receta populista ya probada por Hugo Chávez en Venezuela. Se ha completado la fase del descontento general y la clase media cada vez más pobre: la gente se marcha de Bolivia y los que quedan están cegados por el desempleo, la desesperanza y la desconfianza en el sistema político.
En la segunda fase, Evo amenaza desestabilizar si no es ungido Presidente, aún antes de conocerse los resultados en las urnas. Pero podrían pagarle con la misma moneda, si es que llega a primer mandatario con mayoría de senadores, diputados y prefectos en la oposición.
Entonces detonará la tercera fase: la Asamblea Constituyente, injerto de la venezolana en nalga boliviana. La turba militante del ahijado de Hugo Chávez, presionará para que refundar sea refundir el país, en molde que hará de Evo un subcomandante bolivariano, le permita prorrogarse en el poder repartiendo migajas de asistencialismo cubano, todo financiado con talegazos del petróleo venezolano, para que Bolivia sea ficha de Chávez en el corazón sudamericano.
Entonces vendrá la cuarta fase, en que los sectores medios bolivianos, que se dejaron meter los dedos a la boca con la prédica sin debatir de Evo Morales, verán coartada su libertad con el matonaje social, las invasiones de tierras y predios privados, el control estalinista de la economía. Se replicará en nuestro país la relación conflictiva entre el émulo de Hugo Chávez y la sociedad civil, notoria en el país de Bolívar.
La pena es que perderemos otros 20 años de joda, cuando se podría reducir la pobreza a índices minúsculos, como en ese país vecino de trabajo, paz y apertura al mundo.
*Winston Estremadoiro es antropólogo. winston@supernet.com.bo
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