El viejo adagio castellano que reza “prado común hierba corta” se aplica a las cárceles bolivianas que se las dan de “correccionales”. El viejo adagio castellano que reza “prado común hierba corta” se aplica a las cárceles bolivianas que se las dan de “correccionales” (que difícilmente corrigen nada) pero en realidad son otra cosa. Estos “prados”, que deben ser de purga de condenas vigiladas por la Policía han llegado al extremo degenerativo de constituirse en albergues y comederos no solamente de “sentenciados” y “condenados”, sino también de familiares y no familiares de un significante porcentaje de reclusos. El proceso de metamorfosis ha sido lento, observable, hasta previsible, y ha tomado décadas ante los ojos impávidos de las autoridades que con una negligencia conocida, pero no menos imperdonable, han permitido que las cárceles se conviertan en un problema monstruoso y por lo visto “intocable”.
Entre estos “alojados sin admisión” desgraciadamente se cuentan docenas de niños que han hecho de ese terrible “prado” nada menos que su hábitat donde no les queda otra que aprender a ser adolescente y adultos a la mala. El problema es que la “hierba” de ese prado no da para todos, ni menos crece, y por lo tanto está acabando con las posibilidades de convivencia de toda esa gente incluyendo policías que por un sueldo miserable se ven obligados a competir para consumir la misma escasa “hierba”. ¿Castigo de reclusos? ¿Esperanzas de rehabilitación? Al contrario, yo creo que esas tristes condiciones de vida deshabilitan más que habilitan.
En cuanto al castigo de reclusos yo creo que vale la pena recordar el postulado del poeta inglés William Blake, que en su La unión del cielo y el infierno (1793) dice que “las prisiones están construidas con piedras de legalidades…”. Lo que quiere decir que las legalidades son más poderosas que cualquier pared. Y en Bolivia esas contorsiones de la legalidad bien pueden romper cualquier tapia; aunque también hacen muro donde no debería haberlo. Por algo hay ese otro adagio que reza que “hay que cuidarse de la justicia boliviana”.
Los más triste y sobre todo costoso para todos nosotros es la manera en que se van formando esos hijos de encarcelados. El sólo hecho de pernoctar y yantar en la cárcel daña cualquier posible amor propio que pueda desarrollar el niño, sobre todo porque es víctima inocente de su progenitor y del comportamiento irresponsable de una sociedad que no sabe administrar penitenciarías donde se debe cumplir condenas, y no cumplir con las necesidades básicas y formativas de niños y adolescentes. ¿Con qué disposición anímica se presenta un niño en la escuela del barrio cuando se desvive en una penitenciaría, o cuando tenga que explicar a sus hijos de dónde descienden? Con una disposición confusa, enfermiza y ciertamente beligerante, es la respuesta.
Las cárceles bolivianas en este momento son un gigantesco semillero de alienados que más provocarán la vendetta. O sea que en esas cárceles estamos formando futuros delincuentes por docenas que ante cualquier juez que quiera dictar sentencia por delitos cometidos puede argumentar lo nocivo del ambiente “formativo” de una chirola como la causa mayor de su comportamiento. Yo quisiera saber qué respondería el juez.
El cumplir condena puede (y debe) resultar en el arrepentimiento del delito cometido, y el arrepentimiento a su vez viene a ser requisito para una posible disposición que conduzca a la rehabilitación. ¿Y por qué normalmente el condenado busca o debería buscar la rehabilitación? Porque en una penitenciaría de verdad la rehabilitación y toma de conciencia del deber para con la sociedad puede y también debe conducir, entre otras cosas, a un posible retorno al cónyuge, a los hijos, y a la casa. Es claro que esta secuencia está completamente distorsionada en el sistema (o falta de sistema) carcelario boliviano.
En varios sentidos esta situación dramática, grotesca y hasta cruel de las cárceles bolivianas refleja el lamentable estado socio-económico del país, y desde luego de su cada vez más escasa moralidad que tiene por hábito “enterrar la poca cabeza en la arena” como el avestruz… de verduscos prados.
*Jorge V. Ordenes L. es economista y educador.
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