Como dice mi amigo Ruber Carvalho, los latinoamericanos venimos de José Arcadio Buendía y su prima hermana Úrsula Iguarán; de Aureliano, el hijo de éstos, así como de Mauricio Babilonia y sus mariposas amarillas, todos nacidos en Macondo. Y si alguien duda de esta afirmación que centre su atención en una figura que ha surgido de los llanos venezolanos, don Hugo Chávez, que en los últimos años se ha adueñado del escenario latinoamericano al mejor estilo macondiano.
Hace unos años visitó por primera vez Santa Cruz de la Sierra. Había gran expectativa y la televisión cubrió la visita hasta en sus más mínimos detalles. Recuerdo que me llamó poderosamente la atención la cantidad de gente que se agolpaba en las afueras del hotel Los Tajibos haciendo flamear banderitas venezolanas. Lo comenté con una periodista que estaba cubriendo la visita y ella me contó que se trataba de un buen montaje mediático: ¡los manifestantes con banderitas recibían entre 40 y 60 pesos por su asistencia! A partir de entonces lo he seguido de cerca y cada vez me convenzo más que es uno de nuestros macondianos más representativos.
Mientras el señor Chávez se limitó a la política interna venezolana y su relación con el imperio me pareció interesante y entretenido, pues rompía la monotonía de los políticos solemnes que diciendo las mismas cosas que Chávez resultaban enormemente aburridos. Incluso, debo confesar, que alguna vez lo vi en la televisión venezolana dirigiéndose a sus compatriotas, superando la ficción del genial Gabo. Sin embargo, la cosa empezó a cambiar cuando el personaje en cuestión empezó a inmiscuirse en los asuntos internos de Bolivia. Creo que he tenido la misma reacción de cualquier hijo de vecino: mientras se metan con el imperio la cosa va, pero si se meten con mis cosas, el asunto cambia. Y se mete con Bolivia cuando de manera machacona se mete en nuestros asuntos internos; así, por ejemplo, cuando apoya la candidatura de uno de los candidatos a presidente. Y no es porque se trate del candidato Morales, sino simple y llanamente porque el señor Chávez no tiene vela en este entierro, como no la tiene Bush ni Zapatero.
La actitud de Hugo Chávez es la misma que la del niño mimado y malcriado que es “el dueño de la pelota” y además es “el hijo del dueño de casa”. La filiación bolivariana pareciera que le confiriera el derecho a inmiscuirse en los asuntos internos no sólo de los países que liberó el Libertador sino en los de toda América, desde el río Grande al estrecho de Magallanes; este “derecho” está respaldado por la fabulosa cantidad de barriles de petróleo que el rico suelo venezolano esparce por el mundo (así cualquiera, ¿verdad?). Pero la filiación bolivariana no le dio a nuestro personaje la calidad del amor cristiano, ese amor que se entrega al tú olvidando el yo, pues cuando aboga por una salida al mar para Bolivia (discurso que emocionó a no pocos e incluso dio esperanzas), no le tiembla la mano cuando su gobierno decide no comprar soya boliviana.
Me gusta recordar y repetir con mucha frecuencia que América es el continente de la esperanza, es la esperanza del mundo. Esa América tan diversa, con unas raíces comunes que parten del violento choque de lo europeo —a través de España y Portugal— y las ricas culturas indígenas que producen una cultura mestiza, la americana. América, la América mestiza, es el continente de la esperanza, y, por tanto, la esperanza del mundo en la medida en que se acepte a sí misma tal como es (y no como muchos afuerinos quisieran que fuera) y en tanto en cuanto los hombres y mujeres de este continente nos respetemos y tengamos la sensatez de caminar juntos hacia el futuro.
*Alcides Parejas Moreno es historiador.
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