Los cochabambinos son almas migrantes En Cochabamba cada año se tramitan alrededor de 40.000 pasaportes. Migración calcula que de cada 10 personas que salen del país, siete son cochabambinas. El 68 por ciento de éstas viaja a España, donde residen cerca de 70 mil bolivianos.
DEMANDA DE PASAPORTE • En oficinas de migración las filas son largas para tener el pasaporte y salir al exterior.
Cochabamba no sólo es conocida en el país como la región donde mejor se come, también se la conoce por tener el mayor número de personas fuera del país. Según Migración, de cada 100 personas que salen del país al menos 70 son cochabambinas.
Diariamente, más de 100 personas tramitan en las dependencias de Migración de la ciudad de Cochabamba su pasaporte para viajar a España, Estados Unidos, Cuba, Italia y otros países.
La Dirección Departamental de Migración calcula que cada año se tramitan alrededor de 40.000 pasaportes. Sólo en el mes de octubre se entregaron 3.712 de estos documentos, de los cuales 2.539, es decir, el 68 por ciento, tenían como destino España. El restante porcentaje pertenecía a personas que querían viajar a Estados Unidos (288), Cuba (208) e Italia (196), entre otros países.
Una explicación a este fenómeno la dio el investigador social Leonardo de La Torre, quien asegura que Cochabamba tiene una tradición migrante más sólida que los otros departamentos. Según el experto, cuando los campesinos de esta región empezaron a ser pequeños productores independientes y a obtener independencia económica, buscaron lograr en pocos años lo que los hacendados cochabambinos habían logrado en siglos.
Sin embargo, no tenían de dónde obtener recursos para invertir en su producción y encontraron en la migración la oportunidad para lograr este objetivo. “Entendieron que en el mundo habían oportunidades laborales que les permitirían traer inversión para mejorar, porque ni siquiera ahora el sistema bancario los toma en cuenta”, señala.
Fue así que muchos cochabambinos empezaron a migrar para mejorar las condiciones de vida de los suyos y a la vez garantizarse una vejez tranquila.
Precisamente, la mayoría de los migrantes son jóvenes del área rural que han optado por cambiar el arado y a su ganado por un trabajo en los cultivos españoles, la construcción, la hotelería y labores domésticas, todo con el sueño de ahorrar y aumentar su patrimonio en Bolivia, relataron algunos jóvenes.
De La torre dice que en algunos casos pesó mucho “el sueño andino”, que es completamente diferente al “sueño americano”, porque es un proyecto contestatario a la modernidad que no busca salir al exterior para triunfar y afincarse afuera, sino más bien está detrás del éxito para garantizar condiciones de retorno, “aunque eso no significa que muchos se vayan, se llevan a sus familias y allí se quedan”.
Aclara que aquí se juegan “las lógicas inentendibles de lo cochabambino: irse para permanecer, irse para tener tierra, irse para poder estar luego”, porque los cochabambinos que se van buscan nuevas modalidades de participación desde la distancia.
Iván Arias, un muchacho de 22 años, que estaba el viernes al final de la fila de la oficina de Migraciones en busca de obtener su pasaporte, confirma la hipótesis del investigador al asegurar que “me voy a España, pero sólo hasta que termine de juntar plata, luego vuelvo para ayudar a mi mujer y a mis hijos”.
Sin embargo, la separación de los familiares es sin duda un duro golpe para la mayoría de los migrantes, situación que la investigadora de la Dirección de Migración, Martha Giorgis, califica en sus trabajos como la herida y la sutura. “La herida familiar profundísima que se sutura con la condición de trabajo, que, aunque no cubre la herida, la mantiene cerrada”.
Sin embargo, De La Torre asegura que “hay que desdramatizar este proceso, porque esas familias han aprendido a entrar en espacios sociales transnacionales, que es un proyecto de vida que se aplica en varios lugares paralelamente y con un cambio de residencia permanente”.
Muchos de los migrantes actuales ya no “queman sus naves” al llegar a su nuevo destino porque ya no llevan con ellos la lógica dramática del desarraigo, “sino una lógica acomodaticia de la lectura de situaciones: generar trabajo allí para invertir aquí”. Y terminan aplicando lo que dice la caraqueña “no llores prenda... pronto volveré” (Nilo Soruco).