Por la historia han desfilado diferentes estilos de trajes de novias que marcan las décadas del siglo XX. Hoy, esas tendencias inspiran a los diseñadores como Jacqueline Conley.
Beatriz Andrade D. • Fotos: Patricio Crooker
Un cosquilleo recorre el cuerpo, los latidos del corazón se aceleran y la sangre se alborota. Estoy parada frente al espejo con una sensual lencería blanca y sobre la cama espera el vestido de novia. Tengo una hora para arreglarme, aunque ya estoy peinada y maquillada. Aunque creo que se ve algo sobrecargado, seguro es por eso de las fotos. Y ahora, el cancán que dará volumen el traje. Quedó lindo. ¡Uy! No debía haber comido tanto, ahora se marcarán estos kilos ganados. Bueno, a meter la panza. Y así incontables pensamientos se suman a la agradable tensión que antecede la ceremonia de matrimonio, la fiesta, la luna de miel y demás.
La atención de la novia revisa una y otra vez su figura, y no hay espacio en su mente para la curiosidad de saber de dónde se origina la tradición del vestido de novia que hoy la embellece.
Esta mirada a la historia del vestido, publicada también en las páginas de Brides in Vogue since 1910 y en www.nubilis.com, toma en su trayecto diferentes formas, colores y estilos. Ya en la Antigua Roma, los vestidos en las bodas eran un elemento destacado del ritual religioso. En Egipto, la ropa blanca presidía numerosas ceremonias, mientras en la Edad Media, los brocados y los elaborados bordados se convirtieron en una necesidad para retocar la elegancia de las damas de la nobleza.
Algunos historiadores coinciden que fue a partir del siglo IX, cuando los vestidos comenzaron a tener mayor simbolismo en las ceremonias, especialmente en los enlaces matrimoniales. Con el paso de los años, creencias, tradiciones y simbolismos se suman a adosar el ritual de la unión y a cargar de misterio a la novia.
En ocasiones, se esconde el rostro tras un velo o simplemente éste va sobre la cabeza en señal de inocencia. En un viaje hacia siglos pasados se apunta que las novias de las antiguas Grecia y Roma ya utilizaban el velo en las ceremonias nupciales. En aquella época, la futura esposa debía usar el velo para protegerse de un mal de ojo de un rival o de las envidias de las demás invitadas aún solteras que acudían a presenciar la boda.
Hoy, el velo es parte del traje de novia, especialmente si la ceremonia es religiosa, y en su blancura está el símbolo de la inocencia. Sin embargo, en algunos textos de la colección Historia de la Moda, se lee que el velo significa, “cuidaré a tus hijos”. De ahí que la princesa Diana lució un velo que se confundió con la interminable cola en señal de que ella cuidaría a los hijos de Inglaterra.
Un estilo en cada década El paso de la mujer por los años y sus trascendentes conquistas han tenido a la moda como testigo. Es evidente ver los cambios en su imagen como expresión social, política y económica de cada tiempo, tanto que en una retrospección se ve marcada cada época por una tendencia. Y qué más referencia que uno de los trajes más importantes, si no es el más importante, que la mujer luce en su vida: el vestido de novia.
Esta prenda, símbolo de la tradición y el espíritu conservador en el mundo de la moda, también pasó por varias transformaciones al recibir la influencia de los vertiginosos cambios familiares, sociales, políticos, económicos y hasta tecnológicos. El vestido de novia largo y nada escotado de los años 1910, imperdonablemente era de color blanco, pero no como un símbolo de pureza e inocencia, sino en señal de riqueza y opulencia.
Dos lustros después, cuando se vivían “los años locos”, las novias se destaparon un poco. Los vestidos eran cortos y dejaban ver algo de la piel de las piernas. El terciopelo y los detalles en zorro blanco y armiño cobraron importancia en los trajes de línea recta.
La década de los 30 trajo cierto aire de sensualidad, pues las novias apostaron a los vestidos de líneas lánguidas que se ajustaban al cuerpo. El toque encantador estaba en las mangas abollonadas que evocaba el estilo victoriano.
El estruendo de la I Guerra Mundial pone austeridad a los vestidos de novia. El traje sastre o los vestidos de dos piezas son el atuendo de las novias que complementan la tenida con ramos y tocados de flores imitadas en tela.
Luego de esta etapa, la moda tiene a un revolucionario que marca, hasta hoy, la tendencia. Es el diseñador francés Crhistian Dior (1905), quien en cada una de sus creaciones imprime glamour. Gracias a él, los vestidos de los años 50 pasan por modificaciones drásticas. Las faldas aún más largas y amplias de lo común estaban pensadas para hacer que la mujer se vea muy femenina y que sus prendas de fantasía sean un lienzo para el lujo desmedido que encandiló al mundo de la posguerra.
La década de los años 70, el tiempo del amor libre y de la revolución sexual, puso su toque en la moda y por supuesto, en las novias que guardaron, lo hasta entonces tradicional, y se aventaron a disfrutar de un estilo casi infantil.
Los trajes de la década tenían botones y los escotes fueron cambiados por los cuellos Peter Pan. Aparecieron las mangas largas que acababan en puños y a manera de accesorios llevaron grandes y variadas flores y velos cortos.
Luego de ese desenfreno, el matrimonio recobró importancia. Los vestidos volvieron a ser muy elaborados y es ahí cuando los diseñadores de moda dejaron volar su creatividad y con ella, los volados de las mangas, del ruedo y el cabello largo adornado con flores naturales y muy frescas.
Las novias de los años 80 tuvieron un gran referente que aunque no desfiló sobre las pasarelas de ninguna de las capitales de la moda, marcó una temporada de abundancia. Esta figura fue Lady Di, quien con su vestido de novia y su estilo se apuntó en las páginas de las revistas especializadas en moda, como una de las mejor vestidas de la década.
En el ocaso del siglo XX, en los años 90, apareció el concepto minimalista, donde lo poco es mucho. De ahí que también los vestidos de novia se estilizaron y se prefirió la simpleza combinada con la elegancia y la sensualidad.
Hoy, al correr del primer quinquenio del siglo XXI, los diseñadores se alimentan de esa historia. Se inspiran con lo más clásico y también con las tendencias más vanguardistas para presentar así, a las futuras esposas, un sinfín de posibilidades y sugerencias.
Los iconos de Gaudí Para este 2005 - 2006, los más afamados diseñadores presentaron sus creaciones sobre la importante pasarela Gaudí Novias y en Noviaespaña. Los expertos en moda han apostado para la próxima temporada por la vuelta a los tonos más blancos y escotes pronunciados. Las asimetrías y superposiciones de géneros son comunes en muchas de las colecciones de los grandes de la moda nupcial en España. Organzas, rasos y gasas se combinan de forma magistral en vestidos blancos, dorados o una amplia gama de diseños en tonos champán.
La primera sugerencia de estos artistas es que la novia debe sentirte cómoda. “Que lo que lleves te haga sentir más guapa, pero natural, nunca disfrazada”. Por eso son tan importantes las numerosas pruebas, antes del gran día, que irán ajustando el vestido a los cambios que experimente el cuerpo, en caso de un régimen alimentario o una rutina de ejercicios.
Como en los cuentos de hadas Para comenzar a vivir “el final feliz” se necesita un vestido soñado, como el de una princesa. De ese estilo se encarga la diseñadora paceña Jacqueline Conley, que se especializó en vestidos de novia y en trajes para el novio en Milán Italia.
A manera de técnica y como secreto de oficio, ella crea unos armazones que tienen la finalidad de formar la figura. “Al subir el cierre, el traje debe quedar perfecto al cuerpo”, comenta. Una vez elaborado el armazón, la diseñadora deja correr sus dedos y las tijeras y da forma a las telas, que van desde los rasos hasta el shantú. Su mirada no se distrae ni por un minuto de los detalles. Los bordados y las aplicaciones son importantes y es que para Conley, cada traje de novia es como una escultura al cuerpo de la mujer, en un día especial.
Eso explica la belleza de las flores y filigranas bordadas con strass y cristales svarosky. El trabajo de este adorno es minucioso y a mano, como la alta moda lo exige. “El bordado a mano es una expresión de habilidad y arte, pero también es un reflejo de la alta costura pura”, recalca Jacqueline Conley.
También las cintas y la cola de rata —un hilo fino, brilloso y algo grueso— han formado figuras asimétricas sobre el tul de uno de sus diseños. Y en cuanto a colores, los bordados de hoy se eligen entre los pasteles, oros, platas y tonos vivos.
Un detalle invisible pero importante, los cancanes. “Deben estar hechos al cuerpo, según de la figura de la novia”. Y deteniéndose en cada elemento es que se da vida al traje que augura una feliz vida marital. Peinados: Rodolfo Paz
LAS TRADICIONES
El anillo de compromiso Es el símbolo de alianza. Se remonta hasta la magia de la diosa Venus, quien en una sortija colocó poderes para enamorar. En la época romana, los aros de oro eran símbolo de compromiso matrimonial. En el siglo XV, al metal precioso se le sumó un emblema representativo de la fidelidad conyugal, el diamante. La piedra preciosa no fue escogida sólo por su belleza sino por su resistencia, cualidad necesaria para la relación marital.
La entrega de la novia al novio Antiguamente, las hijas eran consideradas una “propiedad” de los padres. Entonces, cuando llegaba el momento de desposar a la hija y si su padre lo aprobaba, era él mismo quien transfería la “posesión” de su hija al hombre que sería su esposo. Al paso de los años, el acto de entregar la novia en el altar, sea su padre, familiar o padrino, cambió de connotación. Ahora simboliza la bendición de los padres al matrimonio.
El ramo y la liga En el siglo XIV en Francia, se creía que la liga de las medias de la novia traía buena suerte. Los invitados corrían detrás de la novia y le quitaban la liga como podían. Para evitar esta práctica tan poco decorosa, ella la lanzaba voluntariamente. Hoy, de sacar la liga y de lanzarla entre los caballeros, se encarga el novio. El ramo también se lanza hacia las invitadas solteras, asegurando que la que lo atrape se casará en breve.
La torta de matrimonio La tradición de la torta data de la antigua Roma, cuando al final del banquete se partía un gran pan sobre la cabeza de la novia en señal de fertilidad y larga vida a la pareja. Se pensaba que las migas caídas traían buena suerte, por lo que los invitados las recogían del suelo para comerlas. En el siglo XVII se apilaban los pasteles que traían los invitados y los novios se besaban sobre ellos. Después todos se los comían en señal de buena suerte.
Los detalles importantes
La corbata La elegancia del novio tiene un complemento: la corbata. Este accesorio está regido por normas de estilo, como que la parte estrecha de la corbata debe pasar, una vez anudada, por la tirilla posterior. Ya los nudos son a gusto y habilidad del dueño de la corbata. Los hay simple, doble, windsor y brera.
Las flores Las flores que la novia lleva entre las manos y en el cabello atraen las miradas y a veces envidias. Sin duda deben ser elegidas de acuerdo a las líneas y al tono del vestido. Llevar flores es una costumbre de los serrainos y fue llevada a Europa por los cruzados. En esa época se usaba la flor de azahar como señal de pureza.
El velo Llevar velo simbolizaba la pureza de la novia. Se dice que también protegía del mal de ojo o de las envidias de las invitadas solteras. Actualmente, el velo transmite el mensaje “cuidaré a tus hijos”. El velo sólo se lo retira cuando ya ha acabado la ceremonia, especialmente si se trata de una religiosa.
Para evitar la mala suerte Martes 13, ni te cases... El martes es gobernado por Marte, dios de la guerra, y el 13 es considerado un número maléfico. Esa coincidencia, se dice, no augura nada bueno. Las perlas son, según la tradición cristiana, las lágrimas de los ángeles. Si un ángel llora el día de una boda, se cree que habrá lágrimas.
Suerte
En el vestido Se debe llevar algo nuevo, representando la nueva vida que se lleva a partir del día de la boda. Llevar algo viejo, que encarna el pasado y simboliza el apego de la novia a la vida con sus padres. Llevar algo prestado, que es un símbolo de amistad. Llevar algo azul, como una señal de la fidelidad y la salud.
La luna de miel
Fueron los teutones quienes comenzaron con la práctica de la Luna de miel. Las bodas de los teutones sólo se celebraban bajo la luna llena y después de la boda, los novios bebían licor de miel durante 30 días como poderoso afrodisíaco; por lo que se llegó a conocer esta etapa de casados como Luna de miel.
Cruzar el umbral en brazos Se consideraba que para que la nueva esposa se muestre gustosa de entregarse al novio, el ya marido, a menudo, tenía que llevar a la novia en brazos para juntos atravesar el umbral de la puerta del dormitorio nupcial. Así la novia se sentirá motivada y en mayor confianza. También se cree que este rito es para atraer la buena suerte y la fertilidad a la pareja.