Un ejército de pobres saca el oro de las minas fangosas del Congo Una leyenda dice que basta con frotarse las suelas de los zapatos para encontrar rastros del mineral. Miles de trabajadores exponen incluso sus vidas. Los rebeldes armados controlan los yacimientos y aseguran que no cometen atropellos.
CONTROL • Un rebelde armado vigila la mina en Iga Barriere, región de Ituri, en la República Democrática del Congo. La imagen es del 18 de junio de 2003.
El agujero se asemeja a una tumba demasiado profunda. Abajo, hundido en el agua hasta las rodillas, Etienne cava. A grandes paladas, golpea fuerte en la tierra y vuelve a hurgar en el fango en busca de algún fragmento de roca más brillante que los demás.
Etienne no es más que uno de los miles de buscadores de oro que dejan el alma entre las colinas que rodean Mongbwalu, en Ituri, al noreste de la República Democrática del Congo, en el centro de la zona aurífera más vasta del continente africano. Aquí, cuenta la leyenda, basta con frotarse la suela de los zapatos para hallar briznas preciosas.
Lo que ocurre en esta ciudad de nombre impronunciable nos afecta, en cierto modo, de cerca: de aquí procede gran parte del oro utilizado para confeccionar los objetos preciosos expuestos en joyerías europeas. El metal precioso, extraído de minas artesanales al aire libre, se traslada de forma clandestina a la cercana Uganda, y luego se exporta a países de Europa, donde se refina y se almacena en lingotes.
Mongbwalu, a apenas 70 kilómetros de Bunia, capital de Ituri, está en el fin del mundo. Llegar es una aventura. Las calles son pésimas y están infestadas de rebeldes y bandidos. En la estación de las lluvias, el único camino que la une a los demás centros habitados del distrito se convierte en un río de barro intransitable. A este inhóspito lugar sólo se puede llegar en avión o en helicóptero.
Al dejarnos en la pista de tierra que funciona como aeropuerto, el piloto del pequeño Cessna que nos ha traído a la ciudad nos desea buena suerte. El deseo suena siniestro, pero no fuera de lugar, sobre todo a juzgar por las miradas un tanto amenazantes que nos lanzan aquellos con los que nos topamos.
A pesar de la presencia de un contingente de cascos azules, aquí la ley la dictan los rebeldes del Frente Nacionalista e Integracionista (FNI), la milicia que se ha adueñado de la zona después de una serie de enfrentamientos sangrientos con otros grupos locales. Y sólo después de habernos reunido con el jefe de los combatientes y explicarle las razones de nuestra visita, se resquebraja el muro de desconfianza.
Mongbwalu es una pequeña ciudad del Lejano Oeste estadounidense catapultada en medio de los trópicos. Una sola calle polvorienta, dos o tres bares que parecen el típico saloon y una única ocupación que implica indistintamente a todos los habitantes de lugar: la búsqueda de oro. Desde que empezó en 1982, cuando el ex dictador Mobutu Sese Seko liberalizó en algunas áreas del país la búsqueda del metal, el negocio no se ha interrumpido, ni siquiera en los periodos más oscuros de la guerra.
Cada día, al alba, furgonetas destartaladas se alejan del pueblo abarrotadas de hombres que se dirigen a la zona de excavación, a 20 minutos de distancia.
Una vez llegados a su destino, los hombres se colocan en equipos de 10 ó 12 y empiezan a excavar. Tienen manos encallecidas y músculos moldeados por años de actividad ininterrumpida. En las manos, una pala, que se ha convertido casi en un apéndice del cuerpo. La mueven a un ritmo endemoniado, recogiendo tierra en contenedores de plástico que se pasan después de mano en mano. Vista desde arriba, la mina se parece a una gigantesca colmena. Cientos de hombres excavan desde el amanecer hasta el ocaso. Su mirada está entrenada, atenta a captar el más tenue indicio de brillo.
Observan la tierra que han recogido con atención científica, después seleccionan las piedras y las trituran hasta reducirlas a polvo. El oro es esquivo: se esconde entre los pliegues de las rocas, se insinúa discreto entre los espacios que dejan vacíos los conglomerados de minerales más prosaicos. Etienne, con 10 años de experiencia en las minas de Mongbwalu, es uno de los jefes de equipo. Dirige y coordina el grupo. “Trabajamos en un régimen colectivo. Los beneficios del oro que encontramos se dividen al final del día en partes iguales dentro de cada equipo”. En medio del precipicio, a poca distancia uno de otro, trabajan al menos unos 20 equipos. A primera vista parece que la división de las tareas corresponde principalmente a un criterio de edad.
Los más jóvenes están abajo excavando; los más ancianos seleccionan arriba las piedras más prometedoras, que podrían esconder vetas preciosas.
Los excavadores de abajo tienen el aspecto de unos niños que han crecido demasiado de prisa.
Los casos de muerte por asfixia son frecuentes: a veces los mineros que se aventuran demasiado lejos son engullidos por los túneles creados con sus propias manos. Encima del precipicio de barro, restos de construcciones de hierro dominan la escena: son los restos de la usine (la fábrica para la extracción de oro de Kilo-Moto), activa y próspera en tiempos de Mobutu, cuando Ituri estaba controlado por el Gobierno y todavía no habían empezado las luchas entre las distintas facciones locales.
Los beneficios iban a parar entonces a los bolsillos del Timonier, que con la despreocupación típica del sátrapa, hacía que fluyeran hacia sus cuentas privadas en bancos extranjeros. Cuando Mobutu cayó empezaron los enfrentamientos por el control de la zona.
Desde 1998, la región de Mongbwalu es uno de los principales ejes de inestabilidad de los Grandes Lagos. Sus extraordinarios yacimientos han suscitado la codicia de todos los principales actores implicados en el conflicto. En 1998, después de la invasión de Congo por Ruanda y Uganda, la zona fue ocupada por las tropas de Kampala, que explotaban el oro transportándolo al otro lado de la frontera con aviones de carga.
Cuando, en 2003, los ejércitos extranjeros se tuvieron que retirar después de los acuerdos firmados en Sun City (Sudáfrica), el área se convirtió en escenario de feroces combates entre varias milicias locales, apoyadas de forma oportunista por los dos países vecinos. Tras muchas vicisitudes, toda la zona de Mongbwalu está hoy controlada por el FNI, una milicia de etnia lendu apoyada por Uganda.
Un reciente informe de la organización humanitaria Human Rights Watch sostiene que los combatientes del FNI requisan un porcentaje del oro encontrado y obligan a todos los buscadores a pagar una mordida de un dólar al día para poder trabajar.
Pero este extremo lo niegan los milicianos: “Hoy estamos en paz: nuestros hombres han entregado las armas, y cada obrero de la mina trabaja por cuenta propia y por el bienestar del país”, dice Iribi Pnchou Kasamba, jefe operativo del FNI. Con su mirada altiva, el líder rebelde suscita un evidente respeto y un temor reverencial entre los buscadores.
Nada más salir del área minera, una multitud de hombres armados con una balanza y ácido nítrico está lista para la compra. La operación es de una lentitud extenuante y se sirve de unidades de medida ancestrales: el peso se expresa en tolas, una ficha de hierro bastante gruesa; submúltiplo del tola es el kitchel, una antigua monedita congoleña carente ya de valor (10 kitchel hacen un tola).
Sólo más tarde, con los grandes comerciantes de Kampala, descubriremos que un tola equivale a 11,664 gramos y que una onza equivale a 2,67 tolas.
El precio de compra fuera de la mina es de unos 100 dólares por tola, según los precios del mercado y que tiende al alza a medida que aumente la distancia.
Los pequeños compradores de la mina —junto a las otras decenas que abarrotan la calle principal del país— hacen negocios por cuenta de intermediarios que trabajan en la ciudad de Bunia, y que a su vez revenderán el producto a las grandes sociedades de exportación de Uganda.
Más tarde, bajo la protección del anonimato, un habitante de Mongbwalu dará su versión: “En la usine y en las otras minas cercanas a la ciudad, el FNI se limita a ejercer un control suave. Desde que llegaron los cascos azules, los milicianos han tenido que hacerse más discretos. Pero basta adentrarse algunos kilómetros para encontrar las mismas actuaciones del pasado: prestaciones de trabajo coaccionado, incautación del oro, molestias”.
La muerte por asfixia es frecuente. A veces los mineros son engullidos por túneles cavados por ellos mismos.