“Antes se preparaban compuestos, se filtraba el agua y se guardaba las sustancias en esos frascos”, relata la bioquímica Teresa Sallez mientras señala antiguos recipientes de porcelana, que vieron pasar cinco generaciones de profesionales en la botica y droguería Boliviana, fundada en el año 1866.
Teresa y su hermana María, de la familia Sallez Hernaiz, compraron el negocio de los últimos dueños, la familia Torres.
En la parte superior del mueble que alberga cientos de remedios para distintas dolencias, están separados 10 frascos, cada uno con el nombre de los departamentos de Bolivia y el décimo corresponde al Litoral. Y es que a este lugar llegaban, desde los Lípez (sur de Potosí), los heridos de la Guerra del Pacífico para que los atiendan con medicinas y preparados especiales.
Desde ese remoto tiempo, la dedicación de sus propietarios es una cualidad; por ejemplo en 1926, la botica publicó una especie de boletín con consejos para las madres gestantes.
Son testigos del transcurso del tiempo el mármol italiano de carrara que tiene el mesón de la droguería. Curiosamente, algunas de las cajas de los muebles son de madera, de los ex envases donde se transportaba whisky, y aún utilizan una caja registradora que llegó de Ohio, EEUU.
Una balanza usada en antaño para pesar las sustancias que daban origen a las medicinas hoy sirve para pesar amoníaco (para galletas) y bicarbonato de sodio (para los buñuelos de Navidad), también un antiguo limpiador de ropa, del laboratorio Guinchi.
El resto de los productos —tónicos y píldoras Bayer, compuestos para el paludismo, entre otros— fue retirado de la botica, que exhibe un reconocimiento del desaparecido laboratorio inglés E.R.Squibb & Sons.